No creo que las cuestiones acerca de nacionalidad y secesión se deban enfocar nunca desde un punto de vista teórico. La existencia o no de una nación cultural no es un concepto que pueda ser definida de forma manejable para articular un debate político, ya que la explicación siempre acaba por ser circular.

Uno defiende que un grupo de gente es una nación porque ese determinado grupo de gente se siente como tal, por unas razones u otras, y esas razones le bastan para sentirse de un determinado modo. Si yo creo que mi color de pelo o las voces en mi cabeza es una prueba irrefutable que pertenezco a la gran nación poldava, no habrá evidencia empírica en el mundo que pueda probarme lo contrario. Y como la identidad nacional de un colectivo es o no es, no importa lo que le digamos, no podemos justificar ninguna decisión a base de argumentar que su identidad no existe o es irrelevante; el otro nunca lo entenderá como tal.

El debate sobre si España es una nación o no, por lo tanto, es estupido. España es un estado con una organización política, que algunos de sus habitantes creen que expresa una nación cultural o otros no. Debatir si los visigodos son más importantes que Godofredo el Peludo (me gusta más llamarlo así, que pasa) en demostrar quién es una nación es algo totalmente estéril.

Para solucionar el debate, por tanto, debemos recurrir al método tradicional de la democracia, es decir, contar votos. No importa lo absurdo que nos parezca a algunos, si un nutrido grupo de individuos de una determinada región no está a gusto con nosotros y nuestro idioma, no debería ser un problema dejarlo marchar.

Un voto de estas características, sin embargo, tiene problemas evidentes. Para empezar, la definición del grupo de gente que se quiere largar es complicada. Es evidente que la unanimidad no existe nunca en ninguna región acerca la conveniencia o no de una secesión. Sea cual sea el resultado de la votación, el bando perdedor no estará contento con el resultado y querrá volver a votarlo lo antes posible.

Como se gobiernan territorios, no individuos, no es posible un resultado de referéndum que deje contentos a todos; es necesario por tanto que el resultado sea lo suficiente convincente para el bando perdedor para que acepte la derrota. Una votación de secesión ganada por la mitad más uno de los votos equivaldrá a tener referéndums de unión periódicos por un tiempo indefinido hasta que dos votantes nacionalistas se pongan enfermo y se vuelva al pasado de nuevo. Una mayoría debe ser clara, rotunda y estable en el tiempo para que un paso tan importante como romper un estado pueda hacerse respetando los derechos de la nueva minoría.

De hecho, soy de la opinión que serían necesarias dos impecables mayorías cualificadas (60% mínimo) en dos votaciones separadas por dos años para que estuviera justificada. Si se quiere hilar más fino, exigiría incluso mayorías simples a favor de todas las provincias en cada votación.

En caso de no hacer votaciones condicionadas, imaginad el problema. Cataluña vota por la secesión, sale sí por un 51%, la provincia de Barcelona ha votado no un 55%. En Baix Llobregat i el Garraf, el no llega al 70% de los votantes. ¿Qué debemos hacer? ¿Hacer pasar por el tubo a la mayoría de los ciudadanos de la provincia más poblada del nuevo estado?. En el caso vasco, se vota por la secesión, y sale un sí a favor en agregado, pero Álava vota un 65% en contra. ¿Se les obliga a formar parte del nuevo país? ¿Se les echa de España a patadas?.

Imaginad que al cabo de unos años las elecciones en Cataluña las ganan los partidos unionistas con España, tras una enorme movilización de los castellanoparlantes. ¿Qué debemos hacer? ¿Tener un país intermitente, independiente o no según quien gobierna?. ¿Prohibir su entrada en España tras la secesión? Por no hablar del cachondeo en la Unión Europea. Ahora se está como estado (si el resto de Europa les dejan entrar), ahora como región. Estupendo.

Un cambio tan drástico como una secesión necesita no sólo una solución basada en una lógica democrática, sino una mayoría impecable y estable en el tiempo. No se puede hablar de una simple decisión mayoritaria si se crea un nuevo estado con una inmensa minoría cabreada, abandonada a su suerte por quien les echa de lo que quieren sea su país. Sospecho que esto los nacionalista mayoritarios (PNV y CiU) lo saben, y por eso se pasan la vida pidiendo organizaciones raras. Son muy conscientes que una secesión más que solucionar problemas los causaría, y prefieren autonomías amplias.

Sí, estas salvaguardas hacen una secesión casi imposible en España. Hacerla fácil, sin embargo, sería irresponsable. Y la verdad, ni echando una región del país si un 40% votara sí en el referéndum, ni Cataluña ni Euskadi se independizarían este siglo. En el improbable hecho que se conceda el derecho de autodeterminación, la secesión seguiría siendo una quimera.