Como he comentado en más de una ocasión, mi gran motivación para escribir una bitácora es proseguir mi lucha incesante contra la estupidez que nos rodea. Entre todas las cosas que me ponen mortalmente nervioso estos días es para variar los medios de comunicación, y su absurda, estúpida e irritante manera de cubrir la política.

Hablemos pues del gran cáncer mediático de los últimos años, el analista político. Me refiero al analista político, no al analista de políticas; es decir, de los tipos que hablan sobre los efectos que una determinada noticia tienen en el futuro electoral de gobernantes y opositores varios.

Lo cierto es que están en todas partes: tertulias, columnas de opinión, editando periódicos, cubriendo noticias y crónicas. Son los típicos listillos que cuando un gobierno hace algo, o un político lanza una crítica, pasan inmediatamente a hablar sobre eso les quita o da
votos, y por qué han tomado ese camino. Un ejemplo claro es cuando alguien sugiere una reforma fiscal (habitualmente sobre el IRPF) y el periodista que cubre la noticia habla no de su racionalidad económica, si no cómo subir la deducción sobre las hipotecas busca obtener votos entre las clases medias.

Sí, muy bonito, pero ¿qué valor informativo tiene?. El votante que lee un periódico ya decidirá si la deducción le favorece o no, y si eso cambiará su voto. Lo que le interesa (y el analista debe proporcionar) es una opinión fundamentada sobre qué efecto sobre el mercado inmobiliario tiene ese cambio fiscal, su efecto sobre la recaudación en agregado y si es la manera adecuada o no para controlar el precio de la vivienda (por cierto, no lo es. Pero eso es para otro día). Comentar la noticia de este modo es, ciertamente, más difícil, y ciertamente no demasiado compatible con el habitual analfabetismo de muchos periodistas, pero es ciertamente algo mucho más interesante y cercano a informar sobre la
verdad que es lo que se supone es su trabajo.

Esta tendencia periodística llega a límites insospechados durante campañas electorales, y más aún en Estados Unidos. Como mencionaba ayer, es patéticamente difícil enterarse de lo que opinan muchos candidatos leyendo la prensa; sencillamente, los periodistas no hablan de ello. Una mirada al azar en cualquier publicación presuntamente seria da invariablemente multitud de artículos centrados en hablar del circo electoral, sin explicar
ni una sóla vez las propuestas concretas o sus efectos. La cuestión es hablar de posiciones, rivalidad, carrera, competición y el drama del choque, todo ello patéticamente fácil de cubrir a base de repetir encuestas y porcentajes demográficos, y no meterse en ¡oh cielos! los efectos de cada decisión en el planeta tierra.

No tengo ningún interés en saber qué significa para los republicanos electoralmente la guerra de Irak; quiero saber qué sucede, y qué efectos ha tenido cada decisión tomada hasta ahora. No quiero saber cuántos votos puede un candidato obtener prometiendo sanidad universal pública o tratar de arreglar el sistema actual, quiero saber los efectos concretos de cada una de las alternativas en gasto previsto, comparado y en mi vida diaria. Sí, es mucho más difícil de cubrir. Sí, requiere saber datos, leer propuestas, saber cómo funciona el mundo y ser capaz de decir en ocasiones que es difícil saber qué es mejor, o que una u otra decisión responde a distintos objetivos o formas de ver
el mundo.

En los medios hay demasiados todólogos, demasiada gente que cuando no sabe de qué habla se refugia en explicar intrigas palaciegas, juegos de poder, caídas en desgracia y encuestas variadas. Es hora de centrarse en la realidad, y saber decir que a veces uno no tiene ni idea, y se calla. Tan simple como eso.

Por cierto, aunque mi gran motivo para escribir es luchar contra la estupidez, el motivo principal sigue siendo ser famoso. Espero que El País perciba mi demoledora crítica a Carlos Carnicero, y me contrate de una vez. Eso sí, que no esperen que trate temas de educación, mercados financieros o derecho administrativo, entre otros. No tengo ni idea de ello.