Economía

Peronistas

19 May, 2011 -

La cacerolada

Argentina es el único país importante que ha abandonado el Primer Mundo. Durante años se ha presentado su extravagante y melancólica peripecia durante el s.XX como una aberración en la era del crecimiento. Sin embargo, en mis noches de insomnio Argentina es la primera democracia avanzada del mundo, y las demás tarde o temprano se irán desplomando hacia un equilibrio oligárquico-demagógico, que es de esperar que a largo plazo conduzca a la tiranía, y a un nuevo ciclo político aristotélico (democracia-tirania-oligarquia-democracia). Al fin y al cabo, Aristóteles consideraba la monarquía un régimen político superado, y creía inevitable la universalización (entre los griegos) de los sistemas constitucionales, probablemente al tiempo que educaba a Alejandro Magno.

Al final, las ideas cuentan, y Argentina paga con sordidez y pobreza por las suyas, y como se parecen a las nuestras es de esperar que aquí acabemos pagando en la misma moneda por los mismos pecados.

Una idea característica de los argentinos, franceses y españoles es que las cosas se arreglan protestando. Y es cierto: las cosas se arreglan protestando contra las malas ideas en nombre de las buenas ideas. Y las cosas empeoran cuando se protesta en dirección contraria, que es lo que pasa en Argentina, un país que se cuanto más se agita, más se hunde. No hay caminos reales tampoco en política, y las buenas intenciones, o la valentía solo sirven cuando están basadas sobre un análisis causal sólido. La tesis once de Marx, que invita a los filósofos a cambiar el mundo antes de entenderlo solo puede conducir a resultados sociales como los del propio marxismo.

No merece mucho la pena darle más vueltas a las protestas de la Puerta del Sol, porque lo que hay es lo que se ve: indignación justificada antes males evidentes, y entre nada y mucho peor que nada en el apartado de las propuestas políticas. Para apoyar con cierta evidencia lo evidente, voy a listar (con bastante desgana) algunas propuestas de “los indignados”.

El primer bloque propuestas son las que yo llamo del “regeneracionismo pequeñoburgues”, y son diversas panaceas institucionales para aumentar el contenido “democrático” del sistema y “regenerar la vida política”: mi favorita es derogar la Ley D´Hont y sustituirla por un sistema proporcional puro como el italiano. Hay muchas cosas que me encantan de Italia, y visto el comportamiento de Strauss-Khan, reconozco que Berlusconi empieza a parecer un baboso entrañable, pero no me manifestaría por importar un sistema electoral que cuando era totalmente proporcional (aún lo es demasiado) generó la mayor inestabilidad política continuada y el mayor nivel de corrupción de entre las democracias desarrolladas.

La segunda es la exigencia de “más independencia judicial”. Bien, es difícil argumentar contra el Pastel de Manzana, la Paz en el Mundo y el Día de la Madre, pero lo cierto es que conseguir que los jueces sean más independientes a la vez que se evita que sean una casta por encima de la soberanía nacional y de la propia Ley no es exactamente fácil. Quiero decir más: para la mentalidad peronista que prevalece en la Puerta del Sol el peor enemigo imaginable es un sistema judicial independiente, que defendiese realmente la propiedad privada, que se atreviese a enfrentarse a la “justicia de clase” en nombre de los Principios Fundamentales del Derecho, y en general que pusiese palos en las ruedas de la política en nombre de derechos individuales inalienables. Para empezar, una justicia independiente dispondría de medios directos para aplicar las decisiones jurisdiccionales de la Junta Electoral Central y les pondría en casa a hostias, dejando el espacio público en manos del público y haciendo cumplir la Ley
Electoral.

La única medida de democratizadora medianamente revolucionaria que se puede proponer es instaurar en España el sistema suizo de referéndums vinculantes por iniciativa popular. Pero al día siguiente alguien podría proponer prohibir los minaretes, restaurar la pena de muerte para los terroristas o eliminar los subsidios sociales a los extranjeros. Ustedes pagan, ustedes eligen. 

En cuanto a las medidas anti-corrupción, son aún peores que lo demás: impedir la presencia de imputados en las listas electorales implica convertir a cada juez de instrucción en un censor romano. Un par de jueces más o menos incontrolados y politizados (y los hay de todos los partidos) podrían poner el sistema político al borde del colapso.

En general todas las propuestas políticas de los indignados atacan problemas reales con absoluto desprecio por el comportamiento estratégico real. Y todas ellas los empeorarían catastróficamente. La pura  y dura ideología del “hay que hacer algo”, sin saber qué.

En cuanto a las reivindicaciones sociales, la ideología de los abajo-acampantes es exactamente el viejo justicialismo rioplatense: ahogar más a la clase media productiva para subvencionar más a la clase media funcionarial, aumentar los poderes del Estado  (que serán inmediatamente capturados por la oligarquía político-empresarial) y requisar la riqueza a los bancos, sin decirle a la gente que “los bancos” son ellos mismos. Porque los préstamos de la banca son los activos que respaldan las cuentas corrientes y de ahorro, y todo lo que reduzca el valor de esos activos bancarios, tendrá antes o después que impactar sobre el valor de los ahorros de tus padres. Un banco normal solo pertenece en un 5% a sus accionistas. El resto del banco pertenece a los depositantes, y otros poseedores de renta fija, es decir, básicamente cualquiera. Desde luego reducir algunas formas de responsabilidad hipotecaría y cambiar parte de la normativa sobre contabilidad bancaria para redirigir los pisos en manos de la
banca hacia el alquiler son ideas viables a imaginativas, que después de muchas cuentas y pocas asambleas podrían mejorar la economía nacional.

Lo irónico es que en fondo tienen razón: es necesario que los bancos paguen la crisis. Porque la crisis la tenemos que pagar entre todos, y no hay nada que sea más de todos que la banca.

Sangre, sudor y lágrimas

La triste realidad, que es hoy parecida a la de hace un año, es que las medidas necesarias para mejorar la situación pasan por lo que los abajo-acampantes no pueden aceptar: reconocer que  no solo somos más pobres, sino que nunca fuimos tan ricos: liberalizar el mercado laboral, cobrar menos por lo mismo, exportar más, importar menos (incluyendo viajar menos), reducir los salarios de todos, no contratar más funcionarios, instaurar el copago en sanidad y educación, y con los deberes más o menos hechos, ir al BCE a pedir una moderada inflación que aligere el peso de nuestras deudas.

En un mundo en convergencia, con los países pobres enriqueciéndose, en parte a costa de nuestro trozo del pastel, y después de una orgia de dinero barato y exceso de endeudamiento, las soluciones posibles son grises. Los jóvenes que dejaron la universidad para poner ladrillos a 1800 euros al mes no pueden quejarse de la especulación en ladrillo. Ellos especularon más agresivamente que nadie, y del mismo modo que los grandes constructores han perdido toda la riqueza que no han podido ocultar, ellos tienen un capital humano dañado que tienen que rehacer. Las clases medias arruinadas por ahorrar en ladrillo no pueden quejarse ahora de que los bancos no les ayudan cuando tampoco compartieron sus (ficticias) ganancias del 10% anual con quienes las financiaban al 2%. Los estudiantes de filología y filosofía no se pueden quejar de trabajar de tele-operadores, porque siempre han trabajado
de eso, o de nada. El mismo proceso que ha enviado a millones al paro ha destrozado el tejido empresarial, y ha hundido aún más fuertemente las rentas empresariales que las laborales.

Ahora, mientras escribo la fase primaria de la recesión está finalizando. Es decir, la creación de valor añadido vuelve a aumentar moderadamente, las exportaciones han rebotado, los salarios se han reducido tímidamente, y en general, la re-alimentación negativa entre nuestras múltiples dolencias se ha moderado. No obstante, los costes laborales unitarios se reducen con demasiada lentitud, lo que mantiene a la economía estancada, y sigue muy expuesta a una subida de tipos. Además, la recuperación es puramente vegetativa, y los patrones del crecimiento futuro siguen sin intuirse. Pero ciertamente, esta estabilización depende críticamente de continuar con la austeridad pública y con la contención salarial.

Desde luego, el peronismo mataría la tímida estabilización, probablemente destruiría el euro y nos pondría firmemente en el camino hacia el Tercer Mundo. Ahora bien, España lograría estar por unos meses en el centro del escenario global. Como Egipto.