Internacional

Y los republicanos pifiaron en sanidad

25 Mar, 2017 - - @egocrata

Si hay algo que debería haber quedado claro tras la serie de artículos sobre el funcionamiento de un legislativo estatal de las últimas semanas es que aprobar leyes en Estados Unidos es difícil. Es complicado un sitio como Connecticut, donde todo el mundo se conoce y los moderados de los dos partidos están bastante cercanos, y es aún más difícil en Washington, donde los partidos apenas se hablan, los medios de comunicación y grupos de interés son mucho más fuertes y la presión es infinitamente mayor.

El partido republicano llevaba siete años, siete, aullando que su prioridad número uno era la derogación de la Affordable Care Act (ACA), la reforma de la sanidad de Obama. Este mes de enero, tras siete años, siete, de espera y paciencia, el GOP por fin controlaba la presidencia y las dos cámaras del congreso. Por fin, tras siete años, siete, de promesas sobre cómo iban a reemplazar la ACA por una ley mejor, más barata, más eficaz y más bonita, tenían la oportunidad de destruir Obamacare.

La pifiaron horriblemente.

El viernes, tras varios retrasos, un Paul Ryan taciturno anunciaba que no iban a llevar su propuesta de reforma al pleno de la cámara de representantes. No tenían suficientes votos para sacarla adelante.

Esto, huelga decirlo, es un fracaso humillante. Un partido político no se tira siete años haciendo de la derogación de una ley su prioridad absoluta en todas sus campañas electorales para llegar al poder, pergueñar una propuesta chapucera que no parecía gustar a absolutamente nadie (todo el mundo, desde la AARP hasta think tanks conservadores y medios como Breitbart se opusieron públicamente), tontea durante apenas un mes con el tema y se la pega espectacularmente sin haber hecho algo profundamente mal. Lo de ayer es un fracaso tremendo, con todas las letras.

¿Por qué un partido con una mayoría abrumadora en la cámara de representantes, una decente en el senado y la presidencia se ha estrellado de esta manera? Veamos.


a. La propuesta era francamente infumable

La reforma presentada por Paul Ryan era una chapuza indefendible que contradecía por completo las promesas electorales de Donald Trump. Era un texto que se las arreglaba para mantener la estructura básica de la ACA sin grandes cambios, dejar a 24 millones de personas sin seguro y perjudicar más a los estados y regiones que votaron a Trump. Era tan torpe que la simple derogación de la ACA sin nada que la substituyera dejaba a menos gente sin seguro que el engendro que Ryan. Por mucho que hablemos de política, comunicación y estrategia, lo que dicen y hacen las leyes importa. Trumpcare era una propuesta indefendible a poco que uno leyera su contenido.

b. La propuesta era extremadamente impopular

Cuando los analistas del congreso y todos los expertos dicen que tu ley va a dejar a 24 millones de personas sin seguro y bajar los impuestos al 1% de americanos más ricos, es difícil que sea popular. Los demócratas, por una vez, fueron efectivos machacando sin cesar lo horrible que era la propuesta, hasta conseguir que fuera tóxica incluso entre votantes republicanos. El golpe de gracia fue el jueves, el aniversario de la aprobación de la ACA y día que Ryan quería votar su ley, con la publicación de un sondeo que señalaba que sólo un 17% de votantes la apoyaba.

Hay muy pocas cosas en política americana que sólo sean apoyadas por un 17% de votantes. Los legisladores republicanos serán hombres de partido, pero no son suicidas, y más para una propuesta que todo el mundo dice que está escrita con los pies.

c. Una negociación imposiblemente torpe

Escribía el otro día que dirigir una empresa es un trabajo completamente distinto a ser presidente, gobernador o alcalde, y que el talento negociador de Trump (si lo hubiere), de poco le iba a servir en el Capitolio. Estas dos últimas semanas hemos visto por qué.

Gobernar es un trabajo muy, muy difícil. Ya en noviembre comentaba que mi sensación era que la presidencia de Trump iba a tener como principales enemigos la falta de experiencia del presidente y su equipo, y la fragilidad inherente de una coalición republicana dividida entre ortodoxos conservadores, populistas y moderados. No es que acertara entonces (mi predicción es que Trump al menos sacaría adelante un plan de infraestructuras antes de estrellarse con inmigración o sanidad), pero la idea general ha resultado ser correcta.

La administración Trump ha sido un ejecutivo caótico, desordenado y propenso a cometer errores incomprensibles desde que llegó al poder, a menudo por culpa de tweets del presidente, donde nadie parecía saber lo que estaba haciendo. El proceso legislativo de estos días ha sido la constatación que siguen sin aprender. Nadie en la Casa Blanca se preocupó por el contenido de la ley, el mismo Trump nunca pareció entenderla, nadie se preocupó de buscar apoyos externos, el presidente utilizó tácticas negociadoras delirantes (nota: a un congresista no le das ultimátums) y nadie fue capaz de articular por qué estaban defendiendo una propuesta que contradecía todo lo que habían dicho durante la campaña con tal vehemencia.

Esta negligencia sería comprensible si el Speaker fuera un tipo con un largo historial de sacar adelante leyes difíciles,  pero la realidad es que Paul Ryan, pese a su reputación de genio, es alguien telegénico pero que nunca había demostrado ser capaz de controlar a su grupo parlamentario. Su propuesta era mala desde un punto de vista sustantivo, y horrible como herramienta para construir una coalición que pudiera sacarla adelante.

d. Nadie parecía tener un plan

Siete años. Insisto, siete años. Los republicanos habían tenido siete años para redactar una reforma, construir un consenso dentro del partido, venderla a organizaciones afines, y tenerla lista una vez ganaran las elecciones para venderla al público. En vez de esto lo que vimos fue una chapuza de apenas 100 páginas escrita a todo correr a puerta cerrada, sin apoyos externos y sin un plan viable para salir adelante.

e. Un partido dividido

Lo comenté hace unos días también – el GOP es un partido muy diverso ideológicamente, y la reforma de Ryan tenía que contentar desde conservadores ultramontanos a moderados en distritos donde había ganado Clinton. Cada concesión que daba a un lado podía potencialmente cabrear a legisladores en su otro flanco. Los bandazos de los últimos días, con promesas cruzadas contradictorias (eliminar la lista de beneficios básicos para contentar a la derecha, prometer a los moderados que serían incluidos de nuevo en el senado) no hizo más que cabrear a todo el mundo. Si a eso le añadimos que hoy mismo en sitios como Breitbart había noticias diciendo que la Casa Blanca no estaba entusiasmada con una reforma que vulneraba promesas de media campaña, no es de extrañar que hubiera deserciones.

f. El debate ha cambiado

De nuevo voy a autocitarme: es mucho más difícil aprobar una ley que quita derechos y servicios sociales que una que expande cobertura sanitaria. La ACA fue una ley increíblemente difícil de sacar adelante; eliminarla iba a ser aún más complicado. Obamacare, además, es una ley diseñada de un modo que no puedes eliminar los componentes impopulares sin destruir todo el edificio, así que cualquier derogación exigía un diseño cuidadoso.

Por encima de todo, la ACA ha cambiado el debate en Estados Unidos. Pre-2010, el sistema institucional del país no tenía una promesa implícita de que la sanidad es un derecho, no un privilegio. La ACA es incompleta y está llena de agujeros, pero ha creado este expectativa. La hostilidad de los votantes no es a tener seguro médico, sino al hecho que la ACA no ayuda lo suficiente y la sanidad sigue siendo demasiado cara.

David Frum, un columnista conservador, lo explica mejor en este excelente artículo. Paul Ryan y el GOP hablan como si el principal problema de la ACA es que limita la libertad de los votantes a no tener cobertura sanitaria. Esto quizás fuera una idea políticamente ganadora hace siete años, pero ahora es un suicidio.


Es una lista larga; la derrota tiene muchos padres, y esta es de las que escuece. Lo que parece seguro, de momento, es que Trump y los republicanos renuncian a reformar la sanidad este año. Dado que en el 2018 hay elecciones (midterms), es de esperar que tampoco lo hagan el año que viene. Si los demócratas ganan el control de una de las cámaras (difícil, pero no imposible si el GOP sigue pifiando de esta manera), la ACA está prácticamente a salvo.

Queda hablar sobre qué sucederá ahora con la presidencia de Trump tras este fracaso. De esto hablaremos en otro artículo.

Bola extra:

Lo más divertido de todo este proceso es que nunca hemos visto el texto final de la ley que Paul Ryan iba a llevar hoy al pleno. El último borrador se publicó el lunes (por cierto, resultó ser peor que el original), pero el texto fue enmendado, editado y cambiado repetidamente esta semana durante las negociaciones, sin que nunca se hiciera público.

La American Health Care Act, el gran fracaso de Paul Ryan, murió sin ni siquiera tener un borrador publicable.