Economía

Demanda, desequilibrios y décadas perdidas

29 Ago, 2014 - - @egocrata

La Eurozona va camino de otra recesión. Los precios en varios países están cayendo, el PIB está estancado o en retroceso, la tasa de paro sigue sin bajar y la economía del continente está a pocos meses de empeorar las marcas de la gran depresión. Casi siete años después del inicio de la crisis, el PIB de la eurozona sigue por debajo de cuando empezó todo este desastre.

La reacción de los líderes europeos se puede resumir en una sola palabra: nada. Aunque los problemas de la unión monetaria son evidentes y las soluciones son bastante obvias a estas alturas, los políticos siguen sin ser capaces de hacer para salir de este callejón sin salida. Si no fuera por los millones de personas condenados a la pobreza y los billones de euros tirados a la basura en carreras desperdiciadas, fábricas cerradas y empresas en quiebra, esta obcecación de los líderes del continente sería casi cómica.

Para salir de la crisis la eurozona debe hacer algo muy sencillo: primero, el Banco Central Europeo debe declarar abiertamente que la inflación es demasiado baja y que va a trabajar activamente para hacer que los precios vuelvan a crecer como mínimo al 2%, estando dispuestos a tolerar tasas más elevadas a corto y medio plazo. Este paso reduciría la carga de la deuda en los países con problemas fiscales, empujaría el consumo y haría las exportaciones más fuera de la UE más competitivas al depreciar la moneda. De forma paralela, los países del centro (Alemania, Holanda, Austria y familia, no España) deberían apretar el acelerador fiscal a corto plazo lanzándose a rebajar impuestos y construir infraestructuras para empujar el consumo. Europa, ahora mismo, tiene un problema de demanda interna galopante, combinado con una moneda sobrevaluada. Una intervención coordinada y decidida del BCE y los gobiernos de la eurozona con margen fiscal romperían con la espiral deflacionaria en la que estamos metidos.

Por desgracia, estas soluciones económicas sencillas se enfrentan a realidades políticas complicadas. Las penurias de la eurozona ahora mismo son fruto de una crisis de demanda, y pueden ser arreglados apretando el acelerador monetario y fiscal. Sin embargo, el origen de esta falta de demanda interna proviene de desequilibrios dentro del sistema nacidos de problemas en el lado de la oferta en la periferia del continente.

Paradójicamente, la causa principal de la gran recesión no es una caída del consumo, sino una crisis de balanza de pagos relativamente sencilla.  Los países de la periferia reciben un influjo de capital tremendo en los años anteriores a la crisis, sea por burbujas inmobiliarias (España, Irlanda) o gobiernos gastando lo que no tienen (Portugal, Grecia). Las economías de esos países tienen rigideces estructurales variadas y/o sistemas financieros mal regulados y se recalientan, perdiendo competitividad. Cuando la música deja de sonar y el dinero deja de fluir de norte a sur, las economías de la periferia se estrellan y la crisis financiera mete a todo el mundo en recesión.

El temor de los alemanes es que una salida de la crisis a golpe de gasto público e inflación acabe con la crisis a corto plazo, pero que no haga nada para solucionar los desequilibrios a largo. La eurozona saldría de la recesión, los países de la periferia se recuperarían y todo volvería a una aparente normalidad. La estructura que provocó el flujo de dinero incontrolado de norte a sur, sin embargo, seguiría ahí intacta: el BCE y sus promesas de liquidez volverían a dejar a los estados de la periferia endeudándose con tipos de interés negativos, el crédito volvería a inundarles y la balanza de pagos dentro de la unión monetaria sería de nuevo una bomba de relojería. La única manera de hacer que esto sea sostenible es haciendo que Alemania y el resto de países del centro acepten financiar la juerga de la periferia de forma indefinida. Por desgracia en economía, no hay nada que pueda durar eternamente.

Para evitar caer en esta trampa, el BCE y Alemania quieren garantías. Los países de la periferia deben prometer, y hacerlo de forma creíble, que si los países del norte dieran rienda suelta al gasto público y permitieran al banco central actuar de forma decidida no van a repetir los errores que provocaron la crisis. El sistema financiero debe ser completamente inofensivo, las cuentas públicas deben estar saneadas, los gobiernos deben prometer no gastar lo que no tienen y las economías deben ser flexibles, y sin rigideces estructurales absurdas que la inflación reaparezca a poco que haya algo de crecimiento económico. Si España tiene una tasa de paro estructural por encima del 15% (que es lo que probablemente tenemos), el BCE sabe que en el momento en que las cosas mejoren un poco los precios subirán y no seremos capaces de mantener la competitividad necesaria para devolver todo ese capital entrante. Hasta que no demos señales claras que los alemanes no van a encontrarse con otro agujero dentro de cinco o diez años, las cosas seguirán igual.

Este peculiar equilibrio entre inacción e inmovilismo se ve reforzado por el hecho que es mucho más difícil impulsar reformas estructurales en medio de una recesión que en tiempos de bonanza. Cualquier gobernante europeo de estos últimos años ha visto desfilar primeros ministros, presidentes y cancilleres a un ritmo frenético; con muy contadas excepciones, la práctica totalidad de jefes de gobierno han perdido el cargo cuando se enfrentaban a las urnas. Algunos dieron un paso hacia las reformas en solitario, de forma heroica, sólo para darse cuenta que nadie les seguía y el BCE los dejaba tirados miserablemente.  El ideal para cualquier político estos días es que las reformas estructurales salgan adelante, pero que sean otros quien las impulsen, no ellos; el resultado es un montón de gobiernos en países en crisis aplazando el problema confiando que o bien otros convenzan a Merkel con sus reformas suicidas o bien que el BCE decida hacer algo de forma unilateral, harto de perder el tiempo.

Para empeorar las cosas, la experiencia reciente indica que los gobernantes periféricos (incluyendo a los franceses) tampoco van a responder con reformas si el BCE /Alemania les concede expansión hoy a cambio de reformas mañana, con la economía creciendo. En los momentos más duros de la crisis de la deuda, cuando las primas de riesgo andaban disparadas, los desesperados gobiernos de la periferia suplicaron a Draghi que interviniera a cambio de rescates financieros con fuertes condiciones asociadas. El BCE respondió prometiendo hacer todo lo posible por salvar el euro, Rajoy a cambio aplazó un buen puñado de reformas casi de inmediato.

¿Cómo podemos romper este bloqueo? La verdad, no lo sé. En teoría, un grupo de líderes increíblemente ilustrados, valientes y creíbles podrían cuadrar el círculo y obrar el milagro. A la práctica tenemos a Mariano Rajoy, Hollande, Renzi y compañía, que andan entre la timidez suprema, extrañas nociones de grandeur, un sistema de partidos demencial y una oposición cada vez más populista, todos ellos bajo una enorme presión política. En el centro, Merkel se concentra en  proteger (como debe) los intereses del contribuyente alemán y mantener la buena salud fiscal de su país mientras pide al resto de líderes que demuestren su inocencia. Los líderes de uno y otro bloque tienen dos prioridades distintas dentro de la lista de soluciones a la crisis, y carecen de un mecanismo para ponerse de acuerdo.

Lo cierto es que es un equilibrio perverso que parece increíblemente estable – la clase de equilibrio político e institucional que lleva a gobiernos a tener una década perdida de crecimiento económico. Y eso será si tenemos suerte, la verdad. Es para ser pesimista.