accountability

Pinceladas al aire sobre élites, opinión pública y partidos políticos

13 Ago, 2012 -

Todas las democracias que conocemos se basan en el peso de la opinión pública. Los políticos actúan, los votantes los recompensan o castigan votando y, entre medias, cosas como la prensa o las encuestas sirven a los políticos de proxy para ver como de probable es que en las próximas elecciones sean elegidos o no.

Una pregunta clave en todo esto es ¿qué es lo que forma la opinión pública? Es clave porque, al margen de las preferencias ideológicas de cada uno, no termina de estar claro qué explica la forma de entender de los votantes qué política son o no son posibles. Un primer conjunto de respuestas es que, por un lado, cada persona está más o menos en condiciones de formarse sus propias opiniones sobre política. La prensa, los medios, la cultura, todo eso, juegan un papel importante.

En lo que me quiero centrar en este post es en el papel de las élites y los partidos políticos en la formación de la opinión pública. Una parte razonable de los votantes vota de forma ideológica y la ideología es algo que está bastante influido por lo que defienden distintos actores políticos. Esto es algo que se ve bastante bien en ese tipo de debates inútiles dónde se intenta definir qué es de izquierdas y qué es de derechas: al final, no es algo que se pueda definir por el contenido, sino que lo que es de izquierdas es lo que defienden los partidos de izquierdas y lo mismo con lo de derechas, siendo estos contenidos históricamente contingentes. En general, me parece razonable asumir que a la hora de formar sus creencias políticas, el votante medio le da un peso significativamente distinto de cero a lo que defiende el partido con el que se siente más identificado, bien directamente, bien indirectamente a través del impacto que tiene la acción de este sobre las identidades políticas y la ideología.

Volviendo al problema del principio, esto plantea que la ideología y las preferencias políticas son endógenas (se forman dentro del proceso político) y por tanto están afectadas en cierta medida por el contexto institucional. Pero, si los votantes votan en cierta medida de forma ideológica, ¿qué es lo que garantiza que los políticos, con la idea de ganar elecciones, no hagan más demagogia de la que observamos para manipular a la opinión pública? Entiendo aquí por demagogia prometer cosas que no están en el menú de políticas posibles (“aumentar el gasto social, reducir el deficit y no subir los impuestos”), pero que los votantes están en condiciones de creer. Aquí, de nuevo, es razonable pensar que hay muchas fuerzas; desde las creencias preexistentes de los votantes hasta la prensa, los medios, los intelectuales; “la sociedad civil”. Sin embargo, esto en mi opinión solo desplaza el aspecto un poco más allá: a menos que cada ciudadano forme su opinión en una isla desierta, es razonable pensar que hay muchos equilibrios de creencias pensables de forma que si todas los formadores de opinión (“élites”) convergen a uno de ellos, terminarán arrastrando a cada individuo y para simplificar la discusión me fijaré solo en el papel de los partidos políticos como marcadores de agenda.

Esto nos lleva a una de mis obsesiones más persistentes: el conflicto entre la ética de los principios y la ética de las responsabilidades. En general, suele existir una brecha entre las creencias de los gobernantes y las de los votantes. Los políticos que están expuestos a la experiencia de gobernar tienen la sensación de que las opciones son muy restringidas, de que tienen las manos atadas y de que todo es muy complicado. Los votantes, salvo que se trate de expertos en un tema concreto, parten de la idea de que el conjunto de elección es mucho más amplio, que elegir depende únicamente de la voluntad política y como consecuencia de ello tienen planteamientos mucho más radicales.

Es posible hacer una distinción interesante entre “partidos de gobierno” y “partidos de oposición”. Tipicamente, un partido de gobierno tiene experiencia gobernando y está más o menos al corriente -sus élites, sus estructuras, su cultura política está amoldada a ello- de qué cosas son factibles y cuáles no. Además, la expectativa de estar en el gobierno mañana les hace defender políticas dentro de la responsabilidad. A medio plazo, esto genera una colusión entre los partidos mayoritarios sobre el tipo de políticas que son y no son aceptables en el discurso político y esta “corrección política” se refuerza con una cultura política que ejerce un feedback sobre las creencias del electorado.

Enlazamos así con un tema que ha tratado en un par de ocasiones mi amigo Pablo Simón: problema de la estabilidad de los sistemas de partidos. Para que una democracia funcione, el sistema de partidos tiene que ser estable. Esto es así obviamente por razones de “accountability”: si no hay una continuidad en las estructuras de partidos, no hay nada que prolongue la responsabilidad política a lo largo del tiempo. Pero también, y esto es algo que creo que no se trata lo suficiente, es importante porque, al mantener cierta estabilidad entre las élites, hace posible que un equilibrio como el que señalaba en el párrafo anterior sea estable. Si todos los partidos se comportan como partidos de oposición, no hay socialización de las élites y no hay nada que discipline a los partidos políticos. En otros sitios, dónde no hay partidos políticos (como en Francia o en EUA), esto funciona gracias a notables; pero la estabilidad de las élites políticas es similar.

Todo lo anterior produce una de esas conclusiones melancólicas que plagan las ciencias sociales analíticas: existe un tradeoff entre la “atacabilidad (contestability)” del mercado político que es, en teoría, la esencia de una democracia, por un lado, y la eficiencia procesando información y generando creencias acertadas de un sistema político, por otro. Una democracia es, en teoría, un sistema dónde cualquiera puede presentarse a las elecciones y ganar presentando cualesquiera alternativa que no están excluidas. Sin embargo un sistema sin barreras de entrada, dónde la oferta política no está restringida, sin cuerpos intermedios es un sistema dónde no pueden emerger partidos de gobierno.

Un aspecto interesante es, entonces, qué tipo de factores sostienen este equilibrio. La mayor parte del tiempo, me refiero en situación en las que no hay crisis profundas, existe un consenso político y social para aprobar las instituciones políticas en sentido amplio. En sentido amplio, esto es, incluyendo cosas como la cultura política que señalaba antes, los partidos políticos mayoritarios y las élites del régimen. Lo que sostiene este consenso no son creencias profundas, sino heurísticos relativamente frágiles: yo tengo cierta confianza en lo que dice el periódico que leo o el partido que compro y solo a posteriori hago un examen crítico. A la inversa, también tiendo a ver con desconfianza lo que defiende un partido que me produce rechazo.  Lo característico de una crisis -política o económica- es que este consenso, el sistema institucional, se resiente. La gente ve como su bienestar y el de la gente próxima se resiente y deja de confiar en las élites y de considerar las ideas recibidas (“la cultura política”) como válidas. Ortega lo contaba mejor que yo:

las masas se han hecho indóciles frente a las minorías: no las obedecen, no las siguen, no las respetan, sino que, por el contrario, las dan de lado y las suplantan

La rebelión de las masas,  pg 30

En relación con esto, cabe preguntarse si el tipo de instituciones intermedias que aguantan este equilibrio siguen teniendo la misma validez hoy y que consecuencias tiene eso para la democracia tal y como la conocemos. Hoy, cada vez más, los intermediarios políticos están viendo como su papel se erosiona. La movilización política es cada vez más sencilla al margen de los partidos y tenemos un ciclo informativo permanente que erosiona el margen para que exista cierto filtrado o cierta colusión en las alternativas. El tipo de pregunta que es pertinente es, suponiendo que el análisis anterior sea acertado y en el pasado los Volkspartei hayan jugado un papel importante disciplinando el discurso político ¿qué va a sustituirlos?