Internacional

Trump y sus problemas

17 May, 2017 - - @egocrata

Llevo más de dos semanas intentando escribir sobre Trump. Mi idea, al sentarme delante del teclado, siempre es hablar de su último gran escándalo, desarrollando sus implicaciones y explicando cómo afectará a la situación política del país. Siempre intento evitar hablar de una historia mientras está sucediendo, porque inevitable sale más información y el artículo se queda anticuado a los pocos días. Mi intención es esperar que la historia quede definida, y hablar más sobre el contexto que sobre la crisis.

Desafortunadamente, la agenda política del país está conspirando contra estos planes. Desde hace una eternidad (116 días – aunque parezcan bastante más), Donald Trump y su sufrido equipo de comunicaciones en la Casa Blanca llevan metiéndose en espantosos berenjenales mediáticos de dos a cuatro veces por semana, a menudo en crisis que son de su completa creación. En los últimos siete días Trump ha despedido al director del FBI que le estaba investigando, reconocido haberle echado porque estaba harto que le investigaran, se ha reunido con el ministro de exteriores y el embajador ruso y revelado información secreta poniendo en peligro a los servicios de un aliado, ha admitido abiertamente en Twitter haberlo hecho, ha amenazado al director del FBI saliente también en Twitter, y ha acabado siendo acusado por ese mismo director de pedirle que dejara de investigar a Michael Flynn por el tema de Rusia. Lo más delirante es que aparte de que estoy bastante seguro que se me ha olvidado alguna historia, las semanas anteriores no es que fueran mucho más tranquilas.

Los escándalos de estos días, sin embargo, han empezado a tomar un cariz distinto, gracias a la singular incompetencia que parece rodear esta Casa Blanca. Todo indica que Trump y su equipo estaban convencidos que despedir a James Comey iba a ser una decisión popular, y se lo sacaron de encima utilizando excusas abiertamente cínicas, sin ningún plan para responder a críticos. Los tipos se pasaron toda la semana contradiciéndose unos a otros, hasta que el presidente reconoció alegremente en televisión que se lo sacó de encima por la investigación rusa. La revelación de secretos al ministro de exteriores rusos fue otra muestra más que Trump no se prepara las reuniones ni tiene ni idea de lo que está hablando. Esto, por cierto, no es una exageración; sus portavoces utilizaron casi literalmente esa excusa para justificar el enredo.

El último escándalo ha sido la noticia que James Comey, un hombre conocido por su minuciosa atención al detalle y tener una idea muy alta de si mismo (mide 2,03 metros, por cierto), escribió una serie de memorándums detallando sus reuniones con el presidente Trump donde explica que este le pidió que cerrara la investigación sobre Rusia y Michael Flynn. Si esto resulta ser cierto, estamos hablando de un ejemplo de libro de delito de obstrucción de la justicia, la acusación que acabó por forzar la dimisión de Richard Nixon. Trump habría sido lo suficiente estúpido como para hacer eso a las pocas semanas de tomar posesión de su cargo.

Por supuesto, la pregunta es si esta es una acusación creíble. Comey tiene muchos defectos, incluyendo su alegre interferencia durante toda la campaña del 2016 persiguiendo un escándalo sobre e-mails de Hillary Clinton completamente irrelevante, pero tiene fama de ser un hombre honesto. Trump lleva mintiendo como un bellaco desde que empezó la campaña de primarias. Ahora mismo, la inmensa mayoría de los comentaristas en televisión, internet y prensa fuera de los medios conservadores duros (en Fox News hoy hablaban de la Clinton Foundation) parecen dar por hecho que Comey está diciendo la verdad. Lo que es peor para Trump, muchos republicanos en el congreso parecen estar de acuerdo con esta idea.

Hasta ahora, cada escándalo de Trump era recibido con expresiones de estupor en los medios, indignación desaforada de los demócratas y lo que podemos llamar la actitud de comisario europeo de exteriores de los republicanos: decían que estaban “troubled” (inquietos) o “concerned” (preocupados). Mi favorito, como de costumbre, era Mitch McConnell, que se limitaba a lamentar todo el ruido mientras recordaba que lo que él quiere es bajar impuestos a los ricos y desmantelar la sanidad. Nadie en el partido, sin embargo, se había dignado a ir más allá de gestos y fruncir el ceño, sin realmente querer actuar.

Hoy, por primera vez, esta actitud ha cambiado. En vez de tener al John McCain de turno hablar de su decepción con el presidente sin hacer nada, Jason Chaffetz, el presidente del comité del congreso que se encarga de investigar al ejecutivo, ha pedido formalmente al FBI que entregue copias de los memorándums de Comey, y se ha declarado dispuesto a exigirlos mediante subpoena (orden obligatoria, más o menos) si es preciso. Muchos legisladores están pidiendo llamar a Comey a declarar.

De momento, estos legisladores siguen siendo una minoría. Como comentaba Jorge ayer, hay motivos estructurales sólidos que hace que el apoyo de Trump dentro del partido sea relativamente sólido, al menos por ahora. Un impeachment, el sueño dorado de cualquier periodista de investigación y del partido demócrata, está aún muy lejos, en parte porque las supermayorías necesarias requerirían una rebelión republicana gigantesca, en parte porque es un proceso político, no judicial, y el GOP no tiene incentivos para suicidarse de ese modo. Los conservadores, sin embargo, parecen estar completamente hartos de defender a un presidente que tiene por costumbre quemarse a lo bonzo cada vez que lo ponen delante de un micrófono, así que van a salirse de en medio. Esto quiere decir que las investigaciones contra Trump y los suyos empezarán a ganar credibilidad y energía, poniendo a la Casa Blanca aún más a la defensiva.

El resultado más probable, entonces, será un equilibrio precario con un presidente errático, bajo sospecha y que su propio partido ha dejado a la estacada y un congreso intentando sacar leyes adelante sin su participación o liderazgo. Los republicanos en distritos vulnerables (incluyendo todos los senadores que se presentan a reelección – en un año malo no hay estados fáciles en el senado) y aquellos que estén de vuelta de todo (como el mismo Chaffetz, que se retira el 2018) harán todo lo posible para distanciarse de un presidente cada vez más radioactivo en los sondeos, y acabarán por llevarse leña por todos lados. Formar mayorías legislativas, algo que requiere un esfuerzo heroico en un día bueno, será todavía más difícil. Las legislativas del año que viene serán como mínimo complicadas para el GOP.

Si no estalla un escándalo aún mayor en la administración Trump (cosa en absoluto descartable, pero supongamos que no sucede) tenemos por delante un año y medio de política horrible, fea y deprimente en Washington. Trump seguirá comportándose como un niño malcriado de nueve años con problemas edípicos incapaz de aprender nada, metiendo la pata un par de veces por semana. El congreso lo coserá a investigaciones, haciendo cualquier colaboración con él una quimera. El FBI irá sacando escándalos puntuales. Lo único tendremos será meses y meses de vergüenza ajena con las últimas ocurrencias del presidente, y un esfuerzo nada disimulado por parte del GOP de gobernar como si el hombre no existiera. El GOP, con suerte, será capaz de bajar impuestos a los ricos, pero dudo que puedan hacer gran cosa más en medio de este caos. Para bien o para mal, sin un milagro de por medio, la presidencia de Donald Trump acabará por naufragar en menos de cuatro meses.

Quizás, en un momento de súblime sensatez, Mike Pence decide que es hora de sacar al país de este espectáculo lamentable e invoca la vigésimo quinta enmienda, sección cuarta, declarando al presidente incapacitado para gobernar. Es obvio a estas alturas que sería una maniobra más que justificada, pero dudo que el tipo esté lo suficiente loco para hacerlo.