Corrupción & Política

Bipartidismo y corrupción

19 Ene, 2012 - - @kanciller

Una crítica recurrente tanto de partidos minoritarios como de diferentes asambleas de indignados es que el bipartidismo fomenta la corrupción. Se asume que dado que PSOE y PP son los únicos partidos con opciones de gobierno, éstos tendrían más facilidades para llegar a acuerdos que les permitan escapar del control ciudadano. Una suerte de omertà entre ambos para no cambiar un status quo de corrupción generalizada.

Dejando al margen que los defensores de esta idea parecen ignorar el caso del Pentapartito italiano, me he puesto a indagar en los argumentos que ha manejado la ciencia política sobre el impacto del número partidos y sistema electoral  en la corrupción. Casi toda la literatura parte de un modelo agente-principal, con todas las virtudes y asunciones que supone.

Según este modelo el votante, que es el principal, quiere elegir a unos políticos con un mínimo de honradez y competencia mientras que el agente, el político, quiere permanecer en el poder. Por lo tanto, asumamos que el votante no obtiene pagos por la corrupción, o lo que es lo mismo, que no existe caciquismo, y que el político es auto-interesado y siempre preferirá estar en el poder.

Dado que hay asimetría en la información entre ambos actores, el político tiene la oportunidad de obtener ganancias vía corrupción ya sea para su uso personal o para financiar sus campañas electorales. Sin embargo, la literatura considera que hay un trade-off entre lucrarse con la corrupción y parecer honesto, y por tanto, entre corromperse y ganar votos. De aquí que la estrategia preferida por el agente sea intentar que su comportamiento corrupto pase desapercibido.

La literatura sobre el tema se centra en el sistema electoral como una variable institucional crucial que operaría a través de su efecto en el número de partidos. En este artículo, por ejemplo, se señala que los países con sistemas proporcionales, al generar multipartidismo, tienen menos corrupción. Por el contrario, en este y este otro se apunta lo opuesto, que los sistemas electorales mayoritarios en distritos uninominales, al causar bipartidismo, son los que fomentan la honradez de los cargos públicos.

La literatura, sin embargo, aún tiene ciertos problemas para diferenciar y aislar el efecto del sistema electoral y de partidos sobre la corrupción. Estas variables están muy asociadas entre sí y solo recientemente algunos artículos han afrontado la cuestión. De todas formas, la idea de que el bipartidismo evita la corrupción continúa recibiendo hasta la fecha más respaldo empírico.

Pero ¿Por qué mejor que haya dos partidos que varios? Se han dado principalmente tres baterías de argumentos:

1. Si te pillo, yo gano: Dado que en el modelo de agencia el control de la corrupción es ex post, en un sistema bipartito el grupo de la oposición tiene buenas razones para esforzarse en controlar al partido en el poder. Y es que es evidente que si la oposición llama la atención al electorado sobre la corrupción del gobierno, de entrada, tendrá unos claros réditos electorales en régimen de monopolio.

Sin embargo, en un sistema multipartito no está claro quién se beneficiará electoralmente de la corrupción del partido en el gobierno. Es más, puede ser que un partido denuncie la corrupción y no necesariamente reciba más votos, sino que simplemente se distribuyan entre todos los partidos por igual o incluso vayan a un tercero.

Además, si el multipartidismo opera en un sistema electoral mayoritario o similar, los votantes pueden tener problemas para coordinarse y penalizar al gobernante corrupto ¿A qué partido votar para sancionarlo? Frente a la clara alternativa del bipartidismo puede darse la paradoja de que los partidos de la oposición suban electoralmente pero, dados los componentes mayoritarios del sistema, no se traduzca en suficiente representación para poder desalojar al corrupto partido del gobierno.

2. ¿Quién le pone el cascabel al gato?: El segundo argumento habla de un problema de acción colectiva. Es razonable pensar que la existencia de múltiples partidos puede ayudar a controlar la corrupción del gobierno ya que hay más ojos vigilantes. Sin embargo, también hay razones para pensar que en un contexto multipartidista los políticos preferirán abstenerse de gastar su capital en la denuncia de malas prácticas.

Imaginemos tres partidos viables en un país. Si un partido investiga al gobierno, descubre una corruptela y lo denuncia, de entrada ignora si recibirá el beneficio electoral del demérito del contrario, como he argumentado antes. Pero además, dado que la estrategia del partido en el poder será el clásico “y tú más” para tratar de ocultar su responsabilidad, los dos partidos se enzarzarán en una escalada a ver quien es más corrupto.

Ante estas acusaciones cruzadas, el tercer partido que ha permanecido fuera de la controversia saldría beneficiado electoralmente sin necesidad de hacer nada, una posición claramente ventajosa. Por lo tanto, en el sistema multipartito no habría tantos incentivos para denunciar públicamente la corrupción visto este problema de acción colectiva.

3. Cuantos más seamos… ¿más reiremos?: La última idea se refiere al hecho de que los sistemas multipartidistas conllevan la existencia de gobiernos de coalición, lo que impediría a partidos y votantes penalizar la corrupción de manera eficaz. La idea clave es que se daría una dispersión horizontal de la responsabilidad al aumentarse el número de actores implicados.

Por el lado de los partidos, como hay muchos competidores, es más fácil que la agenda se desvíe del comportamiento irregular del gobierno mientras que potenciales socios se abstendrían de denunciar si piensan que pueden tocar poder. Pero además, los votantes tendrían más dificultades para detectar al corrupto ya que en los gobiernos de coalición la responsabilidad entre sus miembros se difumina y la sanción electoral es más complicada.

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Como se ve, todos estos argumentos son plausibles dentro de una lógica de principal-agente. Sin embargo, si nos centramos en las limitaciones que competen al lado de la oferta, creo que el argumento sobre las bondades del bipartidismo en el control de la corrupción necesita un pre-requisito que no siempre se cumple: un agente alternativo con opciones de ganar.

Si el argumento subraya que lo importante es que mediante la rendición de cuentas se pueda desalojar al partido corrupto del poder, ante la ausencia de una oposición alternativa que tenga capacidad real de hacerlo el que sea o no un sistema bipartidista será irrelevante. Por ejemplo, si la oposición está desgarrada por cuestiones internas u organizativas, y por tanto no es una opción viable, el control electoral de la corrupción es imposible.

Es lógico que se considere que el sistema bipartidista puede controlar mejor las malas prácticas dado que elites y votantes pueden coordinarse más fácilmente en torno a unas siglas, al menos en los sistemas de corte más mayoritario. Pero, en cualquier caso, lo fundamental es que, sea uno o varios partidos, exista una coalición alternativa con capacidad real de desalojar al gobernante en caso de ser corrupto. Que haya un palo amenazante sobre el incumbent.

Así que, de acuerdo con la evidencia disponible, el bipartidismo no fomenta la corrupción sino todo lo contrario. Pero es que me da lo mismo porque centrarse en el bipartidismo como fuente de corrupción es errar el tiro. Creo que lo verdaderamente relevante es que haya oposiciones políticas fuertes que puedan desalojar a los partidos cuando se pasan de la raya. Y es precisamente su ausencia en algunos lugares lo que puede ayudarnos a explicar muchas de las cosas que estamos leyendo estos días en los periódicos.