GID

Pausa estival y lecturas para el verano

21 Jul, 2015 - - @politikon_es

En GID nos vamos de vacaciones. Hasta la segunda semana de septiembre no preveemos sacar contenido inédito. Esto no significa que abandonemos a nuestros lectores. Al contrario. Les dejamos una pequeña lista de lecturas que ilustren las ideas que hemos planteado aquí (en castellano siempre que sea posible):

  • Uno de los autores que más ha inspirado en el leitmotiv de esta seria ha sido el sociólogo de la UPF Gösta Esping-Andersen. Él ha sido uno de los principales impulsores de esa idea de que “la reforma de las pensiones empieza con los niños”, o que los retos demográficos del estado del bienestar, la igualdad de género y la mejora del bienestar infantil son políticas que se solapan. La mayoría de trabajos recientes de Esping-Andersen guardan alguna relación con estas temáticas, pero aquí recomendamos “Los tres grandes retos del Estado de Bienestar
  • James Heckman es sin duda uno de los científicos sociales más influyentes de los últimos 30 años. Además de haber dedicado su vida a las relaciones de causalidad, una la mayor parte de su investigación sustantiva se ha fijado en la importancia de la educación y especialmente de su impacto sobre los primeros años de vida. Una discusión accesible y legible de estas ideas puede encontrarse en su libro “Giving kids a fair chance
  • El problema del sistema de pensiones, la longevidad está íntimamente relacionado con el futuro del estado de bienestar y el modelo de familia. Tenemos la suerte de que dos amigos de esta casa se cuentan entre los dos mayores expertos en este tema en España. Uno de ellos es Juan Manuel García González, que acaba de publicar una monografía en el CIS “La transformación de la longevidad en España de 1910 a 2009” (o este artículo publicado en la REIS ). Otro de ellos es Nacho Conde-Ruiz, cuyo libro, “Qué será de mi pensión”, es probablemente la mejor introducción al debate que hay para el contexto español.
  • En ocasiones recibo correos de gente que me pide consejo bibliográfico sobre temáticas de género sin especificar. En pasado, yo solía escribir -todavía lo hago en alguna medida. esos correos a desconocidos pidiendo consejos bibliográficos y a la hora de recomendar textos, siempre me planteo qué tipo de libro me habría gustado leer cuando yo sabía mucho menos del tema. Ante ese dilema, siempre recuerdo que un libro que cambió mucho mi forma de pensar fue “The war of sexes” de Paul Seabright. Se trata de un libro de divulgación, con muchas especulaciones hecha de forma prudentes y que traza una historia natural -desde la prehistoria hasta ahora- de los orígenes económicos y evolutivos de la desigualdad de género.

Finalmente, alguien otra inspiradora del ciclo GID ha sido sin ninguna duda la historiadora económica Claudia Goldin. Todos los artículos que he escrito sobre la evolución de la mujer en el mercado laboral han sido hecho dentro de su marco de análisis. Dos recursos para familiarizarse con sus análisis son el vídeo siguiente:

 

 

Y la siguiente entrevista en la revista de la reserva federal de Richmond, de la que me permito traducir algunos fragmentos interesantes:

Sobre la revolución silenciosa

La revolución silenciosa es un cambio en la forma en la que las mujeres jóvenes perciben los cursos que van a tomar sus vidas. Uno de los lugares dónde vemos esto es la Encuesta Nacional Longitudinal [National Longitudinal Survey], que comenzó en 1968 con las mujeres que se encontraban entre los 14 y 24 años. Una de las preguntas de la encuesta se preguntó fue: “¿Qué te parece que vas estar haciendo cuando tengas 35 años?” En 1968, las mujeres jóvenes esencialmente respondían a esta pregunta como si fueran sus madres. Ellas dirían: “Bueno, yo voy a ser un ama de casa, voy a estar en casa con mis hijos.” Algunas de las que respondieron dicen que estarían trabajando en el mercado de trabajo, pero esta fracción era mucho más pequeña que la fracción que realmente hizo terminaron trabajando fuera del hogar.

Pero a medida que estas mujeres maduraban y cohortes sucesivas fueron entrevistadas, sus percepciones sobre su futuro, sus propias aspiraciones, empezaron a cambiar. Y por ello sus expectativas de permanecer en la fuerza de trabajo cuando comenzaron a ajustarse a sus tasas de participación reales una vez que eran mayores. Eso significaba que estas jóvenes pudieron participar en diferentes formas de inversión en sí mismas; fueron a la universidad para prepararse para una carrera, no para conocer a un marido. Las mujeres de la universidad comenzaron a licenciarse en carreras que estaban suponían una inversión a un plazo más prolongado, como negocios y biología, en lugar de orientadas al consumo, como la literatura y lenguas, y aumentaron enormemente su asistencia a las escuelas profesionales y de posgrado.

Sobre los orígenes de la revolución silenciosa:

Una gran parte del empleo en el siglo 20, fuera de la agricultura, era en el sector industrial. Y trabajos de fábrica no eran particularmente buenos puestos de trabajo. Los empleos de cuello blanco, en las oficinas, se expandieron enormemente en los años 1910 y 1920, pero requerían saber leer y escribir y, posiblemente, aritmética, y las mujeres que eran mayores en aquél momento no tenían la educación para entrar en los puestos de trabajo. Y así se desarrolló una norma social contra las mujeres casadas que trabajaban. Era aceptable si era soltera, a menudo era aceptable si era una inmigrante o afroamericana, pero no estaba bien si eras mujer blanca nacida en Estados Unidos de una familia razonable, sobre todo si tienes niños.

Las nuevas tecnologías expandieron aún más la demanda de trabajadores de cuello blanco, y el movimiento de popularización de la escuela secundaria produjo un enorme incremento en la educación de la mujer durante las primeras décadas del siglo 20. Se crearon más puestos que se consideraron trabajos “buenos”, los que las mujeres jóvenes podrían comenzar después de la secundaria y seguir después del matrimonio con un estigma social muy inferior.

Sobre el futuro de la convergencia:

Mujeres y hombres han convergido en ocupaciones, en la participación en la fuerza laboral, en la educación, donde de hecho superaron los hombres – en diferentes aspectos de la vida. Uno puede pensar en cada una de estas partes de la convergencia como capítulos en un libro metafórico. Y este libro metafórico, llamado “La Gran Convergencia,” tiene que tener un último capítulo. Pero ¿qué habrá en el último capítulo?

Me aproximé a esta pregunta como un detective. No sabía lo que me iba a encontrar. Pero pensé en Sherlock Holmes, y Sherlock Holmes diría que no tiene demasiado sentido teorizar hasta que uno tiene un par de hechos. Por tanto busqué lo hecho. Y encontré dos grandes indiciones que sugería que el último capútlo, que tiene que ver con la igualdad de género por unidad de tiempo trabajado, debería caracterizarse por una mayor flexibilidad temporal y por una penalización menor para las que trabajan menos horas o en horarios particulares.

El primer indicio fue que la brecha de género en la remuneración por unidad de tiempo es muy pequeña entre hombres y mujeres cuando salen de la universidad, o incluso cuando salen de la educación secundaria. Pero luego aumenta enormemente hasta la edad de 40 años o así y, luego, para las cohortes más antiguas, la brecha empieza a estrecharse de nuevo.

La segunda pista apareció cuando miré los datos de la American Community Survey [una encuesta anual Oficina del Censo] por ocupación. Corrí una regresión gigantesca – había más de 3 millones de observaciones y 469 ocupaciones – y luego hice un gráfico con la brecha de género residual para cada ocupación separada. Yo clasifiqué cada ocupación por grupos – corporativas y las finanzas, la salud, la tecnología, la ciencia, etc. – y encontré que las ocupaciones con mayores brechas de género, condicionales a la edad y otros factores, son casi todas en los grupos empresariales y financieros. Ocupaciones con las brechas de género son más bajas en los grupos de tecnología y de ciencia, aunque la brecha también es pequeña en algunas profesiones de la salud, en particular de la farmacia.

(…)

A través de la distribución de los salarios, la gran mayoría de la brecha de género se está produciendo dentro de las ocupaciones, no entre ocupaciones. Hay un debate considerable sobre la segregación ocupacional, pero usted puede deshacerse de toda la segregación ocupacional y reducir la brecha de género por sólo una pequeña cantidad.

Entonces la pregunta es, ¿por qué hay algunas ocupaciones con grandes brechas de género y otras con brechas muy estrechos? Hay algunas ocupaciones dónde las personas se enfrentan a una función no lineal de los salarios con respecto a las horas trabajadas; es decir, la gente gana un premio desproporcionado para trabajar largas horas de forma continuada. Por ejemplo, una persona con una licenciatura en derecho podría trabajar como abogado en una gran empresa, y esa persona podría hacer un montón de dinero por unidad de tiempo. Pero si esa persona trabaja menos de un cierto número de horas por semana, el salario por hora trabajada se reduciría un poco. O alguien podría trabajar menos o más horas flexibles como consejero general de una empresa y ganar menos por unidad de tiempo que el abogado de gran empresa. Farmacia es lo contrario – aumento de ganancias linealmente con las horas trabajadas. No hay penalización por trabajar a tiempo parcial.

Empecé a pensar en un marco muy sencillo en el que la flexibilidad temporal es el tema importante y me pregunté si ocupaciones con grandes brechas de género son los que tienen relativamente altas penalidades por no poner en las horas o no asistir a la reunión o no ir a Japón para ver el cliente. Y esas son cosas que podrían ser particularmente difícil para los padres. Si las mujeres tienen una mayor carga en relación con el cuidado de niños, entonces estas ocupaciones serán las ocupaciones donde las mujeres pagan las mayores sanciones. Así que empecé a concentrarse en las ocupaciones en las que las penas eran las más bajas y preguntar qué era tan diferente de ellos.

(…)

Y de todas estas fuentes se hizo evidente que las ocupaciones con las mayores brechas de género fueron aquellos con la flexibilidad temporal menos, donde las personas son complementos uno por el otro en lugar de buenos sustitutos.

Decir que hay trabajadores que son buenos sustitutos para los demás suena como que usted les está mercantilizando. Pero puede ser cierto incluso para los propios profesionales de altos ingresos. Me dieron una nota de mi oftalmólogo después de una intervención menor que, básicamente, decía: “Es probable que nunca me veas de nuevo porque hay 20 profesionales distintos en mi grupo que puedan hacerse cargo de usted.” Y farmacia, que es mi ejemplo favorito, está muy bien pagado. Para las mujeres, la farmacia es el tercero más alto en términos de renta anual para tiempo completo trabajadores empleados. Para los hombres, es la octava más alta.