Política

¿Por qué no hay un partido exitoso de extrema derecha en España?

19 Ene, 2017 - - @jorgegalindo

Si hay una pregunta recurrente entre aquellos foráneos que observan la política española con cierta atención es ésta. La sorpresa se sigue normalmente del siguiente razonamiento: tras ser uno de los países más golpeados por la Gran Recesión y por la subsiguiente crisis europea de deuda, con índices astronómicos de desempleo, un sistema de protección lejos de ser perfecto, ¿cómo puede ser que la derecha reaccionaria* no haya encontrado un espacio electoral en España? El último ejemplo lo proporciona Tobias Buck con este interesante repaso en el Financial Times, al que volveré más adelante porque proporciona alguna hipótesis poco frecuentes en este debate. Hace unas semanas, Diego Torres hacía lo propio en Politico. Pero para obtener una panorámica completa vale la pena repasar las respuestas posibles a esta cuestión.

Los argumentos para explicar la presencia de la extrema derecha en un país se dividen normalmente en dos bloques: aquellos que se refieren a la oferta electoral o al entorno institucional, y aquellos que hacen énfasis en la demanda social de este tipo de políticas. En el primer grupo, para el caso español suelen citarse el legado histórico franquista, la aparente incapacidad de los líderes extremos de llegar al gran público, y la integración de muchos de ellos en plataformas mayores (principalmente el PP). Todos ellos comparten espacio con la más reciente idea de Podemos como elemento de contención para nuevas ofertas de extrema derecha durante la crisis. Por el lado de la demanda, la ausencia de un sentimiento nacionalista español fuerte y el no conflicto en torno a la inmigración se unen a la otra cara del “argumento Podemos”, que enlaza con una posible falta de competencia por recursos económicos públicos. Es en este último punto, tras recoger y criticar los argumentos existentes, donde me gustaría aportar un posible giro.

Es culpa de (o gracias a) Franco. Es quizá el argumento más socorrido, o solía serlo: tras un golpe, tres años de guerra civil, 36 de dictadura nacional-católica, tres de compleja transición a la democracia, y un segundo golpe hace menos de cuatro décadas, ser de extrema derecha es poco menos que un tabú. La idea, siendo atractiva, resiste la comparación internacional sólo a medias. Aunque es cierto que nuestra dictadura fue la segunda más larga de Europa Occidental por la derecha (solo superada por la portuguesa, donde la ausencia de una extrema derecha electoralmente fuerte también es patente), tanto Grecia como Italia, Alemania o Hungría, entre otros, contaron con sus propios regímenes dictatoriales. Los países del norte de Europa no se libran de haber poseído ejecutivos afines al nazismo durante la II Guerra Mundial, por no hablar de la Francia de Vichy, si bien es cierto que tenían un grado de imposición externa nada desdeñable. La cuestión es que el fascismo y otras ideologías afines a la derecha de corte nacionalista tuvo presencia a lo largo y ancho de Europa en el siglo XX, así que es difícil excluir o subrayar su influencia en la política actual en un sentido o en otro en ciertos países. Por lo demás, no queda nada claro el mecanismo por el cual una dictadura que fue resuelta con la muerte del líder y no por una revolución, siguiendo una transición que incorporó no pocos elementos del régimen anterior a la vida democrática, provoca una ausencia y no una presencia de la extrema derecha en el panorama electoral. Es, desde cierto punto de vista, casi contra-intuitivo. O no. Lo cual nos lleva a la siguiente hipótesis.

Sí hay extrema derecha, pero está integrada. El PP no fue siempre el partido que es hoy. Cuando se le conocía como Alianza Popular, y aún antes de que los antiguos integrantes del régimen franquista que lo conformaron se pusiesen nombre, sus posiciones eran bastante más reaccionarias que conservadoras, y desde luego para nada centradas. El famoso viaje al centro que protagonizó Aznar en la década de los noventa le llevó a llenar un espacio que originalmente no le correspondía, pero en el camino no perdió sus activos en el extremo derecho del espectro. Quizás a estos elementos ya les iba bien manteniéndose dentro de una estructura establecida que era capaz de llegar al poder, influyendo desde ahí en lugar de montar su propia plataforma con un futuro incierto. Josep Anglada, antiguo líder de la fallida Plataforma per Catalunya, expresa esta visión en la pieza de Torres. Prueba de ello es la escasa potencia electoral de Vox. Pero, la verdad, la extrema derecha no ha tenido demasiado éxito (más bien poco) en llevar adelante una agenda específica desde el PP. Así que resulta sorprendente que, si la razón de su bajo perfil es porque están más cómodos dentro que fuera, hayan aguantado tanto. De hecho, Vox nació con los pilares del anti-nacionalismo periférico, el terrorismo y el tradicionalismo familiar como bandera, luchas que están bastante lejos de la piedra de toque de la nueva derecha europea: la inmigración.

La inmigración no es un aspecto contencioso. Si hay un rasgo específico que une a las distintas derechas nacionalistas que proliferan en Occidente es la oposición a los movimientos migratorios. Por tanto, otro argumento bastante habitual para explicar la ausencia de una nueva extrema derecha en España es el perfil particular de nuestra inmigración: más integrada, se supone, con mayor presencia de individuos que compartirían rasgos culturales y lingüísticos, y menos abundante. Pero esta hipótesis topa con dos realidades: por un lado, como destacaba Tobias Buck en su pieza, países como Rumanía o Marruecos contribuyen tanto o más a la inmigración española que los estados latinoamericanos. Por otro, existe bastante evidencia de que no es necesariamente una mayor presencia o contacto directo con el migrante lo que dispara el apoyo a la derecha nacionalista. En numerosas ocasiones, de hecho, se ha observado que los sentimientos anti-inmigración se dan en áreas étnicamente más homogéneas. Es, de hecho, un enorme debate en la literatura especializada, entre quienes definenden la hipótesis del contacto (tener un vecino, compañero de trabajo, familiar de distinto origen disminuye los prejuicios) y quienes apuestan por la idea de la amenaza. Una cuestión no resuelta, pero el contencioso impide establecer una relación causal directa entre nivel de integración o presencia de migrantes y voto a la extrema derecha.

El nacionalismo ausente. La herencia franquista y el tabú que conlleva, la falta de un riesgo de “contaminación cultural” concreta para (digamos) integristas patrios proveniente de la inmigración, y la competencia de nacionalismos periféricos con el central se combinarían para ahuyentar el fantasma de la, llamémosla así, ansiedad cultural contra lo diferente. Es interesante recordar aquí el experimento de PxC, que obtuvo cierto éxito a nivel local al enlazar una identidad definida y apuntar a una amenaza externa. Pero que se vino abajo rápidamente, en gran medida por un liderazgo que no supo consolidar sus ganancias.

La oferta incapaz. Configurar un movimiento político es cosa de dos: quien lo demanda, pero también quien lo ofrece, o quien ayuda a la demanda a darse cuenta de qué está buscando (las preferencias políticas rara vez son claras, cerradas y compartidas desde el minuto cero). Ansell & Art (2010 – pdf) no tienen empacho en afirmar que

When radical right parties are dominated by individuals with blatantly racist views and poor cognitive skills, they are likely to implode even if socio-structural and institutional conditions are favorable.

España ha tenido pocos líderes de extrema derecha que no provengan de un entorno particularmente extremo, valga la redundancia. Sólo muy recientemente se ha visto una nueva cara en este espacio ideológico, pero por el momento tampoco ha tenido resultados demasiado positivos. Es muy probable que la falta de una oferta que haya sabido dar con la tecla adecuada tenga parte de la culpa en el fracaso de la extrema derecha española, pero parece claro que la demanda tampoco ha sido boyante.

El bloqueo por la izquierda. “En España no existe una formación de extrema derecha porque existe Podemos”. La frase es de Pablo Iglesias, y parece presuponer una de estas dos cosas: o bien el electorado de Podemos tiene el perfil para suscribirse a postulados de extrema derecha, o Podemos ha conseguido desactivar una respuesta a la crisis basada en postulados de derecha nacionalista (forzando a su electorado potencial en la abstención o en otras formaciones más tradicionales) y absorber en cambio el descontento por la izquierda. La primera idea me parece poco realista, al igual que a Buck, en tanto que la base de voto de Podemos se encuentra entre jóvenes urbanos de clase media con un marcado perfil ideológico de izquierda, pero la segunda interpretación se me antoja más fructífera. Pero no por mérito de Iglesias o de Podemos, sino por la configuración de los conflictos redistributivos en España.

No hay lucha por recursos públicos. Pepe Fernández-Albertos expresa una interesante hipótesis en la pieza de Buck, apuntalada por Sergi Pardos-Prado: en España no hay por qué competir. Como el sistema de bienestar en cuestiones como vivienda o transferencias monetarias directas es débil, y es aquí donde la competencia (percibida al menos) entre inmigrantes y nativos sería mayor. Además, sigue Fernández-Albertos, la inmigración lo ha pasado “objetivamente peor” durante la crisis en España, y buena prueba de ello es el fuerte cambio de 180 grados en la dirección de los flujos migratorios desde 2009: la gente vuelve a sus países, más que llegar al nuestro.

Esta es, como digo, una idea que me resulta atractiva. Sin embargo, en pocos lugares los inmigrantes han salido mejor parados que la población local durante la crisis, y este mayor sufrimiento no ha impedido la emergencia de la extrema derecha. La hipótesis de la competición directa de recursos tiene más fuerza, pero yo la reformularía para ensanchar su poder explicativo.

En realidad, y aquí viene el giro, la exposición a los vaivenes de la crisis de los grupos sociodemográficos que suelen apoyar a la extrema derecha en otros países ha sido comparativamente baja en España. Ni la clase obrera industrial o de servicios de mediana edad en adelante, ni la pequeña burguesía han sido los más golpeados por nuestra particular forma de recesión. Han sido los jóvenes, con un nivel educativo igual o superior a la media del país, y los grupos más vulnerables (inmigrantes, personas en situación laboral irregular) quienes se han llevado el golpe. Los segundos, en términos puramente materiales. Los primeros, viendo cómo sus expectativas de futuro se venían abajo. Ninguno de estos dos segmentos constituye una fuente de apoyo fácil para la extrema derecha, ya sea por falta de herramientas para la movilización política o por incompatibilidad ideológica. Pero sí (sobre todo los primeros) para una propuesta como la de Podemos.

He aquí la posible verdad escondida en la auto-atribución de mérito de Iglesias. Que allá donde la crisis ha golpeado más las expectativas de un sector no cooptable por la extrema derecha, era la extrema izquierda quien estaba en mejor posición de iniciar un viaje electoral fructífero. No por mérito suyo en la absorción de un voto anti-establishment genérico, carente de ideología, tanto como en la emergencia de un mercado distinto al de otros lugares al norte de los Pirineos. No es que no haya lucha por recursos públicos, es que quien habitualmente lo hace no lo necesita porque está bien protegido por un sistema de bienestar montado para él, y no para el outsider.

Situando este debate en el contexto europeo, las diferencias más concluyentes de España con respecto a sus vecinos se resumirían en la ausencia de una oferta afinada y de una demanda activa tanto en el eje cultural como en el económico. En este último frente, me parece particularmente importante destacar, como hipótesis, que los segmentos más susceptibles a simpatizar con los valores de la derecha reaccionaria han estado comparativamente poco expuestos a la crisis económica en España.

Sin embargo, nada es para siempre. Y, como sugería Torres en Politico,  la oferta puede mejorar en cualquier momento (de hecho, aunque los resultados de Vox sean mínimos comparados con los grandes partidos, le colocan claramente por encima del resto de las formaciones a la derecha del PP). Al mismo tiempo, a pesar de la existencia de ciertas regularidades sociodemográficas, no hay una sola demanda posible para cada ideología. No es descartable que ciertos segmentos pasen a decidir ante una oferta lo suficientemente atractiva que, efectivamente, sí perciben una amenaza cultural o económica externa que requiere de una reacción de corte nacionalista. En definitiva, España no es un país vacunado ni inmunizado contra la extrema derecha. En próximos artículos intentaré explicar por qué con argumentos comparativos, y también con algún que otro dato.

*En este texto empleo los términos “derecha reaccionaria”, “extrema derecha” y “derecha nacionalista” de manera intercambiable. El primero define una estrategia común, el segundo una posición ideológica relativa en el espectro, y el tercero un rasgo definitorio que comprende a todas las formaciones a la derecha del conservadurismo tradicional europeo consolidado tras la posguerra. Los considero complementarios, si bien acepto el debate en torno a la posibilidad de que no sean intercambiables. Sí evito, por el contrario, el uso de otros epítetos, tales como ultras, populistas (polémico y, a veces, vago), xenófobos, autoritarios (referentes a rasgos que se pueden dar pero en diferentes grados), o neofascistas/neonazis (más específicos y restringidos a tipos determinados de formaciones de extrema derecha).