Política

Siete estampas de Gamonal

20 Ene, 2014 - - @jorgesmiguel

Con la obra del bulevar de la calle Vitoria de Burgos paralizada, parece que definitivamente, es hora de que todo el mundo se lance a sacar conclusiones apresuradas y a generar titulares campanudos que se olvidarán en unas pocas semanas. Y aquí no vamos a ser menos. Así que, a pesar de la general incomprensión e inadecuación de los marcos de referencia a la que se refería Jorge Galindo, anoto unas reflexiones sobre el tema; más sobre el contexto de la representación y la participación política que sobre la causa en sí, aunque será inevitable tocarla.

1. En la protesta de Gamonal se conjugan varios intereses, argumentos y discursos, que se han reforzado en este caso pero que no son equivalentes. Por un lado hay una oposición a una obra que no gusta a parte de los residentes -no sabemos cuántos, pero parece que un número significativo-, es decir, un NIMBY o algo muy parecido. Por otra, una concesión dudosa, con un patrón que resulta familiar y que ha documentado, por ejemplo, Nacho Escolar. Finalmente, los consabidos elementos de una crisis de representación como la que estamos viviendo en España, que permite magnificar lo que no deja de ser un problema local y proyectar sobre él todo tipo de narrativas.

2. En relación con lo anterior, Gamonal salta a la primera plana nacional precisamente porque (ante todo desde fuera de Gamonal) se proyectan sobre el caso metarrelatos que trascienden la realidad inicial de la oposición a una obra municipal. No sólo entre quienes apoyan la protesta, ya se trate de ciudadanos particulares o de medios de comunicación, sino entre las administraciones y partidarios de la obra, que tejen también una historia de guerrilleros itinerantes y violencia contra el Estado de derecho que elude las características específicas del caso (sin perjuicio de que en efecto estén presentes grupos de dudoso respeto a la legalidad).

3. Ambas narrativas, en sus modalidades extremas, se ven paradójicamente desarmadas cuando las obras se paralizan. Por un lado, si lo que estamos viviendo es una manifestación de algún tipo de fenómeno global o nacional trascendente, el abandono de una obra de rehabilitación urbana en un barrio de Burgos, es decir, el triunfo de un NIMBY con más o menos razón, no parece el tipo de acontecimiento histórico que permita poner la revolución en suspenso y sacar conclusiones de calado o cantar victoria en ningún sentido. Más que en el muy preciso de que un grupo particular ha conseguido, efectivamente, parar una obra que no quería -y las interpretaciones progresistas de este logro son dudosas. Por otro, si todo lo que hay es un Estado de derecho y una legalidad amenazados por unos pocos alborotadores, no parece que haya justificación para claudicar y abandonar del todo un proyecto recogido en un programa vencedor en las elecciones municipales. Evidentemente, unos y otros están jugando con cartas marcadas.

4. Lo que hemos presenciado también en Gamonal es el choque de varios niveles de participación política, en un contexto en el que la legitimidad relativa de cada uno aparece borrosa después de cinco años de crisis, con el 15M como un recuerdo aún presente y con un gobierno central al que se acusa de incumplir sistemáticamente su programa. Por un lado, la idea de acometer obras en la calle Vitoria parece fuertemente legitimada cuando se refleja en al menos tres programas electorales, que han sido respaldados por un porcentaje abrumador de votos. Por otro, no está claro desde fuera de Burgos hasta qué punto el desarrollo del proyecto posterior a las elecciones se ha llevado a cabo con participación amplia de actores implicados y ciudadanos del barrio, y la mayoría de las informaciones no hacen gran cosa por aclararlo (en la medida en que parecen más ansiosas por atribuir papeles en el habitual cuento ideológico de buenos y malos). Sí hay, como veíamos, algo más que indicios de que la concesión ha seguido la pauta nada infrecuente en España de favorecer a un viejo conocido. No obstante, esta dimensión del caso, ni parece suficiente (por desgracia) para desencadenar por sí misma una contestación con este eco, porque de ser así todas las ciudades de España arderían cada semana, ni ha sido en apariencia la que más se ha subrayado desde dentro, ni se resolverá con la mera paralización del proyecto (que, de hecho, suponemos que obligará a indemnizar al constructor).

5. Por paradójico o insultante que les resulte a algunos, la protesta de los vecinos de Gamonal opuestos al bulevar es legítima en el mismo sentido en que lo es cualquier actividad legal de lobby ciudadano, empresarial o del tipo que sea. Los programas electorales, incluso en una ciudad como Burgos, son grandes paquetes que luego han de ponerse a prueba al contacto con la realidad del diseño e implementación de políticas públicas, y con los juegos políticos, los intereses de los actores, las coaliciones y alianzas, etc. La competencia electoral entre programas y candidatos es una dimensión de la política, probablemente la más importante desde el punto de vista de la legitimidad de la acción de gobierno, pero ni mucho menos la única. Toda política pública afecta a un abanico de actores en diversos grados, y éstos tienen derecho a hacerse presentes en el proceso en relación a ese grado de afectación,  y a los recursos y la dedicación que estén dispuestos a poner en el empeño. Lo previsible es que unos y otra sean tanto mayores cuanto más directamente considere una parte que se lesionan sus intereses. Por eso la oposición al bulevar de Gamonal se ha hecho visible, a diferencia de los burgaleses favorables a la obra, que no deben de ser pocos a juzgar por el número de programas que recogen proyectos similares y el número de votos que han recibido. Porque, al margen de ocurrencias, las “mayorías silenciosas” existen; y votan. Esta tensión entre los intereses de mayorías y minorías, y la distinta intensidad con que unos y otros grupos perciben los costes y beneficios de una política, justifica la necesidad de hacer política más allá de las elecciones, tanto desde el lado de la administración como por parte de los ciudadanos. También ilustra algunas de las variadas razones por las que el mandato imperativo es una mala idea. (Pero intentemos recordar que es una mala idea siempre, y no sólo cuando no estamos de acuerdo con el programa ganador.)

6. Es interesante comparar la protesta de Gamonal con otra causa célebre reciente, la de la PAH y los desahucios -y ambas con las iniciativas más vaporosas del 15M. La primera ha triunfado (puede decirse ya a estas alturas) porque tenía un objetivo claro, inmediato y factible, parar las obras, y porque los perdedores no podían asumir los costes de la protesta (el Ayuntamiento), o no podían defenderse públicamente hasta las últimas consecuencias (el constructor), o bien estaban desorganizados y apenas se jugaban nada (los votantes). La repercusión obtenida fuera de Burgos ha sido un factor determinante, pero es poco probable que ésta, por sí sola, hubiera podido producir un resultado favorable de no existir una reivindicación asumible en último término por el resto de actores implicados. En cambio, la PAH contaba con una opinión pública favorable, pero no con un objetivo que los perdedores (banca, ahorradores e impositores, gobierno) estuvieran en condiciones de asumir. Por ello, ha fracasado en sus fines últimos, pero obtiene regularmente victorias tácticas o parciales en desahucios concretos, que podríamos ver como pequeños equivalentes del paro de las obras en Burgos. En el momento de escribir estas líneas leo que un grupo de unos 300 vecinos reunidos en asamblea ha decidido seguir movilizándose a pesar de la retirada del proyecto. La existencia de colectivos organizados, con vocación de permanencia en el tiempo y de trabajar en el medio y largo plazo es en principio una buena noticia desde el punto de vista del capital social. No obstante, sus retóricas, el tipo de objetivos que citan y el mismo método asambleario me llevan a sospechar del modelo organizativo escogido. Un tipo de organización que resulta familiar en nuestro país; que tiende a difuminar sus objetivos en discursos ideológicos de brocha gorda, que ha mostrado no ser muy resistente a la captura por los partidos políticos, y cuyos resultados como mecanismo ciudadano de control político no han sido demasiado brillantes.

7. Pese a que Burgos tiene cerca de 180.000 habitantes (más de 60.000 de ellos en Gamonal), otro recordatorio de este caso es que la política local tiene argumentos, actores y líneas de fractura particulares, y que a medida que tratamos de universalizar sus manifestaciones  y encajarlas en categorías prefabricadas nos alejamos de la política y nos internamos en la fantasía. Se diría incluso que algunos analistas incurren en una especie de orientalismo, por emplear la famosa fórmula de Edward Said, cuando ponen tanto ahínco en contemplar a través de anteojos coloreados una realidad que les debe de parecer insuficiente, insoportablemente banal. Porque, además, intentar convertir un problema concreto de ciudadanos concretos en un episodio de alguna fabulosa revolución global desvirtúa los intereses y las preferencias reales de los implicados de verdad en esta historia, que tendrán que seguir haciendo y sufriendo política de verdad cuando se hayan apagado los fuegos de artificio y los medios se olviden de ellos. La Historia no pasa (ya) por Burgos.

[En La España del Cid de Menéndez Pidal encontramos lo que podría ser la primera obra pública fallida, o una suerte de NIMBY inverso, de la historia de Burgos-Gamonal. En 1074, las infantas Urraca y Elvira, hijas de Fernando I y hermanas de Sancho II y Alfonso VI, trasladaron la sede episcopal de la abandonada ciudad de Oca a la iglesia de Santa María del Campo de Gamonal, en sus dominios (acta que confirmó el Cid firmando como “Ruderico Díaz”). El pelotazo de las infantas se frustró al año siguiente, cuando Alfonso cedió los palacios de su padre en la ciudad de Burgos para construir sobre ellos la catedral de la diócesis de Castilla.]