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¿Medidas de conciliación, medidas de igualdad?

10 Jun, 2016 - - @ariamsita

Hablar de políticas de igualdad de género es, en muchas ocasiones, sinónimo de hablar de políticas de conciliación. Muchas de las medidas adoptadas con el objetivo de maximizar la igualdad entre hombres y mujeres pasan por facilitar la posibilidad de compatibilizar la crianza y el cuidado de los hijos con la vida laboral. Sin duda, la existencia de políticas en esta línea ha supuesto un enorme avance para las mujeres a la hora de posibilitar su incorporación al mercado laboral, al permitir que estas puedan compaginar sus carreras con la crianza de sus hijos más fácilmente.

Sin embargo, ¿qué pasaría si el resultado de las medidas de conciliación fuese en algunos casos contraproducente para los objetivos que persiguen? Cuando las mismas se diseñan pensando en cómo compatibilizar la maternidad con la posibilidad de tener una carrera laboral, pueden caer en el riesgo de perpetuar el hecho de que sea sobre las mujeres, y no sobre los hombres, sobre quien recae el peso del cuidado de los niños (u otros dependientes) y de las tareas domésticas.

Dicho efecto ha sido bautizado por Mandel y Semyonov como La paradoja del Estado del Bienestar. En un artículo de 2006, los autores analizan los efectos de diferentes políticas familiares en 22 países, y observan que, si bien aquellos modelos caracterizados por ser generosos y progresivos aumentan la participación de las mujeres en la fuerza laboral, lo hacen en trabajos poco cualificados y de baja calidad. Además, en los países donde el sector público es de mayor tamaño, las mujeres tienden a concentrarse en el mismo, así como en empleos tradicionalmente caracterizados como femeninos. De este modo, si bien las políticas por parte del estado tienen un efecto positivo a la hora de incorporar a las mujeres en el mercado laboral, acarrean el riesgo de crear guetos de mujeres en determinados sectores y posiciones, dificultando su capacidad de incorporarse de forma real al mercado y alcanzar puestos de poder. En la misma línea, Datta Gupta, Smith y Verner (2008) centran su análisis en los países nórdicos, concluyendo que las políticas familiares especialmente generosas con las madres pueden tener efectos adversos para la brecha salarial, perpetuando la existencia de techos de cristal y dificultando la progresión laboral de las mujeres.

El último informe de la Comisión Europea en materia de igualdad de género alerta de que las políticas que se centran solo en las madres, y no en los padres o en la provisión de mecanismos estatales para el cuidado de los niños, tienden a reforzar, en vez de a cuestionar, los estereotipos tradicionales en lo que se refiere a los roles de género. En muchos países europeos, y sobre todo en aquellos donde los sistemas de prestaciones dirigidos a las madres son más generosos en días y prestaciones, nos encontramos con tasas especialmente altas de mujeres trabajando a tiempo parcial, concentradas en el sector público (en general, más flexible a la hora de permitir a sus empleados que combinen sus puestos de trabajo con la crianza de sus hijos) o dedicando un número mucho mayor de horas que sus parejas a la realización de trabajo no remunerado en el hogar. En el siguiente gráfico, puede apreciarse cómo, en media, los hombres dedican más horas de la semana a efectuar trabajo remunerado, pero las mujeres tienen una carga de trabajo mayor.

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A nivel europeo, los datos muestran que, mientras que la tasa de empleo de los hombres aumenta tras tener hijos, la de las mujeres disminuye, y las que se mantienen en el mercado laboral tienden a reducir sus jornadas. Parece claro que el cuidado de los hijos sigue recayendo, sobre todo, en las mujeres: hasta un 40% de madres en Europa afirman haber dejado al menos un mes su trabajo (más allá de la baja de maternidad) para cuidar de sus hijos, en contraste con un 2% de los padres. Los sistemas más generosos en número de días y prestaciones  tienden a propiciar este tipo de efectos: ejemplos de esto pueden encontrarse en países como Holanda, donde según datos de 2015, solo un 26% de las mujeres que trabajan lo hacen a tiempo completo; o en Suecia, donde como hemos visto en artículos anteriores, el número de mujeres empleadas en el sector público alcanzaría un 85% de la fuerza laboral del mismo.

Las implicaciones de estos efectos irían en contra del propio objetivo de las políticas de igualdad, al poner en peligro la independencia económica de las mujeres y relegarlas a la posición de fuente de ingresos secundaria en el hogar. Esto, que puede funcionar en el contexto de una familia tradicional en la que un cónyuge depende del otro, castiga fuertemente a nuevos modelos familiares. Según datos de 2014, mujeres y familias monoparentales (en Europa, un 90% de progenitores solteros son mujeres) se encuentran entre los grupos con mayor riesgo de pobreza y exclusión social en la Unión Europea. Si los modelos de conciliación planteados hasta el momento ayudan a perpetuar este tipo de situaciones, tal vez haya llegado la hora de replanteárnoslos.

Esto no quiere decir que debamos abogar por unas políticas de conciliación menos generosas. De lo que se trata es de buscar un diseño de las mismas que no lastre a las mujeres ni perpetúe la desigualdad. Por ello, puede que sea el momento de replantearnos un modelo de conciliación basado en la maternidad para, como decíamos más arriba, combinar los beneficios para las madres con medidas como educación 0-3 gratuita y de calidad, permisos de paternidad no transferibles y flexibles, o la eliminación de desincentivos fiscales para la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Sólo así podremos hablar de una “una conciliación real, compartida y plenamente satisfactoria” que contribuya verdaderamente a la igualdad de oportunidades.