Las leyes de protección de la competencia son criaturas complicadas. Las empresas y empresarios en general defienden las privatizaciones y limitar intervención estatal con entusiasmo, siempre que esas dos cosas no hagan el mercado más libre de la cuenta.

En Estados Unidos estos días se habla mucho del sacrosanto libre mercado. Los que llevan la voz cantante ultimamente son las aseguradoras médicas privadas. La reforma de la sanidad, dicen, es una asalto a los principios del capitalismo, un intento del estado para monopolizar un sector de la economía, y una distorsión horrible que subirá precios, impuestos y la mortalidad de viejecitas y niños indefensos.

El gran punto de contención estos días, y la bestia negra de las aseguradoras, es la intención de los demócratas (o al menos algunos demócratas) de crear un seguro público que compita con las aseguradoras privadas. Herejía, dicen. El mercado es muy competitivo; el estado sólo podrá competir a base de subvenciones. Es imposible bajar precios, es un sistema eficiente y estamos haciendo lo imposible para dar todos los servicios del mundo.

El problema es que de hecho el mercado de la sanidad privada en Estados Unidos es muy poco competitivo en muchísimos sitios. En el país hay decenas de aseguradoras, pero el mercado está muy fragmentado; la mayoría de la regulación es estatal. Como resultado, las aseguradoras tienden a «casualmente» no tener clientes o pedir licencias en los mismos sitios; un número exagerado de estados sólo tienen un par de empresas con una base de clientes decentes, y unos cuantos son monopolios básicamente completos de una única empresa. El 83% de los asegurados en Alabama están bajo el implacable yugo tierno cuidado de Blue Cross, por ejemplo.

Esto es un problema obvio para los pobres ciudadanos que andan buscando un seguro médico en según qué estados, por descontado: si algo hacen los monopolios con ánimo de lucro (nota: la sanidad pública no lo es) es subir precios todo lo que pueden. No conozco demasiados sectores de la economía que tengan a sus diez empresas más grandes con un aumento del 428% de los beneficios en siete años, y menos en un sector consolidado y presuntamente competitivo.

Las aseguradoras regionales, por cierto, tienen un problema añadido: tienden a ser muy buenas haciendo amigos. Dicho en otras palabras, las empresas monopolísticas tienden a amar su monopolio profundamente, y no se cortan en defenderlo en Washington tanto como pueden – el libre mercado es algo estupendo mientras sólo ellas estén participando. En Estados Unidos, esto se traduce en donativos de campaña a mansalva, públicos y notorios. En una demostración que hacer la financiación de los partidos transparente no evita que uno pueda comprar influencia con saña, estas donaciones tienen un efecto real, como muy bien explica (con datos y estadística) Nate Silver.

Un par de comentarios finales. Primero de todo, hacer leyes sobre competencia es muy complicado, y probablemente es buena idea asegurarnos que los políticos tienen bien poco que decir sobre estas cosas. Un tribunal o agencia que se dedique a esto tiene que ser totalmente autónoma y básicamente implacable, y debe tener en cuenta el hecho que la competencia no es algo «nacional», sino más bien local.

Segundo, y más general: cuando en un mercado veamos demasiadas empresas con demasiados beneficios durante demasiados años, mala señal. En la mayoría de los casos, estamos hablando de un mercado demasiado «fácil» para las compañías que operan en él. En un mundo ideal la mayoría de sectores tendrían un aspecto similar al de las líneas aéreas: básicamente nadie gana dinero en él de forma consistente. Hay empresas mejores, hay empresas peores, pero en agregado siempre hay gente naufragando dolorosamente y muchos, muchos empresarios remando como posesos para evitar las rocas.

Es uno de los motivos por los que uno no debe pactar según qué reformas estructurales con los empresarios, por cierto. A ellos les va más navegar en su bañera que matarse demasiado. Pero eso es para luego.