Internacional

De griegos, demócratas y desastres económicos

29 Jun, 2015 - - @egocrata

Para un país que lleva ocho años flirteando con el desastre, la creatividad de los griegos para encontrar nuevas formas de sembrar el pánico es francamente admirable. Este fin de semana realmente han llegado a unas cotas dignas de la mejor Argentina, con el anuncio de un referéndum sobre las condiciones del rescate financiero.

Como me temo que de Grecia vamos a estar hablando una buena temporada, creo que antes de meternos en los detalles económicos del “corralito” vale la pena pararse a mirar la idea del referéndum con algo más de detalle. Pablo ha hecho un buen análisis sobre la convocatoria en clave interna; vale la pena echarle un vistazo desde el punto de vista de diseño institucional.

Supongamos el siguiente escenario. En el año 2017 la Comunidad Murciana, tras años de mala gestión económica, anuncia que ha mentido sobre su déficit durante una década y que está completamente en bancarrota. El gobierno central, aterrado por la posibilidad que la quiebra de una comunidad autónoma sea vista vista como un impago soberano, decide impulsar un paquete de rescate financiero al gobierno murciano. Madrid extiende un crédito especial que garantice los pagos, mantiene los servicios sociales a flote y sigue pagando a los funcionarios. A cambio, exige una subida de impuestos a Murcia, la eliminación de varios programas de ayuda extravagantes y exige el fin de la jubilación de los trabajadores públicos a los cincuenta.

Imaginad que ante esto, Murcia convocara un referéndum para decidir si acepta los términos del rescate y sus recortes. La democracia, insisten, consiste en que el pueblo decida su futuro, etcétera, y responda a los términos abusivos dictados desde Madrid. En este escenario hipotético el gobierno central probablemente daría a los políticos murcianos por imposibles, y utilizando su muy democrática legitimidad a nivel estatal, intervendría la comunidad autónoma vía artículo 155 y santas pascuas, que para algo le han votado.

El escenario griego es una situación parecida, pero con una distinción crucial: no hay gobierno central. Grecia es un país que no puede pagar sus deudas que está siendo rescatado por un agente externo. En el caso “murciano”, este agente es un gobierno democrático que representa a todos los ciudadanos de España. En el caso griego, es un consejo de estados que comparte moneda e instituciones supranacionales con ellos, pero sin una institución centralizada de por medio. En cierto modo, es como si el hipotético rescate murciano saliera de una decisión coordinada de las otras 16 comunidades autónomas reunidas en una confederación con algunas instituciones compartidas.

La idea de que un referéndum en Grecia sobre los términos del acuerdo es democrática parte de la falacia que el resto de los gobiernos de la eurozona no tienen legitimidad democrática propia. Tsipras, protestando la imposición de la troika, quiere dar la voz a 11 millones de griegos para redefinir los términos de su relación con Europa. Los representantes del resto de estados de la unión, sin embargo, son los gobernantes legítimos de estados con 323 millones de habitantes, y no tienen ningunas ganas que 3% de la población del continente proclamen tener derecho a veto sobre el 97% restante.

En el debate europeo, o al menos en el debate europeo según Syriza y sus aliados, las negociaciones entre Grecia y la troika son a menudo dibujadas como un lucha entre representantes democráticos de un país en crisis y un grupo de burócratas sin alma sedientos de sangre. La realidad, sin embargo, es que la troika no deja de ser una aproximación (burda, opaca y desorganizada) a la voluntad coordinada del resto de países de la eurozona. No es un gobierno central con legitimidad democrática directa, pero es una forma de gobierno representativo. Por mucho que los griegos estén hartos de llevarse palizas de austeridad entusiasta, se las están llevando de forma estupendamente democrática, 97 a 3.

Si queremos hablar sobre el dolor y sufrimiento de Grecia, por lo tanto, el argumento democrático no es sostenible. Tsipras no tiene una mayoría que le respalde; él es el presidente de una comunidad autónoma que está intentando exigir en solitario que el resto de regiones del país le den más dinero unilateralmente. El problema de la eurozona no es su falta de democracia, sino probablemente el exceso de ella.

La eurozona, en su configuración actual, deja a la minoría de perdedores a merced del resto de países de la unión. Cuando un país se mete en un lío (y en el caso griego, lo han hecho ellos casi sin ayuda de nadie) las instituciones europeas no tienen ningún mecanismo o salvaguarda que proteja los derechos de los que se quedan atrás. No hay un mecanismo formal establecido que detalle qué es negociable y qué no lo es; no hay leyes que regulen las relaciones entre niveles de gobierno de forma clara, no hay un sistema claro que deje claro a los gobiernos qué va a suceder si necesitan un rescate. La ausencia de un gobierno central real, además, implica que muchas de las políticas públicas que minimizarían las consecuencias de un crisis fiscal local (seguro de depósitos, estabilizadores automáticos supraestatales, etcétera) no existan.

La crisis griega, más allá de las políticas económicas propuestas, ajustes, rescates y demás es fruto de esta debilidad institucional. Es francamente curioso que Tsipras, hablando de democracia, lo que de hecho está pidiendo es instituciones contramayoritarias que protejan a su país del rodillo de la troika. Lo que debemos pedir para Europa, en este caso, no es más democracia, sino menos. Lo que queremos ver es un escenario donde los rescates y sus condiciones no son fruto de la tiranía de la mayoría, sino una decisión casi tecnocrática que proteja a la minoría del rencor y las ganas de dar ejemplo del resto. Lo mejor que le puede pasar a Grecia es que quien decida cómo será su rescate no sea una institución mayoritaria.

Esto no quiere decir, por supuesto, que los griegos tengan razón al denunciar el acuerdo. Pero eso, para el siguiente artículo.