Hará cosa de unos días hablaba con cierto detalle de lo intratable que resulta legislar sobre inmigración, al no existir soluciones que favorezcan a todo el mundo de forma evidente. Este jueves los políticos americanos han sido tan amables como para brindarme un ejemplo sobre por qué esto sucede, con el espectacular final del consenso sobre el tema que parecía haber emergido a finales del mes pasado.

Lo cierto es que este fracaso en la reforma legal es una muestra tanto de lo difícil que resulta legislar sobre este tema tan complicado, como el de un problema más general específico del sistema político americano, tradicionalmente muy poco diestro en afrontar legislación controvertida.

La Constitución de Estados Unidos es un documento extraordinario; probablemente uno de los textos legales más importantes jamás escritos. Es corta, elegante y flexible, con el privilegio añadido que sus diseñadores (Madison, Hamilton, Jay) escribieron largo y tendido sobre los motivos detrás de cada una de sus decisiones. El problema obvio con la Constitución, sin embargo, es que no importa lo flexible que resulte, está escrita hace más de doscientos años, un mundo totalmente distinto, y por unos autores que temían más las prisas que nada en este mundo.

El proceso para aprobar una ley en Estados Unidos es horriblemente complicado. Un texto debe sobrevivir su comité sectorial, un comité que se encarga de la agenda del pleno, ser
aprobado en un cámara, sobrevivir en la otra sin enmiendas (o ser enmendado o contraatacado por otra por otra propuesta y pasar a ser consensuado) y evitar un posible veto presidencial, todo ello en un legislativo con partidos relativamente poco disciplinados y lleno de intereses contrapuestos. Madison, que supongo que era cruel, escribiría que prefería un proceso complicado a uno de mayorías simples, ya que así se evitarían las decisiones pasionales apresuradas, y se escribirían sólo leyes bien pensadas y estudiadas.

Aunque suene relativamente ingenuo, lo cierto es que la idea era bastante correcta, y Estados Unidos ha evitado en general cometer estupideces legislativas graves en los últimos 200 años. Lo que no excluye, obviamente, es que los americanos sí han evitado pasar legislación crucial y urgente de forma rápida y efectiva demasiado a menudo, creando una propensión grave a arrastrar situaciones intolerables durante largos periodos de tiempo, todo intento de reforma muriendo en los
bizantinos pasillos del Congreso. Así andamos por aquí en temas de inmigración, sanidad y cambio climático, en los que el electorado quiere cambios de forma abrumadora, pero no hay manera de pasar una ley decente. Y así sucedió con temas de derechos civiles, la espantosamente lenta reacción al crack de 1929, y otras muchas materias.

En jerga de Ciencia Política al estudiar sistemas como el americano usamos un concepto sorprendentemente obtruso, el de los veto players, o actores con capacidad de veto. Un veto player es un individuo, organismo, comité o ente (vamos, un actor) que tiene capacidad para cargarse una decisión sin necesitar ayuda de nadie. Puede ser desde el presidente de un comité que te pone tu reforma legal siempre en el último puesto de la agenda (ese que no llega nunca a votarse) a un grupo de senadores (cuyo
voto es crucial) de estados con minas de carbón que no quieren que la protección del medio ambiente les cierre industrias en su terruño.

En el proceso legislativo americano el número potencial de actores con capacidad de veto es enorme, y el de personajes capaces de hacerte arrastrar por el barro para que cualquier cosa suceda a un velocidad tolerable aún más. Eso quiere decir que cualquier ley aprobada por el Congreso es de hecho una especie de monstruo mutante derivado de un extraño proceso de selección natural inverso. En este sistema, no sobrevive la ley más fuerte, sino la más inofensiva o en su defecto la que es capaz de comprar favores («mira, añado este artículo que subvenciona esto en tu distrito«) de forma más eficiente. Una reforma para prosperar tiene que andar por un sendero estrecho y peligroso, cuidándose de no salirse de lo marcado y entrar en lugares que irriten a alguien con una escopeta de caza.

Evidentemente, hay una rama
enterita de la Ciencia Política que estudia y analiza esto con un entusiasmo encomiable, usando como punto de partida algo parecido al modelo de los heladeros, pero complicándolo para hacerlo mucho más realista. Se puede empezar con algo como las minorías con capacidad de chantaje que describía hará unos meses, añadiéndole medidas para hacer a cada grupo más flexible («estamos dispuestos a aceptar hasta aquí), simplemente poniendo más actores o haciendo que cada uno tenga poderes distintos (que sólo uno de ellos pueda definir la agenda, o que los vetos sean secuenciales, no simultaneos).

Evidentemente, con una sólo tema a tratar las matemáticas son aún manejables, pero no somos demasiado realistas; en un tema como inmigración uno puede tener opiniones distintas en muchos temas (reagrupación familiar, visados temporales,
residentes permanentes, criterios para escoger las cuotas de entrada, qué hacer con los ilegales…) haciendo la estructura de consensos bastante más complicada. Ya no estamos en un sólo eje decidiendo un nivel de impuestos; tenemos ahora un espacio multidimensional donde cada actor tiene un espacio ideológico más difícil de definir. La verdad, cuando se empieza a hablar de espacios cuadridimensionales con ventanas de consenso en cubos espaciotemporales chungos las matemáticas se hacen muy, muy complicadas, y básicamente dicen que ni los ordenadores ni los políticos son demasiado buenos encontrando una solución.

¿Son los sistemas parlamentarios mejores, entonces? La verdad, es muy difícil decirlo. Los sistemas más sencillos tienen ventajas por lo que respecta al control de los políticos y parecen tener una capacidad de supervivencia ligeramente superior como democracias (este punto, sin embargo, es muy discutible); a
efectos de crecimiento económico, de todos modos, no se puede decir gran cosa, al haber muy pocos países (uno, vamos) con un sistema tan complejo que hayan sobrevivido muchos años. En el fondo, no creo que sea una distinción demasiado importante, pero no es algo que se pueda decir con seguridad.