Política

La tragedia del gobernante incomprendido

20 Jul, 2012 - - @egocrata

Es una de las quejas recurrentes de todo gobierno en crisis: “nos ha fallado la política de comunicación”. “Tenemos que explicar mejor las reformas”. “El problema es que no vendemos bien las medidas que estamos aprobando”. Lo escuchamos una y otra vez en boca de gente del PSOE el año pasado, y lo hemos estado escuchando de nuevo desde las filas del PP una vez ganaron las elecciones. Incluso Obama, que de esto de hablar en público sabe un rato, se lamentaba que le había faltado “dar una narrativa” a sus políticas no hace demasiado.

Aunque (todo hay que decirlo) hay gente en este gobierno del PP que se explica espectacularmente mal, estas declaraciones siempre me han parecido una mala excusa por dos motivos.

Primero, cuando un político dice que los votantes no le entienden está suponiendo que cuando dice algo esos votantes están prestando atención. En general, y salvo muy contadas excepciones, podemos predecir con mucha facilidad si a un ciudadano le va a convencer o no lo que está contando un político. En la mayoría de los casos, el discurso le resbalará totalmente, ya que habrá cambiado de canal. En los casos que por alguna desesperada emergencia el pobre votante se vea forzado a escuchar lo que dice, estará a favor si el político es de su cuerda, y en contra si es del partido contrario. Si tuviera alguna duda, nuestro hipotético ciudadano estará viendo las noticias, escuchando la radio o leyendo un periódico de su cuerda ideológica, y su todólogo favorito no tardará en recordarle que en efecto su opinión es la correcta.

El mecanismo de elaboración de preferencias de los votantes es (relativamente) complicado, pero no se acostumbra a basar en lo que sale en las noticias. La ideología, ese heurístico tan práctico que nos ahorra tener que pensar si lo que dice un político es bueno o no, es fruto de socialización y años formativos casi en todos los casos. La mayoría de votantes tienen cosas mucho más importantes que hacer con su tiempo libre que evaluar políticas públicas en base a lo que dice un ministro por la tele.

Esto no quiere decir, sin embargo, que los votantes sean estúpidos. Al contrario.  El electorado en general tiende a evaluar a sus políticos siguiendo un criterio mucho más razonable: miran el estado del mundo. Si manda uno de los suyos y las cosas van bien, habitualmente le renovarán su apoyo. Si las cosas van mal, lo más probable es que se queden en casa, con un pequeño porcentaje de desertores. La “narrativa”, “política de comunicación” y demás, por tanto,  son a menudo tan buenas como las políticas en las que están apoyadas. Si el país va bien, todo el mundo es un genio de internet y orador brillante. Si va mal, los periodistas se pasaran la vida preguntándose por qué los ministros fallaron en dar con una narrativa sólida, etcétera, etcétera.

Por lo tanto, consejo para gobernantes futuros  y presentes: si los votantes de tienen manía, tu jefe de prensa probablemente no tiene culpa de nada. La política de comunicación es, en la inmensa mayoría de los casos, tan buena como las políticas públicas que estáis intentando explicar. Nadie (aparte de tres frikis con bitácora) presta atención a vuestros discursos. Los resultados son lo único verdaderamente importante.   Si tenéis que escoger entre una reforma que “suena mal” pero es más efectiva y una que “suena mejor” pero se queda horripilantemente a media, la opción correcta es la primera.

Hechos, no palabras. A veces es así de simple.