chamanismo empresarial & sokalismos & tal vez me pidan que trabaje en el IESE & venta de humo

La corporación postcontemporánea: por una glocalización sedentaria

17 Abr, 2011 -

La reciente decisión de teléfonica de anunciar un aumento de sus beneficios y una reducción de su plantilla pone el dedo en llaga de la inadecuación de nuestro marco interpretativo conceptual.

La globalización significa ante todo una destextualización de nuestra identidad. El tejido cultural en el que se enmarcaban las interrelaciones sociales y económicas de antaño se ve desfigurado. Pues, en contra de lo que plantean algunos teóricos neoliberales, las relaciones económicas mantienen un texto cultural, una relación simbiótica con su entorno con el cuál se retroalimentan, están siempre y en todos sitios “embedded” en su sociogénesis. No obstante, la globalización y la posmodernidad en que constituye nuestro contexto analítico, han convertido esta relación simbiótica bidireccional en una relación parasitaria unidireccional de la empresa con el entorno. Las unidades económicas han entrado en relaciones predatorias que amenazan su entorno natural. La fenomenología interna del bien producido por las multinacionales es la de una cultura caracterizada por el exceso de conectividad y la insustancialidad. La creciente macdonalización del entorno ha dejado incluso las tipologías porterianas más modernas totalmente obsoletas.

La sustitución de bienes sedentarios por bienes nómadas no es más que una expresión de esta tendencia. Del mismo modo que las tribus nómadas, las empresas multinacionales plantean relaciones predatorias y cortoplacistas con los centros económicos que los alojan. Estos centros han dejado de llamarse localizaciones, podrían incluso caracterizarse de “No lugares”. Se trata únicamente de enclaves destextualizados, cuya construcción cultural se ve amenazada por la lógica desnuda del coste-beneficio. Es en este contexto dónde parece necesario reinventar la responsabilidad social corporativa de la empresa. Para estudiar la sociocontextualización necesario, se impone una crítica del paradigma de referencia de la teoría del capitalismo corporativo. Esta teoría está marcada por el
llamado “diamante de Porter” que mostramos a continuación.

Diamante de Porter

Para el intérprete críticamente educado, sin embargo, llama inmediatamente la atención la total usencia de relaciones simbióticas con el entorno. Ello se debe en parte a la geometría del modelo: su estudio se desarrolla en un entorno básicamente euclideo. No obstante, es necesario repensar el contexto en un espacio posteuclídeo, o incluso caracterizado por estructuras topológicas neo-hilbertianas dónde tengan cabida un mayor número de dimensiones.

Forzando la simplificación: la empresa debe recuperar una relación simbiótica con su entorno. Se trata de convertirlas en bandidos estacionarios, hacerlas abandonar su carácter parasitario. Es necesario para ello plantear un contexto neomovilizador multinivel. A un primer nivel, la militancia del consumidor, dirigida al consumo de productos socialmente comprometidos y responsables. Es en el poder de compra dónde reside el verdadero empoderamiento del hombre medio. La toma de conciencia socioconstructiva por parte del ciudadano es imprescindible y debe ir acompañada por una legislación empoderadora de la sociedad civil que permita canalizar las fuerzas vivas de la militancia ciudadana contra la empresa parasitaria. Solo así será posible dotar los actos de consumo en verdaderos actos de militancia política que aprovechen todo el potencial cancamusiano que se aloja en ellos.

En un segundo nivel, es necesario recurrir a una educación cada vez más fuerte de nuestros directivos para crear un entorno natural en el que los valores del compromiso social empresarial pueda aflorar. Bien entendido, las simbiosis sociocultural con el medio y el sedentarismo económico son de hecho la mayor ventaja competitiva de la corporación moderna, si bien ello requiere repensar extensivamente la concepción de rentabilidad para convertirla en “post-rentabilidad”. En este sentido, necesitamos una transformación hermenéutica de los conceptos con los que pensamos la realidad empresarial que reconstruyan el espacio interactivo. Esta transformación deberá ir acompañada de una reconstrucción fenomenológica de la psique del “neodirectivo”. El liderazgo debe ser repensado para desterrar el reaccionario concepto de autoridad y progresar hacia un entorno cooperativo caracterizado por una
intensiva horizontalidad.

A un tercer nivel, es necesario generar un entorno jurídico que fomente esta transformación del espacio de interactividad económica. La inyectividad unilateral que caracteriza el enfoque regulatorio actual debe ser desterrada. Asimismo, el actual enfoque prima la neutralidad económica, basada en la tesis neoliberal de la “mano invisible”. Es aquí necesario atacarnos a esta nueva tesis que estructura el capitalismo moderno. El concepto de mano evoca direccionalidad. Sin embargo, este enfoque olvida la realidad dinámica de la interacción económica caracterizada por bienes nómadas. En este contexto, consideraríamos más apropiado hablar de “pierna invisible” para caracterizar la realidad cambiante y dinámica en el que se mueve la globalización neoliberal en la aldea global. La pierna invisible ha sin embargo causado una perfecta dislocación que describíamos, llegando incluso a patear sus estructuras y amenazando con destruirlas. Su invisibilidad resulta además un obstáculo para la percepción
cognitiva del individuo que se encuentra repetidamente despaisajeado (del francés «depaysé»). Por eso, necesitamos hacer visible la mano que guíe el impulso hacia los sectores de bienes sedentarios, como la cultura o el turismo, dónde la ventaja cooperativa de un país como España está más asentada.

En un último nivel la sedentarización de las economías requiere volver a meter a la bestia globalizadora en la jaula para hacer de ella un dócil animal sendentario. El entorno hobbesiano causado por las empresas parasitarias debe ser sustituido por un verdadero contrato social socioeconómico de alcance, no ya internacional, sino transnacional, que empodere a la sociedad civil en comunidades multiculturales autogestionadas en un esquema «bottom-up». Necesitamos por tanto una mayor coordinación internacional entre localizaciones. La creación de normas y valores intercooperativos llevaría a la creación de un tejido de contextos culturales alojados en una genuina red que podríamos entonces llamar verdaderamente aldea global. Hablaríamos entonces de “glocalización” y será posible convertir el
comercio en una forma de «ir hacia el otro».