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Podemos + IU: la forma importa

21 Abr, 2016 - - @jorgegalindo

A medida que nos acercamos a la fecha límite del 2 de mayo y el escenario de repetición electoral se hace más probable, los rumores sobre una posible candidatura conjunta de Podemos e IU han aumentado en paralelo. Hasta el punto de que hay quien la da por segura, mientras otros niegan que haya nada firmado. En resumen, hay apertura. Mientras no se confirme y no haya convocatoria, es pronto para estimar los efectos del movimiento en los comicios (cosa que, en cualquier caso, solo podremos hacer con encuestas en la mano que contemplen esta candidatura). No lo es, sin embargo, para preguntarnos lo siguiente: ¿de qué dependerá el éxito o fracaso de semejante unión? Entre otras muchas cosas que escapan del control de los partidos, hay una que sí lo está, y queda por concretar todavía: la forma específica del acuerdo. Hacia adentro, y hacia afuera.

Comencemos con el interior. Como sabemos, en España las listas electorales son cerradas y bloqueadas, y caen bajo el poder de los aparatos de los partidos. En los últimos tiempos se ha experimentado con las elecciones primarias para su elaboración, con resultados desiguales (en tanto que el proceso de primarias es arduo y el control sigue estando en la cúpula de la organización, pues marcan reglas y tiempos de las mismas). La experiencia de las confluencias con Podemos ha sido una de listas de disciplina mixta. ¿Qué sucederá con IU, una formación mucho más consolidada y con cuadros medios establecidos, organizativa e ideológicamente? ¿Primarias o no? ¿Con qué cuotas entre formaciones? ¿Y cómo se traducirá todo ello en el mundo post-elecciones? ¿Grupos separados o conjuntos? ¿Estrategia de negociación y agenda? Ya vimos lo que sucedió con Compromís en el último segundo, así como ciertas diferencias de tono político entre la cúpula morada y las mareas. Todo ello, insisto, con formaciones de nuevo cuño. Está poco claro que se puedan dejar todos los cabos atados antes del pitido final, así que lo más probable es que el acuerdo tenga aspectos deliberadamente ambiguos, que pueden volverse contra la candidatura durante la campaña o después de las elecciones. Más aún, ¿qué decidirán las actuales confluencias? ¿Estarán contentas con compartir espacio y pacto con IU (en parte ya lo han hecho)? ¿En qué términos y en cuáles no? Todo ello por no recordar que IU es en sí misma una coalición, y que varios de los cabezas de corrientes internas han tomado posiciones más o menos explícitas a favor o en contra de un acuerdo como el que se plantea. Compromís, otra coalición, se vio sometida a una gran tensión antes de firmar in extremis con Podemos. No cabe esperar que con IU sea todo coser y cantar.

Esta configuración es también importante para la imagen que proyectará la candidatura. Esta se situará en algún punto entre dos extremos: en uno, un frente de izquierdas («Podemos+IU», literalmente), la unión lógica de dos fuerzas similares. En otro, una suerte de apuesta conjunta por el cambio, lo que hoy día se suele llamar «marea», incluyendo a otras organizaciones en pie de igualdad e incluso contando con candidatos ajenos a los partidos, de la sociedad civil. Cada uno tiene sus costes y sus beneficios. La opción frentista garantiza una maquinaria electoral y sobre todo post-electoral con mayor cohesión, más controlable y mejor articulada, una vez resueltas (o aplazadas de mutuo acuerdo) las cuestiones arriba planteadas. Pero al mismo tiempo se sitúa en un espacio ideológico mucho más claramente definido: la izquierda; más concretamente, la izquierda del PSOE. Es cierto que para muchos votantes Podemos parece más de izquierdas que IU, pero la realidad es que el voto de los primeros ha llegado a ser más transversal que el de los segundos. Es decir: la formación de Iglesias ha mostrado en su corta vida más potencial de llegar lejos del extremo y robar votos al PSOE. Un frentismo excesivo puede perjudicar dicha capacidad. Por contra, una marea más diluida puede aumentar, no disminuir, la transversalidad. Pero el coste organizativo es claro, al tener que unir muchas sensibilidades bajo una misma candidatura-paraguas, y con ello volvemos a las cuestiones de la estructura interna de la candidatura: quién manda sobre qué, y cómo será el reparto de papeles posterior a las elecciones.

En resumen, en la discusión sobre un acuerdo Podemos+IU, los partidos se enfrentan a un dilema entre primar disciplina ideológica y estructural, o dar más peso a la potencial ganancia electoral a corto plazo a costa de diluir la plataforma. Y aunque se resuelva este dilema en un punto medio, quedarán abiertas las cuestiones sobre quién y cómo disfrutará de los réditos esperados. Algo en lo que no solo Iglesias y Garzón tienen algo que decir: ambos deben convencer a sus aliados internos de que el acuerdo es una buena idea también para ellos, mejor que montarse algo por su cuenta. Por tanto, antes de echar cuentas de subidas, bajadas y escaños, debemos prestar atención a la forma final de cualquier futuro pacto, si es que se da. Los líderes de ambas formaciones lo saben, mucho mejor que nosotros, y por eso es probable que las negociaciones sean arduas.