Economía

¿Dónde invierte el estado de bienestar?

12 Abr, 2012 - - @egocrata

Cives habla hoy del sistema de pensiones, y cómo el “riesgo” de vivir muchos años es de hecho el motivo por el que tenemos un sistema de jubilación público en primer lugar. Todo esto viene, claro está, de este informe del FMI que los medios se han dedicado a leer a la tremenda, por mucho que diga una obviedad: si la esperanza de vida resulta ser mayor de la esperada, los sistemas de pensiones nos saldrán mucho más caros, y las cuentas públicas (y privadas) tendrán problemas para soportar ese cambio. Invito a todo el mundo a leer al menos el sumario, y me digan qué tiene de malvado. De verdad.

Pero en fin, eso es otro tema. Lo que quería señalar es algo que no se está discutiendo lo suficiente en España, y que deberíamos tomarnos mucho más en serio: a qué destinamos el dinero en nuestro estado de bienestar. La pregunta viene por todas estas voces que han saltado raudas diciendo que las pensiones son sagradas, puras e intocables y que no podemos tocar una coma de ellas – voces que, por cierto, no vienen (sólo) de la verdadera izquierda, sino también de un gobierno conservador que ha decidido sacar la tijera en todo menos en jubilaciones. En un contexto de crisis presupuestaria, donde España debe decidir dónde coloca sus escasos recursos presupuestarios y qué decide dejar de lado, la decisión de proteger las pensiones y destinar menos dinero a otros capítulos es algo que debe ser debatido en serio.

Las pensiones de jubilación en España cuestan unos 115.000 millones de euros al año; más de un tercio del gasto total del estado, y aproximadamente un 11-12% del PIB. El presupuesto de educación, en comparación, está repartido entre todas las autonomías, pero en agregado nos gastamos sobre un 4% del PIB, unos 40.000 millones. Rajoy, en estos últimos presupuestos, ha decidido no tocar la primera partida, pero ha decidido acudir a las autonomías para que recorten 2.000 ó 4.000 millones (no ha dicho la cifra exacta, para variar) de la segunda. Desde un punto de vista de ahorrar dinero, tanto da que saques millones de una partida u otra; un euro vale igual en ambos programas. Dejar las pensiones intactas consigue que los pensionistas mantengan sus ingresos y sigan contentos, mientras que un recorte en educación no tiene “víctimas” visibles, más allá de cuatro becarios enfurecidos y chavales con pupitres viejos. Para el gobierno, ciertamente, es más fácil dejar a los ancianitos contentos.

La cuestión, sin embargo, es si esto es una buena idea desde un punto de vista económico. Como comenta Jorge Galindo a veces (y Cives lo explicaba en un artículo hace unos meses) la educación no es un gasto como los otros, sino una inversión. El estado está ofreciendo un bien público, colegios, para niños en el presente, con el objetivo que los adultos futuros estén más preparados, sean más listos y sean mucho más productivos. El gobierno no gasta dinero en escuelas, institutos y universidades por capricho o por el alto ideal de la igualdad de oportunidades (al menos, no en España), sino para asegurar que esos renacuajos produzcan más y paguen más impuestos que los patanes de sus padres. El mercado tiende a ofrecer menos educación que el nivel óptimo para maximizar productividad futura (lo padres tienen la manía de enviar los niños a picar carbón a la mina cuando no les vigilas si el colegio es caro), así que el estado se dedica a formar a los nenes. A mí personalmente me gustaría que también protegiera a los niños del riesgo de nacer en una familia sin recursos a base de fomentar la igualdad de oportunidades, pero incluso sin eso tiene sentido que el estado invierta en educación.  Recortar gasto en este aspecto equivale a sacrificar riqueza futura; no hay soluciones mágicas.

Tenemos por tanto una decisión entre gastar dinero ahora en proteger gente que ya no trabaja, o bien poner ese mismo dinero en hacer que los trabajadores futuros sean mejores. Este dilema, por descontado, no se limita a esta crisis; no hay ningún gobierno, no importa la cantidad de dinero que recaude, que pueda hacer todo lo que queremos. Cuando (re)diseñamos el estado de bienestar (que en España, recuerdo, es muy poco redistributivo “gracias” a nuestro mercado laboral), es necesario tener esta clase de decisiones en mente. Hasta ahora en nuestro sistema político los jóvenes parecen estar en el lado perdedor de esta decisión de forma sistemática, algo que no sólo afecta a los menores de 30 años presentes, sino a la viabilidad económica del país a largo plazo.

Es hora de empezar a pensar en términos no sólo de quién gana y quién pierde, sino también de redistribuciones futuras. Recortar educación ahora es una transferencia entre generaciones, mal que nos pese. El dinero debería salir de otro sitio.