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El romance del político y el periodista: la prensa "neutral"

9 Abr, 2008 - - @egocrata

La tradición periodística americana es muy distinta, en muchos sentidos, a la tradición europea. Los medios de comunicación en los Estados Unidos han seguido mayoritariamente la idea que redacción y editorial deben estar separados por un muro infranqueable. La prensa no es de izquierdas o derechas cuando explica lo que sucede; sólo se pone el sombrero ideológico en una página con opiniones al día.

Esto hacía que periódicos con una línea editorial netamente conservadora, caso del Wall Street Journal, siguieran siendo una buena lectura para cualquier progre irredento: la página de opinión podían andar soltando burradas, pero no había mejor sitio para leer noticias económicas a este lado del Atlántico.

Esta tradición es respetada menos ahora de lo que solía en los últimos años, en gran parte debido a Rupert Murdoch, Fox News y los programas de radio conservadores que nacieron a finales de los 80, cuando la FCC abolió lo que se conocía como la fairness doctrine. Aún así, la mayoría de medios siguen este patrón aún hoy, en contraste con los medios partidistas que tenemos en Europa.

La idea de medios imparciales suena muy bien en abstracto, pero crea una serie de problemas en la política americana. La relación de los políticos con los medios es muy distinta a esa especie de síndrome de Estocolmo que sufren en España, pero es igualmente incomoda.

Para empezar, la prensa en Estados Unidos tiene el problema de ser obsesivamente equidistaní: no importa lo enorme que sea la burrada que un suelte, los medios van a recurrir a dar la noticia diciendo que unos piensan esto, los otros piensan lo contrario, y decide por tí mismo. Paul Krugman dice a menudo que si George Bush saliera mañana diciendo que la tierra es plana y todo el mundo se le tirara encima, CNN
saldría con el titular «debate sobre la forma del planeta». Se le da voz a todas las opiniones, aunque sean manifiestamente absurdas o estúpidas, sin que ningún medio tenga por costumbre hablar de la magnitud de la estupidez.

Evidentemente los políticos han acabado por aprender a explotar esta forma de cubrir las noticias. Para empezar, saben que no importa la magnitud de la chorrada que defiendan, los periodistas no van a ir más allá de pedirle la opinión a tu oponente. Este detalle permite que un candidato pueda pasearse con opiniones radicalmente absolutistas sin el más mínimo conato de realismo o racionalidad que sean fáciles de explicar («si no apoyas la invasión de Irak, te molan las tiranías y los terroristas») y quedarse tan ancho, asesinando cualquier debate racional a base de tautologías absurdas. Para el político que tiene por costumbre no ir por el mundo diciendo burradas, el sistema es obviamente una
receta para la depresión.

Otra patología de esta tradición es que crea un gregarismo mediático obsesivo. Los periodistas son «imparciales», y no se pronuncian en nada; instintivamente, la mejor manera para ellos de confirmar esta imparcialidad es dando las noticias exactamente igual que el resto de los medios. Si el consenso periodístico es decir que «Irak puede que sea un riesgo» es como clamar en el desierto; la espiral del silencio de la relevancia informativa te dejará en la cuneta.

Para un político esto puede ser tanto una bendición como una pesadilla. Si el consenso mediático toma una noticia en tu contra, te va a tocar pasar un mal rato. Si los medios todos se han convencido unos a otros que eres un «maverick» que «habla claro» serás invulnerable hasta que alguien te pille en alguna mentira tan absurdamente flagrante que esa percepción cambie.

Lo que es aún más fustrante, si los periodistas llegan a este consenso bizarro en que
algo es relevante y debe ser respondido, te van a crucificar a preguntas. Eso puede ser bueno («¿Qué coño pasó en Nueva Orleans con Katrina?»), pero demasiado a menudo los medios deciden concentrarse en sus pequeñas manías y cruzadas personales que no tienen puñetera importancia, sólo porque les gusta generar un alegre conflicto. Ahí tenemos el caso Lewinski, las estupidez del pastor Wright, o cualquiera de los cientos de «escándalos» que nada tienen que ver con las políticas sobre la mesa y que los periodistas abrazan con absurdo entusiasmo.

Al no haber una prensa «de partido», no hay nadie que se pare y critique la relevancia de la noticia; la idea es que «queremos respuestas», no debates sobre qué debe ser relevante en la agenda. Evidentemente, esto es explotado alegremente por los políticos, que adoran crear «polémicas» acerca de cosas que no tienen puta importancia. Es el arte de preguntar al oponente si sigue pegando a su mujer sin que se note, en otras palabras.

Paradójicamente,
la equidistancia e imparcialidad de los medios acaba por empobrecer el debate demasiado a menudo. Lo interesante de esta última campaña de primarias es cómo los políticos están descubriendo nuevas maneras de esquivar esta tendencia a la idiotez del sistema. Pero de eso hablamos mañana.