Según el New York Times, un premio de loteria por valor de tres millones y medio de dólares no ha sido reclamado por nadie en Connecticut. Eso significa que hoy a medianoche, cuando expire el plazo para cobrarlo, el estado será probablemente tres millones y medio de dólares más rico, y todo gracias a los miles de tontos que pagan ese impuesto voluntario que es la lotería.

La lotería es, realmente, un impuesto para aquellos que no saben probabilidad. La base es sencilla; se promete un premio al ganador de un sorteo que es siempre menor que el total recolectado. Para hacerlo más insultante, el precio de un décimo o apuesta en comparación al retorno esperado de la inversión es insufriblemente alto.

Para que comprar lotería valiera la pena, el precio del billete tendría que ser proporcional a la probabilidad de ganar
el máximo premio. Si uno tiene una posibilidad entre 432.938.943.360 (sacar pleno más complementario en la primitiva, si no estoy equivocado), una apuesta de un euro debería darle al menos 432.938.943.360 euros, no la estafa de premio que uno recibe ahora. Debido al hecho que la gente es tonta y no es capaz de calcular su probabilidad de ganar y compararla con el volumen de la inversión el retorno potencial, tenemos a millones de inversores en todo el mundo tratando de ganar dinero de la forma más absurda posible. Uno tiene una probabilidad mayor de ganar dinero invirtiendo dinero literalmente al azar en bolsa (tirando dardos a un periódico, vamos) que comprando lotería. Mientras el estado se lleva enormes beneficios por este monumento a la candidez colectiva.

Cosa que me parece perfecto, no obstante. La lotería es una magnífica forma de recaudar impuestos a los tontos. Una especie de castigo estatal por no saber matemáticas, vamos. Probablemente es un tributo regresivo, pero es posiblemente el
único netamente elitista.