Economía & Política

El problema de la clase media (II)

2 Jun, 2009 - - @egocrata

La clase media lleva varios años pasándolo mal. Como comentaba el País ayer, los últimos años han visto un crecimiento relativamente limitado del nivel de ingresos medio de los ciudadanos de muchos países.

Los datos son concluyentes, pero no explican toda la historia. Ayer intentaba explicar que es muy posible que la prosperidad de los últimos ocho años era básicamente ficticia, y que de hecho lo que estábamos viendo era una gigantesca burbuja financiera (e inmobiliaria), con el resto de la economía básicamente estancada o vendiendo a gente que no podía pagarlo.

Hoy toca echar un vistazo a otra serie de datos; la economía de los países desarrollados desde 1980. Se habla a menudo de la «revolución conservadora» de los años ochenta, el ascenso irresistible de Reagan, Thatcher y sus malvados acólitos neoliberales y su alegre obsesión antiredistributiva y desreguladora. Los treinta años sucesivos, se supone, han sido años de hegemonía liberal y políticas que han hecho un daño irreparable a la clase media.

Como mito está bien, pero esta caracterización no deja de ser un espantapájaros de la izquierda. Los últimos treinta años han sido, hasta cierto punto, hijos de la retórica de Reagan y Thatcher, pero el efecto no fue uniforme en todos sitios. Algunos países si giraron a la derecha, y sí vieron un incremento gigantesco de la desigualdad durante esos años ; otros, sin embargo, vieron el efecto contrario.

La verdad, no tenemos que ir demasiado lejos: España giró a la izquierda en 1982, y las cosas no le fueron demasiado mal. En contra de lo que pasaba en el Reino Unido, el nivel de desigualdad disminuyó de forma considerable en los años de hegemonía socialista, con una ámplia expansión del estado del bienestar. Es cierto que España venía de muy atrás (y que el legado socialista, aunque progresista, no fue precisamente Suecia), pero el país estaba haciendo exáctamente lo contrario que lo que el «irresistible ascenso del neoliberalismo» marcaba, y la verdad, la cosa fue relativamente bien; a pesar del crecimiento un tanto errático, la economía creció lo suyo, el número de gente trabajando (y la población activa) subió lo
indecible, y España cambió de arriba a abajo.

En contra de lo que dice el tópico, España no era el único país haciendo cosas raras. Francia escogió a Mitterrand poco después (aunque la izquierda ahí se pasó el rato haciendo experimentos paleocomunistas extraños), Italia se libró de la Democracia Cristiana un buen rato, y la inmensa mayoría de países nórdicos retocaron un poco su estado del bienestar, pero siguieron teniendo una red de protección social espectacularmente generosa.

Los datos son reveladores, incluso en sitios como en Estados Unidos. Se habla mucho sobre cómo Clinton fue un presidente poco ambicioso, pero incluso sus muy tímidas políticas sociales tuvieron un efecto relativamente claro.

Dicho en otras palabras, la hegemonía de la derecha no era tal – y lo que es más importante, cosas como el el nivel de desigualdad o el reparto del crecimiento económico fueron radicalmente distintos según quién mandaba en cada sitio. No podemos hablar de «clase media» y «países desarrollados» en general; la evolución en cada país ha sido completamente distinta, según quién gobernaba y el azar económico internacional. La política  es importante, y tiene efectos reales en la vida de la gente y en cómo repartimos el pastel – el hecho que en los últimos años la derecha ha mandado más en más sitios no es irrelevante.

Más allá de todo esto, comparar el mundo en 1968 con el mundo en el año 2009 es un tanto complicado. La mayoría de países europeos llevaban décadas creciendo a niveles ridículos, merced de una situación internacional estable, muchísimo camino por recorrer para alcanzar el nivel de productividad y riqueza que disfrutaba el rey del cotarro, Estados Unidos, y un modelo de crecimiento extensivo relativamente fácil de aplicar. El increíble aumento de la prosperidad que disfrutó la generación del 68 es casi imposible de replicar en ninguna parte; sólo los Estados Unidos en su zénit imperial de los cincuenta son comparables.

No podemos tomar los años sesenta como el ideal mágico al que toda expansión económica puede aspirar – básicamente, es imposible. No podemos pedir a un país que está produciendo en el mismo límite tecnológico que crezca a la misma velocidad que alguien que puede importar tecnologías como un poseso («que inventen otros») al estilo chino. Es un nivel de crecimiento inalcanzable.

Aún así, es perféctamente posible que la estructura de la economía tienda a aumentar la desigualdad por sí misma. Las explicaciones que he leído no son del todo convincentes; en muchos casos, la política explica una parte importante de los cambios. Puede que el Taylorismo creara una situación excepcional donde redistribuir renta era barato y eficiente, y que ahora hacer esto sea muchísimo más difícil.

Lo que me parece relativamente claro es que a la clase media no le ha ido igual de mal en todas partes – quizás valdría la pena pararse a pensar por qué las cosas han ido mejor en unos países u otros. Puede que la desigualdad haya subido incluso en las mejores familias socialdemócratas, pero me parece relativamente claro que no todo es tan inevitable.