Perder $465.421 por minuto durante tres meses tiene mérito. AIG, una de esas instituciones financieras que habían creado innovadores instrumentos capaces de eliminar mágicamente el riesgo de cualquier transacción virtud de su poderosa conexión con el lado oscuro de la fuerza la razón pura matemática, ha sido capaz de hacerlo, fusilándose más de $60.000.000.000 (sí, 60.000 millones de dólares) en un sólo trimestre. Tiene mérito.

El problema es que el contribuyente americano, como de costumbre, va a tener que pasar por caja a limpiar el desastre de su bolsillo. Si no fuera por ese pequeño detalle (y el hecho que pago mis impuestos aquí) diría que lo de AIG tiene algo de gesta, de hazaña financiera colosal digna de entrar en los anales al lado de Bernie Madoff. Uno tiene que ser muy, muy, muy capullo para hacer las cosas tan mal. Pero muy, muy burro. Para fundirse 60.000 millones uno no puede ser un mono con dos puñales hasta las cejas de LSD; esta clase de estupidez tiene que ser metódica, deliberada y completamente extravagante.

¿Qué estaba haciendo AIG estos días? Como todo el mundo que se ha estrellado en esta crisis (leáse: todo el mundo), AIG estaba en el negocio de los Credit Default Swaps (CDS). Los CDS son una especie de seguro financiero; la entidad A compra una «póliza» (un contrato, de hecho) a la entidad B que dice que si la entidad C se estrella, B dará dinero a A, y que si no lo hace, A dará pequeñas mensualidades (una prima) a B. Si os suena incomprensible, no os preocupéis; lo es. La entidad B está en esencia apostando a que la entidad C no va «morir»; si acierta su apuesta, A, que le ha comprado un CDS, le dará dinero de gorras.

La palabra «apuesta» es la clave en estos engendros; normalmente las entidades «B» como AIG no tenían un contacto directo con las compañías que estaban asegurando. Lo que hacía AIG era prometer a gente que había comprado deuda de digamos Wamu, Wachovia o Lehman Brothers (por poner unos cuantos ejemplos heróicos) que si esa deuda no era pagada AIG cubriría con los costes.

Supongo que recordaréis uno de los problemas del sistema financiero estos días; el hecho que en el mercado hay cantidades industriales de deuda de calidad pésima. Hipotecas basura, bonos de empresas que cierran, deuda de tarjetas de crédito, préstamos al consumo, hipotecas con un valor mayor al precio de las casas, etcétera. Todas estas deudas han estado durante años siendo reempaquetadas de forma creativa por las agencias de calificación dentro del otro engendro maldito de los últimos meses, las Collateralized Debt Obligation (CDO). Ya hablé de ellas hace una temporada; la idea mágica era que si ponías oro en lingotes y mierda pura dentro de una caja y lo mezclabas, la mierda dejaba de apestar y el riesgo desaparecía, algo que era obviamente una patraña pero que pareció no importar a nadie.

Hasta que claro, las cosas empezaron a salir mal. A partir del verano pasado (quizás incluso antes) muchas de esas deudas tóxicas empezaron a estallar. Los creditores abrían la caja pensando que podrían cobrar deudas, y de repente descubrían que todo olía a cloaca; ese CDO que Moody´s decía que era insumergible está lleno de hipotecas impagables. En muchos casos, los inversores se estrellaban y punto, a menudo creando terror y pavor en los mercados (Lehman Brothers). En otros, los inversores se daban una palmadita en la espalda, se creían muy listos, e iban a su asegurador al que habían comprado CDS para curarse de espantos. Adivinad que gigantesca empresa de seguros estaba metida hasta el cuello en la venta de CDS estos años.

A los capitostes de AIG le encantaban los CDS. Les chiflaban. Era el paraiso de todo capitalista chiflado: un contrato con los beneficios potenciales de un seguro normal, pero sin ninguna de las torpes, estúpidas y conservadoras regulaciones que los contratos de seguro tienen. Cuando AIG vendía CDS, todas esas chorradas como reservas de capital y asegurarse de tener dinero para afrontar pagos en caso de accidente no eran necesarios; los CDS estaban totalmente libres de regulación. Una forma perfectamente legal de hacer algo que AIG podía hacer al viejo estilo manteniendo una contabilidad sólida, sin todos esos estúpidos límites artificiales a los beneficios.

Cuando acabaron su trabajo, la compañía  estaba esencialmente asegurando a medio planeta en contra del riesgo que el mercado financiero no se derrumbara. Algo así como decir «apuesto que la bolsa no bajará nunca, nunca, nunca de los jamases, y que nunca tendremos otra recesión». Lo que sucedió fue esto:


Y la sorpresa, oh, sorpresa, AIG no podía pagar la ola de CDS que se derrumbaba sobre sus cabezas. Lo que es aún peor, medio mundo estaba funcionando partiendo de la idea que sus riesgos financieros estaban en parte cubiertos por esos CDS imposibles. Si AIG se iba a la bancarrota, todo el sistema financiero mundial (y en vista de los números de AIG, es literalmente todo el sistema) se iba a tomar por saco. El gobierno americano, por tanto, no ha tenido más remedio que intervenir, inyectando cantidades absurdas de dinero para evitar que las promesas imposibles de una empresa que no habían regulado aniquilaran el sistema.

El gobierno americano parece tener una idea relativamente clara de lo que va hacer con AIG: mantenerla con vida hasta que no pueda hacer daño a nadie, y después proceder a la eutanasia. Es un buen plan; la aseguradora no tiene depositos o da préstamos, así que una vez cumplido su papel lo mejor es sacarla del medio. En cierto sentido es la patética regulación estatal lo que permitió que esto sucediera, así que los contribuyentes en cierto sentido tienen parte de la culpa.

Los dirigentes de AIG, obviamente, tienen más culpa que nadie, pero aquí parece que no van a cazar a nadie por fraude. En países más civilizados una turba con antorchas e instrumentos de labranza variados ya habría asaltado sus mansiones y probablemente linchado, lapidado o lanzado los tipos al río, según el humor que tengan. En Estados Unidos, de momento, parece que aquí nadie pagará el pato aparte de los accionistas y contribuyentes. Un encanto, oiga.

Puede que sí necesitemos un gobierno cefalópodo, versión débil o versión fuerte.