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Deuda gratis y señales del apocalipsis

31 Ago, 2011 - - @egocrata

Una de las cosas más delirantes del sistema político americano estos días es el ataque de histeria sobre el déficit público. Las élites dirigentes americanas se han pasado los últimos doce meses siguiendo a pies juntillas los alaridos republicanos hablando de bancarrota inminente del gobierno federal. Algo razón tenían, ya que con el techo de la deuda todos juntitos casi se las arreglan para forzar una quiebra aposta, pero que un simple vistazo a las cifras basta para ver como algo absurdo. Estados Unidos es, esencialmente, un país con un potencial económico descomunal y un sistema político que parece obsesionado en pretender que no pueden hacer nada. Desesperante.

Por descontado, lo que debaten las élites en Washington y lo que ve el resto del mundo es algo completamente distinto. En los países desarrollados, la eurozona parece emperrada en autodestruirse y Japón está atrapado en un largo y dorado declive según su población decrece. Canadá, Nueva Zelanda, Suiza y Australia están bien gobernados (Canadá especialmente – un país del que tengo que hablar más), pero son pequeños.  China, Brasil e India crecen rápido, pero aún no han demostrado ser del todo serios; hay señales bastante claras que China tiene un sistema financiero como mínimo curioso y unas previsiones demográficas horribles, y Brasil e India son grandes, corruptos y con tradición de tener mucho futuro pero nunca acabar de llegar a él.

El único sitio que tiene una población en crecimiento (calculan 440 millones de habitantes el 2050; ahora están en 310), una estructura económica que no depende de la responsabilidad fiscal del estado griego, y una capacidad para inventar cosas inacabable siguen siendo los de siempre: Estados Unidos.  Aún con una clase política llena de locos de atar, lo cierto es que los americanos siguen teniendo una serie de ventajas estructurales muy evidentes, y a largo plazo, poco o mucho, seguirán siendo una democracia rica, segura y próspera.

Esto se ha traducido estas últimas semanas en algo realmente inusual: el gobierno federal americano puede endeudarse pagando tipos de interés negativos si así le apetece. Las treasuries a siete años se pagan a un 1,52% de interés; contando inflación, el tipo real es -0,34%. Los mercados, de hecho, están dispuestos a darle dinero a Estados Unidos y recibir menos de lo prestado de aquí siete años. Los inversores del resto del mundo están dispuestos a pagar a los contribuyentes americanos para que utilicen su dinero en el proyecto que más les apetezca.

Como comenta Ezra Klein, en un mundo normal este sería un momento estupendo para sacar la tarjeta de crédito y construir cosas. Cualquier proyecto de infraestructura que consiga aumentar el PIB de la región donde ha sido construido, aunque sea un céntimo, se está pagando solo. En un país que tendrá 130 millones de personas adicionales utilizando trenes, carreteras, aeropuertos y demás en los próximos cuarenta años y que está lleno de ferrocarriles, autopistas y aeropuertos entre cutres, insuficientes o anticuados ahora mismo, aceptar el favor de los mercados es casi obligado.

Esto puede sonar como una buena noticia para Estados Unidos, por cierto, pero realmente no lo es tanto. Los tipos de interés de la deuda americana son una señal que efectivamente el mundo confía en ellos por encima de todas las cosas (incluso con este sistema político que gastan), pero es también señal que todo el mundo está aterrado por las perspectivas de crecimiento de toda la economía mundial. Cuando un inversor prefiere perder dinero durante los próximos siete años comprando deuda pública a cualquier otra inversión es porque cree que perdería más dinero en cualquier otro sitio. Es la misma trompeta del apocalípsis que vimos en los días de pánico de finales del 2008, y una señal horrible sobre el futuro que nos espera.

Lo más cargante, por descontado, es que en Estados Unidos parecen no darse cuenta de nada. Los republicanos no quieren hablar de gastar dinero ni en pintura, ni aunque sea dinero gratis. Son lo suficiente cafres, de hecho, como para exigir que los gastos de emergencia derivados de un huracán no puedan ser pagados con deuda. A pesar de su triunfalismo, se lamentan de forma incesante de lo arruinados que están, lo mal que va todo, y sobre cómo China les está ganando la partida. El desempleo está en un catastrófico 9% (en un país normal, esto es una catástrofe, insisto) y el gran temor es que el año 2084 el sistema de pensiones tendrá un déficit del 0,7% del PIB.

Realmente, lo de este país tiene mérito. Pero lo realmente increíble es que es, de lejos, el país con un futuro menos incierto de los que tenemos ahí fuera. Lo de la eurozona realmente es de traca.