Internacional

El 15-J turco: ejército, facciones y desarrollo institucional

18 Jul, 2016 -

Nota del editor (Gonzalo): La intentona golpista en Turquía pone sobre la mesa un debate clásico en Ciencia Política acerca del desarrollo institucional del ejército y la habilidad de la sociedad civil para imponer su supremacía y garantizar la obediencia. Estamos muy orgullosos de poder contar con la colaboración de Álvaro La Parra Pérez, profesor de Historia Económica en la Weber State University (Utah, EE.UU.) y especialista en élites militares y violencia política durante la Segunda República Española, para que nos ayude a navegar los principales elementos de esa discusión.

El fallido golpe de estado en Turquía el pasado viernes es un nuevo recordatorio del poder del ejército para afectar la estabilidad institucional de un país. Aunque no pretendo ofrecer un análisis detallado del marco institucional turco (entre otras cosas porque no poseo los conocimientos necesarios para ello), los hechos del 15 de julio ilustran algunos puntos importantes para reflexionar sobre el desarrollo institucional y el papel del ejército. La reflexión parece aún más pertinente en el 80 aniversario del golpe de estado contra la Segunda República Española, uno de los episodios más relevantes de nuestra historia contemporánea para recordar la importancia de estudiar el ejército y sus dinámicas internas.

La primera idea que conviene recordar es que vivir en Europa occidental (como seguramente es el caso de la mayoría de nuestros lectores) o en Estados Unidos (mi caso) nos sitúa en un contexto históricamente excepcional. Nuestra parte del mundo disfruta de tasas de crecimiento económico sostenido, algo sin precedentes con anterioridad al siglo XIX. Ni tan siquiera hoy, la mayoría de países gozan del crecimiento económico moderno que caracteriza a los países más ricos del planeta. Tal y como sugieren North, Wallis y Weingast en Violence and Social Orders, la transición a un marco institucional que posibilite este crecimiento económico sostenido requiere, entre otras cosas, el control político del ejército. Los países menos ricos sufren más a menudo crisis y periodos de inestabilidad que contribuyen a la pervivencia de la brecha entre ellos y los países más ricos. El ejército es, a menudo, uno de los principales causantes de esta inestabilidad, al protagonizar golpes de estado y otros episodios que sacuden las estructuras políticas y económicas de los países en vías de desarrollo. Lejos de ser el brazo armado de las élites dominantes o una rama supeditada a los intereses del poder ejecutivo, el ejército con frecuencia aparece como un miembro más de los grupos dominantes en el país. Los intereses (políticos y económicos) de los militares deben encajarse en la delicada red de pactos tejida por las élites dirigentes. Sin ir más lejos, España ha sido un ejemplo de esta relevancia (y autonomía) política del ejército durante gran parte de su historia. Más recientemente, no es difícil encontrar ejemplos en América Latina o Indonesia. Así, no es raro encontrar países en los que los militares controlan directamente importantes sectores de la economía, algo que facilita su cooperación y lealtad interesada al régimen. Turquía es un magnífico ejemplo de la fuerza desestabilizadora del ejército y de su facultad para eludir cualquier tipo de control por parte de las autoridades políticas: en los últimos 60 años el país ha conocido hasta seis golpes militares o ultimátums al gobierno (el último antes de los acontecimientos del viernes fue en 1997). De hecho, algunos han tildado a los regímenes turcos más recientes de “democracias militares”. El principal caballo de batalla del ejército a la hora de intervenir en la política turca ha sido la preservación de las reformas emprendidas por Atatürk a principios del siglo XX. La llegada de Erdogan al poder y sus reiterados ataques a la herencia kemalista es una de las principales razones (aunque no la única, como veremos más abajo) por las que la amenaza de un golpe militar siempre ha pendido sobre el gobierno turco.

La segunda idea que querría resaltar es que, lejos de ser una organización homogénea o monolítica, el ejército a menudo está dividido en múltiples facciones con intereses contrapuestos. Hablar de “el ejército”, como si de un bloque monolítico se tratase, es una convención ampliamente extendida, pero suele ser una simplificación que obstaculiza la comprensión de los golpes de estado y las luchas militares que desestabilizan las instituciones de un país. Muchos de los levantamientos militares, de hecho, son apoyados por aquellos grupos en el ejército que aspiran a cambiar el status quo en su favor. Cuando a la división militar se le une la falta de control político del ejército, el resultado es el recurso frecuente a las purgas para minimizar el riesgo de golpes facciosos. Turquía es, una vez más, un buen ejemplo para ilustrar la importancia del conflicto entre facciones militares y sus consecuencias. Ante la pérdida de fuerza del kemalismo en Turquía, la principal división del ejército turco actualmente enfrenta a los partidarios del presidente Erdogan con los seguidores del líder islamista Fetullah Gülen (al que algunos describen como “moderado” aunque su movimiento también presenta aspectos inquietantes). Todavía hay demasiada confusión sobre la génesis, autoría y objetivos o pretensiones del golpe en Turquía, pero los gülenistas siguen siendo los principales sospechosos, por más que Güllen siga negando cualquier implicación (nada sorprendente, por otra parte, dado el resultado del golpe).

¿En qué medida lo comentado hasta ahora ayuda a comprender los hechos del pasado 15 de julio y los desafíos a los que se enfrenta el gobierno de Erdogan en los próximos meses? En primer lugar, el enfrentamiento entre facciones del ejército fue el principal responsable de la incertidumbre que rodeó las primeras horas del golpe, cuando ambos bandos afirmaban controlar la situación. Parece claro que la llamada del gobierno turco a la población civil para oponerse al golpe ocupando las calles buscaba decantar la balanza del lado gubernamental ante la posibilidad de que las divisiones militares alargasen el conflicto o incluso lo inclinasen del lado rebelde. En este sentido, el conflicto faccioso probablemente fue una condición previa necesaria para que la posterior resistencia civil hiciese fracasar el golpe. La resistencia civil hubiera sido menos efectiva ante un ejército monolítico que se hubiera alzado contra el régimen como un solo hombre. En segundo lugar, el golpe parece haber dado a Erdogan la excusa perfecta para iniciar purgas de oficiales y de jueces (el gülenismo tiene -¿tenía?- bastante arraigo en el aparato jurídico turco). Los temores de que el golpe militar refuercen la deriva autoritaria de Erdogan (deriva que, por cierto, ya existía antes del 15 de julio) hacen temer por el futuro de Turquía. Las purgas y el creciente autoritarismo del régimen turco con toda seguridad ahondarán en la rivalidad entre la facción gubernamental y la gülenista. En el corto plazo las purgas pueden reforzar la lealtad del ejército (y del aparato judicial), pero una política basada en el privilegio de “los nuestros” y la exclusión “del otro” necesariamente generará más oposición y rencor entre los círculos próximos a Gülen.

Formular predicciones siempre ha sido una de las vías más seguras para comprometer seriamente la credibilidad futura del científico social, pero no parece demasiado aventurado augurar que las facciones enfrentadas a Erdogan y su AKP aún no han dicho su última palabra. Por desgracia, y como de costumbre, el pueblo turco será uno de los principales damnificados por la inestabilidad resultante de las luchas entre sus élites.