Ahora

Vientres, riñones y otros límites morales de los mercados

28 Feb, 2017 - - @Borja_Barra

Nota editorial (María Ramos):

Publicamos hoy este texto sobre una cuestión tan compleja y con tantas perspectivas a considerar como es la maternidad subrogada. Creemos que es muy relevante hablar de ello y poner sobre la mesa que en todas las posturas en liza hay zonas grises y aristas, y que precisamente por eso merece la pena ponerlas de manifiesto para fomentar una discusión informada. 

 

Hace apenas un par de semanas Ciudadanos celebró un acto en Madrid en favor de la regulación de la maternidad subrogada, en una versión altruista de ésta –es decir, sin que pueda mediar compensación económica–. Tratándose de un asunto que genera tanta división dentro de todos los partidos, no sorprende mucho que hayan sido varios los artículos y tuits publicados estos últimos días que expresan una opinión decididamente contraria a ello porque #nosomosvasijas (en esta línea Amelia Valcárcel, Elena Valenciano o Beatriz Gimeno, por ejemplo), o decididamente favorable porque maximiza la libertad de las personas (así Eduardo Mendicutti, Marta Rivera de la Cruz o Luisgé Martín, por ejemplo). Por extraño que parezca, el objetivo de este post no es convencer al lector de la corrección de las tesis de ninguna de las partes, sino simplemente exponer los (principales) argumentos involucrados en el debate. Comenzaré por los argumentos que han solido invocar quienes están en contra, pasaré luego a revisar los de quienes están a favor y por último concluiré –anticipo que de forma escasamente satisfactoria para los amantes de las certezas–.

Seguramente el argumento más empleado por quienes recelan de la regulación de la maternidad subrogada sea que, en el fondo, implica “alquilar” una parte del cuerpo de una mujer durante nueve meses. Como dice el filósofo de Harvard Michael Sandel en Lo que el dinero no puede comprar, una de las tendencias de nuestro tiempo es la progresiva mercantilización de esferas de la vida y bienes que tradicionalmente se regían por normas no mercantiles, como el servicio militar, los riñones o la (subrogación de la) maternidad.

El título del libro de Sandel sin embargo induce a error. A diferencia de lo que ocurre con la amistad, que es una cosa que no podemos comprar porque el propio intercambio mercantil disuelve el objeto del intercambio –un amigo comprado no es un amigo a ningún efecto, ni siquiera en el sentido débil de “es amigo-de-Facebook”–, un riñón o un bebé es algo que no pierde su valor por haber sido objeto de compraventa: el intercambio comercial no diluye el bien objeto de intercambio. Lo que quiere decir Sandel es que hay algunas cosas, como los riñones o los niños, que no deberíamos poder comprar. Pero si admitimos que estos otros bienes, a diferencia de la amistad, no pierden su valor por el hecho de haber sido objeto de intercambio comercial, ¿por qué deberíamos prohibir que la gente los comprara y los vendiera? En lo esencial, por tres razones.

La primera es que en algunos casos la “mercantilización” de ciertos ámbitos de la vida o bienes puede ser ineficiente desde un punto de vista estrictamente económico. Dicho más brevemente, que en algunos casos el espíritu cívico o las normas sociales (no mercantiles) son una ganga. Por ejemplo, James Heyman y Dan Ariely demuestran con una serie de (tres) experimentos que pagar a las personas puede tener el efecto de disminuir el esfuerzo, no de aumentarlo, sobre todo cuando se trata de acciones que consideramos moralmente valiosas. Bruno Frey y Reto Jegen denominaron “teoría de la expulsión de la motivación” a este efecto paradójico, por el cual la introducción de un incentivo económico reduce en lugar de aumentar la producción (el esfuerzo).

La segunda razón que suelen esgrimir quienes afirman que el mercado está creciendo demasiado apunta a los resultados injustos que pueden alcanzarse cuando las personas compran y venden cosas en situaciones de (extrema) desigualdad o de (extrema) necesidad económica. Supongamos que Maider y Ekaitz no pueden tener hijos, por lo que recurren a una empresa para iniciar un proceso de maternidad subrogada en la India, que consiste en que las partes llegan a un acuerdo por el que la mujer india (Prisha) acepta a cambio de un precio: (1) ser inseminada con el esperma de Ekaitz; (2) llevar a término el embarazo; y (3) renunciar posteriormente al niño en favor de Maider y Ekaitz. En efecto Prisha ha convenido en todo esto de forma voluntaria, pero es posible que lo haya hecho para alimentar al resto de miembros de su familia, que rara vez ingieren 2.000 kilocalorías al día. De acuerdo con esta segunda objeción, los intercambios comerciales no siempre son tan voluntarios como suelen sugerir los groupies del mercado.

La tercera sería la degradación o menoscabo de ciertas normas sociales y bienes morales cuando son objeto de valoración e intercambio mercantil. Como sostuvo el Tribunal Supremo de Nueva Jersey en el caso Baby M., “esto [la maternidad subrogada] es la venta de un niño, o como mínimo, la venta de los derechos de una madre sobre su niño, con la única atenuante de que uno de los compradores es el padre”. En una sociedad civilizada, viene a decir el Tribunal, hay cosas cuya valoración parece razonable confiar al mercado y otras que no. Confiar la tasación de un niño al mercado equivale a tratarlo como una mercancía, y esto degrada o menoscaba principios morales o normas sociales que sirven de fundamento a nuestras sociedades.

Vayamos ahora con los argumentos de quienes proponen regular la maternidad subrogada. Para quienes sostienen una visión de la justicia como maximización de la libertad, el Estado simplemente no debería prohibir el intercambio voluntario de bienes –de los que somos legítimamente propietarios– entre adultos a cambio de un precio. Por dos razones. Desde una perspectiva normativa, porque prohibir el intercambio implica la asunción de que o bien Prisha no conoce bien sus preferencias, o bien conociéndolas se encuentra obligada a alquilar su útero por la necesidad material en que se encuentra. Pero, continúa el argumento liberal, ¿no es contradictorio, al menos para la izquierda progresista, defender la libertad de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo en unos casos (aborto) y negarlo en otros (maternidad subrogada)? Y más aún, ¿cuál es la diferencia entre la situación de Prisha, que se encuentra obligada por las estrecheces materiales que pasa en Mumbai a alquilar su vientre durante nueve meses, y la situación de Jennifer, que se encuentra obligada por las estrecheces materiales que pasa en Villaverde a alquilar su fuerza de trabajo limpiando excrementos y orines por el Salario Mínimo Interprofesional en una residencia de ancianos de la Comunidad de Madrid? Hasta donde yo sé, nadie ha planteado prohibir las residencias de ancianos, a pesar de que muchas personas se vean obligadas por sus estrecheces materiales a trabajar en ellas.

Desde una perspectiva más pragmática, los liberales afirman que la regularización reduciría el comercio ilegal de personas, mejoraría las condiciones higiénicas y reforzaría la posición jurídica de Prisha –i.e. Prisha no estaría en ningún caso en una granja de mujeres–. En definitiva, concluyen los liberales, regular la libertad de implicarse voluntariamente en un contrato de maternidad subrogada es una solución superior a prohibirla desde la doble perspectiva moral y práctica.

Voy concluyendo ya. Lo anterior sugiere que, al contrario de lo que ocurre con la amistad, la mercantilización no diluye el valor del bien que es objeto de intercambio en un proceso de maternidad subrogada. Situada así la discusión en el plano del deber ser, quienes se oponen a regular la maternidad afirman que, al contrario de lo que suele suponer el pensamiento liberal estándar, la mercantilización de un bien no sólo puede resultar injusta porque agrava una situación previa de desigualdad o carencia material severa, sino que puede provocar que las normas mercantiles desplacen o expulsen el espíritu social o cívico –i.e. los malos incentivos pueden acabar desplazando a los buenos ciudadanos–. Quienes creen necesaria regular la maternidad subrogada afirman que (1) el Estado no es quién para prohibirle a Prisha participar voluntaria y conscientemente en un proceso de maternidad subrogada; (2) que al menos para la izquierda progresista es incoherente defender la libertad de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo en asuntos como el aborto pero negarle a Prisha la libertad de hacer lo que le dé la gana con su útero; y (3) que quizá regular la maternidad subrogada refuerce la posición jurídica de Prisha. Éstos son los argumentos, suyas son las conclusiones.