Internacional

El largo adiós de Obama

13 Ene, 2016 - - @egocrata

Ayer Obama pronunció el que será su último discurso del estado de la unión como presidente de los Estados Unidos. El SOTU (State of the Union), como es cariñosamente conocido en los medios americanos, es una de las ceremonias democráticas más impresionantes del sistema político del país: es el único día del año en el que el presidente habla directamente al congreso, con toda el aura de poder que eso representa.

Los discursos del estado de la unión, en años “normales”, son utilizados por el presidente para presentar su agenda legislativa al congreso. En las raras ocasiones en que las dos ramas del gobierno están controladas por el mismo partido, el SOTU sirve para presentar esas medidas al país y dar a los legisladores una lista de prioridades. En los años en que ejecutivo y legislativo no son del mismo color, el discurso acostumbra a ser una combinación de postureo político y propuestas de poco calado lo suficiente populares como para poder conseguir apoyos a ambos lados del hemiciclo.

Este año, sin embargo, no es un año normal: es la despedida de Obama. Con elecciones presidenciales y legislativas en noviembre, la clase política del país está más preocupada por recaudar fondos para campañas electorales, dar discursos en su distrito y evitar hacer nada remotamente impopular en el trabajo que en sacar adelante legislación. Por añadido, todo el mundo sabe que Obama no estará el año que viene, así que la mayoría de congresistas están a la espera que su sucesor sea republicano y les haga más caso. Todos los presidentes se encuentran este mismo escenario el cuarto año de su segundo mandato, y todos se resignan a dar un discurso sobre el estado de la unión menos centrado en propuestas cercanas y más en revisar su legado y hablar sobre el futuro del país. Eso ha hecho Obama hoy.

La primera parte, hablando sobre su legado, ha tenido un poco de vuelta al ruedo repitiendo los considerables éxitos de su administración. La tasa de paro en Estados Unidos es de un 5%, el déficit ha caído un 75%, la producción industrial aumenta, la inflación es estable, la productividad sigue siendo la envidia del mundo desarrollado, la economía sigue generando más innovación que cualquier otra en el mundo, la gasolina está tirada de precio, el fracaso escolar ha caído y el porcentaje de residentes sin seguro médico ha caído en picado. La gran recesión empezó con una crisis financiera monumental en Estados Unidos, pero el país ha emergido con una economía aún más dominante, si cabe, de lo que era antes. Aún con sus atroces problemas de gobernabilidad, el país es una isla de estabilidad comparado con la Unión Europea, Japón o China.

Por supuesto, el país sigue teniendo problemas. La desigualdad apenas ha disminuido, por mucho que Obama haya subido los impuestos a los ricos de forma considerable y creado una ley de sanidad casi universal. Los salarios están estancados desde hace años, y sólo empezaron a repuntar tímidamente el año pasado. La tasa de actividad ha caído de forma considerable, y se está recuperando con lentitud. La segregación racial sigue ahí, y la movilidad social no da visos de mejora. El sistema político es cada vez más disfuncional.  Estados Unidos dista mucho de ser el paraíso en la tierra, y Obama así lo ha admitido abiertamente en su discurso. Aún así, es innegable su legado en materia económica y de políticas sociales es extraordinario, especialmente si lo comparamos con la desastrosa experiencia europea.

La segunda parte del discurso, hablando sobre el presente y futuro del país, ha pretendido ser sido una reafirmación de los valores que americanos, al menos en teoría. A la práctica se ha convertido, de forma más o menos velada, en una respuesta a la retórica de la campaña de primarias republicana en general, y a Donald Trump en particular.

No estoy seguro que Obama realmente quisiera contestar a los republicanos, pero en el fondo era casi inevitable. La América que representa Obama (y que defiende casi de forma unánime el partido demócrata) es un país abierto, orgullosamente tolerante, incluyente, multicultural y optimista. Un país que se cree excepcional no por como es ahora mismo, sino por su capacidad de afrontar retos, superar conflictos pasados, combatir los odios y prejuicios del pasado y hacer lo imposible a base de trabajo duro, ingenio y tenacidad. Es la idea de a more perfect union, un país en reinvención constante, que no teme a nada. La América de Roosevelt, Kennedy, Reagan y Lincoln, un político que hoy en día andaría muy perdido en el partido que fundó.

La América de la que habla Trump es un país asediado, acomplejado, derrotado. Un lugar donde las élites viven del cuento e imponen sus ideas, incapaz de defender sus valores, maniatado por la corrección política, incapaz de actuar con energía por temor a ofender. Estados Unidos es una civilización en riesgo de perecer por su complacencia, por su obsesión de contentar a todo el mundo, por perdonar todo y no exigir responsabilidad a nadie. En boca de Trump, este discurso viene además acompañado de un nada disimulado racismo y xenofobia, en un discurso paranoico, atemorizado y pesimista. Para los republicanos, Estados Unidos es una calamidad, y nada salvo sacrificios y penitencia podrán evitar el desastre.

Estas dos visiones están en el centro de la paradoja de un país donde la gente dice vivir mejor que nunca (un 85% de americanos dicen estar satisfechos con su vida personal) pero donde nadie parece estar contento sobre como va el país (sólo un 20% de americanos está satisfecho con el devenir del país).

El discurso de Obama fue, de principio a fin, una especie de recordatorio colectivo que los profetas del miedo, el temor, la derrota y el odio están equivocados, y que el verdadero espíritu de Estados Unidos es el optimismo, la tolerancia y la apertura de miras. Un ejemplo:

Our brand of democracy is hard. But I can promise that a year from now, when I no longer hold this office, I’ll be right there with you as a citizen — inspired by those voices of fairness and vision, of grit and good humor and kindness that have helped America travel so far. Voices that help us see ourselves not first and foremost as black or white or Asian or Latino, not as gay or straight, immigrant or native born; not as Democrats or Republicans, but as Americans first, bound by a common creed. Voices Dr. King believed would have the final word — voices of unarmed truth and unconditional love.

En un comentario que me ha gustado especialmente (y que me ha recordado este artículo), ha llegado a decir que el país más poderoso de la tierra no puede actuar como un niño aterrorizado ante grupo de pringados en un estado fallido paseándose por el desierto en Toyotas grasientos y lanzando algún ataque terrorista ocasional. América no está ante una amenaza existencial, siempre que mantenga sus valores y libertades.

El tono final, el fondo del mensaje de Obama, ha tenido algo de evocar su primer discurso famoso, hace casi 12 años, en la convención demócrata del 2004. Obama, hoy presidente saliente, reconocía que sus esperanzas de hacer que la política americana fuera más civilizada y dialogante no han dado fruto. El mensaje de un país unido, cada vez más abierto al mundo y a su propia diversidad, sin embargo, se mantiene. Para Obama, Estados Unidos sigue siendo el país que aspira a ir siempre más allá.

Francamente, es una visión digna de ser defendida, y los demócratas nunca tendran a nadie mejor que Obama para hacerlo. El discurso de ayer fue una despedida brillante a un gran presidencia, una reacción contra el miedo.

Nota final: no sé si es que tengo especial debilidad por él o me nubla su oratoria, pero me parece que es un político extraordinario. Los Estados Unidos han tenido un presidente magnífico estos últimos ocho años, y apenas se han dado cuenta. Se le echará de menos.