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De asambleas y el mito de la igualdad participativa

4 Ene, 2006 - - @egocrata

Desde hace algún tiempo veo con cierta perplejidad un mito recurrente en algunos sectores de la izquierda más idealista / ingenua / iluminada (táchese lo que no proceda) consistente en una fe desmedida en las asambleas como forma de organización política. Si surge un problema y se tiene que decidir qué hacer, siempre hay alguien que sale hablando de democracia directa, movimientos asamblearios y juntar a 98.000 personas en el Camp Nou para discutir cómo organizar el transporte público en el barrio.

Esta obsesión parte de una concepción de la democracia y la participación política extensiva, incluyente, un tanto irritante y la verdad, un poco agotadora, consistente en votar y discutir todo el mundo, todo el rato, sobre todo, de modo que la unión entre los ciudadanos y política sea presuntamente perfecta e igualitaria. Como teoría es estupenda, pero por desgracia ignora ciertos elementos de sentido común que hacen de cualquier
asamblea algo menos democrático de lo que aparenta, o al menos algo mucho menos igualitario.

La participación política tiene siempre un precio. En una democracia representativa al estilo europeo, los partidos políticos son tanto un instrumento de participación como una barrera de entrada, con sus ferreos mecanismos de selección de candidatos y su poderosa capacidad organizativa y maquinaria electoral. En el sistema americano, la gran barrera de entrada es el dinero, y la necesidad de recaudar como un poseso para pagarse la publicidad. En contraposición, um sistema asambleario abierto a todos no tiene más barrera de entrada que la de levantarse y pedir el micrófono, o eso es lo que parece a primera vista.

Bien, no exactamente. Hay dos «precios» que uno tiene que pagar para participar en un sistema de este estilo, que son interés en la materia a tratar y tiempo. Ambos crean una asimetria en la participación que hace la representitividad de toda asamblea dudosa a largo plazo, y su
capacidad de ser verdaderamente democrática.

El interés relativo en los temas a tratar es importante. En un barrio no todo el mundo está interesado en todo lo que se debe decidir de manera colectiva, de modo que no toda votación o debate tendrá el mismo grado de participación. Si se tiene que trazar una línea de tranvia o de metro el interés será probablemente alto, pero si se tiene que votar sobre cloacas y sistemas de drenaje la presunta fascinación colectiva con las aguas fecales probablemente no lleve tanto público. Decidir si la basura la recoge un contratista u otro probablemente sólo lleve a la votación a los trabajadores de cada empresa, y gestión de zonas verdes y bosquecillos llevará a los botánicos y ecologistas de turno.

Puede que a primera vista suene inocente, pero no es recomendable tener votaciones de este modo. Primero, porque el votante medio no tiene porque parecerse en opiniones a los cuatro gatos obsesionados por una determinada materia, y segundo porque el nivel de
interés de un ciudadano y la intensidad de sus preferencias no debería ser un criterio de atribución de poder político. Si sólo votan sobre un determinado tema aquellos que están extremadamente interesados en él (sólo votan sobre luces los vendedores de bombillas) la decisión no tiene porque ser remotamente cercana al interés general o la voluntad mayoritaria de la ciudadanía.

El origen del problema es evidentemente el tiempo. La mayoría de la población tiene cosas mucho mejores que hacer con su tiempo libre que debatir de manera inacabable sobre protección de espacios naturales y capacidad de colectores. De hecho, incluso el más aguerrido escribidor de la blogocosa tiene problemas para permanecer despierto cuando el cuarto abuelete de la tarde habla de los mirlos del monte verde de al lado y los jabalíes que había allí cuando él era pequeño, y lo mal que iría poner otra carretera en la montaña para los mirlos que quedan, etcétera. La toma de decisiones en una asamblea abierta es una cosa lenta,
farragosa y pesada, que sólo los más tozudos activistas parecen encontrar realmente interesante.

Volvemos entonces a la representatividad. Si un sistema de toma de decisiones sólo acaba por atraer a las votaciones y debates a los aguerridos activistas capaces de soportar intervención tras intervención, esa igualdad en la participación no existe. La motivación / capacidad de resistencia a abueletes no debería ser un criterio de selección de los votantes de un sistema político, y en un sistema asambleario acaba por serlo.

Este es uno de los motivos principales por los que en movimientos de protesta, asociaciones y demás «siempre acaban siendo los mismos» en todas las reuniones. Al principio, cuando surge un problema, la motivación general es alta, y la gente participa bastante. Según la preocupación disminuye y empiezan a quedar sólo aquellos más preocupados o motivados, el tono de las reuniones pasa de representar más o menos fielmente a los miembros de una comunidad a representar la
visión de aquellos con más ganas y tiempo libre. La paciencia es una virtud, cierto, pero no debería ser una virtud para participar en política.

Cuando se pide «más democracia», o «democracia real«, se tienden a ignorar estas cosas, pero a mayor escala. Ya comenté hace unos meses el porqué de la democracia representativa, y la argumentación no difiere en exceso a la de ahora. No es un sistema bonito, pero es realista y funciona razonablemente bien, y eso a veces basta.

Toda organización de participación voluntaria, si no limita el valor del tiempo dedicado o racionaliza la participación de modo que no sea excesivamente costosa tiene este problema de radicalización espontanea.
El volumen de los gritos no es un buen indicador de su peso dentro de una sociedad, y no debe ser un criterio en quién toma las decisiones. No por participar menos en un debate el voto debe contar menos.

Y sí, estoy pensando en esto, ahora que parece tener tanto eco ahí fuera. Y no, no me voy porque soy un cínico y me va bien la publicidad. Yo sólo quiero ser famoso…