Cuando Grecia lanzó la idea del referéndum (tan enloquecida como efímera, en vista de lo que va a durar Papandreu) dije que la idea tenía sentido, al menos desde el punto de vista de negociación enloquecida. En esencia, era un ultimátum: o la eurozona dejaba de utilizar el cable que lanzaban a Grecia para estrangularles, o Grecia forzaba su salida del euro y reventaba la moneda única.

Merkel y Sarkozy, tristemente, no lo han visto así, y su respuesta ha sido que si no les gusta cómo les estamos ayudando, ahí está la puerta para irse.

Desde un punto de vista visceral, la respuesta alemana (no nos engañemos: Sarkozy es el ministro portavoz) tiene sentido: ¿Qué se creen estos griegos, que encima de gorronear el dinero de nuestros contribuyentes se permiten el lujo de decir que quieren un lacito?. En la práctica, sin embargo, es una actitud increíblemente irresponsable, por el mero hecho que nadie tiene ni la más remota idea sobre cómo podemos echar un país de la eurozona sin provocar un pánico inmediato.

El contagio sería sencillo. Un país que se mete en una espiral de rescate – recortes – caída de crecimiento llega a una situación en que el ajuste fiscal es políticamente insostenible (caso de Grecia). El resto de la UE, en vez de hacer los recortes menos dolorosos, los echa a patadas, sacándoles del euro y haciendo que todo Dios que tiene algo en ese país pierda dinero a patadas. Si uno es un inversor o ahorrador medio y ve lo que ha sucedido, todo país con ajustes fiscales crecientemente impopulares (o media eurozona, vamos) pasa a ser un candidato de primera a ser expulsado de la eurozona, forzando una devaluación, corralito, y pérdida de ahorros inmediata. Es una receta para fuga de capitales, pánico bancario y cantidad de billetes de 500 euros en colchones.

Gracias a Dios, la bravuconada de Frau Mermelada Merkel es, ahora mismo, completamente inofensiva. Todo apunta a que Papandreu será linchado alegremente por sus compañeros de partido mañana mismo, dejando el referéndum en nada. La amenaza griega de quemarse a lo bonzo en el polvorín financiero europeo nunca fue creíble, así que Alemania y Francia pueden ser absurdamente radicales y completamente insensatos sin causar demasiado terror y pavor.

La cosa queda, por tanto, como estaba: un fondo de rescate insuficiente y sin financiación creíble, y todo porque el BCE sigue sin querer hacer su trabajo. Hasta que los mercados vean que la eurozona tiene un prestamista de último recurso dispuesto a hacer su trabajo (o una unión fiscal creíble, pero eso es imposible a corto plazo), seguiremos en esta crisis permanente.

En fin.