Política

Bonaflautismo y el negocio de la indignación

24 Abr, 2014 - - @egocrata

imagenAyer descubrí, con no poca sorpresa, el impagable logo de “Podemos“, el partido de Pablo Iglesias.  Es muy complicado no tomárselo como un chiste:  ni siquiera el Partido de los Trabajadores Coreanos tiene a su amado líder en su emblema, algo que dice bastante de la modestia del candidato. Por muy inteligente, apuesto, carismático y entrañable que sea Iglesias, este grado de personalísimo salvapatrias es un poco extraño en un partido de izquierdas. En Podemos han inventado el bonaflautismo.

Más allá del caso específico de Iglesias y su partido, la proliferación de partidos y organizaciones de indignados de todos los colores en España es interesante. El enorme aumento de actividad de la sociedad civil, por supuesto, es algo netamente positivo y necesario. El país está hecho un auténtico desastre y los dos grandes partidos parecen estar muy ocupados intentando no enterarse de nada; casi cualquier cosa que se haga para intentar mejorar las cosas será una mejora.

Aún así, es curioso también ver la eclosión dentro de estos nuevos movimientos sociales de una casta de “indignados profesionales” que parecen estar más preocupados en salir en la foto que en realmente arreglar gran cosa. El modelo de negocio, por decirlo de algún modo, es constatar que en España hay un porcentaje de la población notoriamente cabreada con la sociedad y el sistema político, y que están esperando que alguien les diga que tienen toda la razón del mundo. La idea no es explicar la realidad de forma objetiva o proponer políticas públicas basadas en la evidencia, sino simplificar tanto como sea posible, dar una cosmovisión cerrada con una serie de culpables fáciles de identificar y demonizar (mercados, nacionalistas, clase política, la banca, los mercaderes, inmigrantes, los Gnomos de Zurich), y proponer una serie de medidas de brocha gorda atizando a los malvados de turno.

Esto puede sentarnos muy bien como lectores, ya que es estupendo que nos den la razón, pero como comentaba Lluis Orriols el otro día no es demasiado útil. Indignación y análisis probablemente son términos contradictorios, pero si queremos arreglar las cosas no podemos limitarnos a agitar el puño de forma airada entre grandes aspavientos: es necesario sentarse, mirar las cosas con calma e intentar ver qué narices está sucediendo. El debate político español se ha llenado de gente estos últimos años que están más preocupados de salir en la tele y radio tanto como sea humanamente posible por encima de aportar nada parecido a un análisis paciente y basado en la evidencia empírica. Podemos cabrearnos tanto como queramos, pero no debemos confundir el cabreo con aportar soluciones.

El riesgo, sobre todo para la izquierda, es caer en la irrelevancia a golpe de luchar contra molinos de viento constantemente – algo parecido a la derecha americana con Fox News, pero en versión perroflauta. Estos días, por ejemplo, la derecha americana anda obsesionada con Cliven Bundy, un ranchero de Nevada que estuvo a un tris de liarse a tiros con agentes federales tras negarse a pagar derechos de forraje durante años cuando su ganado utiliza tierras de propiedad pública. Bundy básicamente está alimentando a sus vacas en tierras que no son suyas sin pagar un duro a nadie, pero Fox y la constelación de indignados profesionales de la derecha americana se lo han tomado como una afrenta al sagrado derecho del pueblo soberano a no se sabe bien qué. Cada vez que un político republicano es entrevistado en un medio conservador se le pregunta sobre Bundy, y se espera de ellos que apoyen al granjero enfurecido y las milicias libertarias que le defendían contra el malvado gobierno federal.

Hay un pequeño problema con esta historia (aparte que el granjero no tiene razón): Cliven Bundy es espantosamente racista. En las entrevistas en Fox no le dejaban meterse en estos berenjenales, pero cuando el NYT le ha permitido hablar libremente ha soltado un montón de perlas completamente impresentables, dejando un buen puñado de políticos republicanos (con Rand Paul al frente) aplaudiendo un tipo que dice que los negros estaban mejor cuando eran esclavos.

Salvando las distancias, los indignados van camino de hacer con la izquierda algo parecido. El PSOE tiene pánico a decir nada que se aleje de la ortodoxia de la indignación estos días, y tienen una tendencia casi enfermiza a decir tonterías irreflexivas sobre mercados, neoliberalismo y demás historias. El PP, por supuesto, lleva años atrapado en las redes de los anti-nacionalistas profesionales en temas identitarios, negándose a aceptar cualquier reforma. El ruido, la furia y la indignación mediática han sacado de la agenda soluciones viables, sin que nadie haya ganado nada con este cabreo.

La crisis política y económica en España es cualquier cosa menos sencilla. No hay soluciones fáciles,  ni salidas rápidas, ni trucos mágicos que nos vayan a sacar de este atolladero. Podemos (y debemos) estar cabreados, pero la única forma de arreglar este desastre es con reflexión y medidas que a menudo no nos gustarán demasiado, no con astracanadas egocéntricas y líneas rojas.  Un programa electoral de 40 páginas escasas llenas de propuestas fantasiosas me temo que no es manera de hacer las cosas.

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Corrección: en la primera versión de este artículo se afirmaba que “Podemos” había adoptado este logo en las papeletas antes de las primarias del partido. Según la cuenta oficial de Twitter del partido, esto no fue así, y el cambio fue solicitado a la junta electoral el 15 de abril. He borrado la referencia errónea. Mi opinión sobre “Podemos” es más o menos la misma.