Economía

Del valor de una moneda y el problema con bitcoin

7 Ene, 2014 - - @egocrata

Un comentario recurrente en internet es que las monedas modernas, el dinero fiduciario, no están respaldadas por nada real o sólido. Desde el final del patrón oro, el dólar y el resto de divisas occidentales no están ancladas a un bien tangible, y los gobiernos y bancos centrales no tienen ningún control externo sobre cómo estas son gestionadas. Si Bernanke o Draghi quieren imprimir trillones de eurodólares en efectivo, pueden hacerlo, y nadie puede impedirlo. El valor de la moneda, la capacidad de compra del dinero que tenemos en nuestros bolsillos, está a merced de los caprichos de los bancos centrales y los políticos. Y eso, se supone, es malo.

Nunca he acabado de entender por qué es preferible tener el valor de nuestra moneda y la cantidad de dinero en circulación controlado por la cantidad de metales preciosos extraídos de la corteza terrestre en un momento determinado, pero  esta  idea que las monedas modernas no tienen nada respaldándolas es errónea. Estos días uno ya no puede reclamar 7,3 gramos de oro por cada libra esterlina en el Banco de Inglaterra, pero su valor no viene de su capacidad de ser convertida en una piedrecita brillante. Lo que da valor a la libra, y a cualquier otra moneda moderna, es que es el único instrumento reconocido por el gobierno británico como método válido para pagar impuestos.

¿Por qué es un dólar una moneda valiosa, entonces? Como dicen los americanos, por que está respaldado with the full faith and credit of the United States (completa fe y crédito de Estados Unidos). Un dólar es una deuda del gobierno americano con aquel que lo posea; el gobierno federal promete dar por bueno ese dólar para cerrar las obligaciones fiscales de un individuo con el estado. Estados Unidos no aceptará vacas, gallinas, cacahuetes o diamantes en bruto como instrumento de pago cuando recaudan impuestos; sólo aceptará dólares. Cuando la Reserva Federal imprime billetes y el Departamento de Tesoro los utiliza para pagar salarios, comprar tanques y dar prestaciones de desempleo a sus ciudadanos, entre otras cosas simplemente está emitiendo deuda que se compromete a aceptar más adelante.

Una moneda moderna, entonces, tiene un respaldo mucho más sólido que cualquier pila de lingotes decimónica. El dólar es valioso no porque el gobierno federal americano me vaya a dar oro a cambio de esos papelitos verdes, sino porque me va a aceptar esos papelitos verdes como pago de impuestos. Nos fiamos del dólar no por el volumen de reservas de oro en Fort Knox, sino porque en última distancia cada uno de esos papelitos verdes puede ser utilizado por los contribuyentes del país más poderoso de la tierra para saldar cuentas con el IRS. Mientras el mundo sea de la opinión que los taxpayers americanos generan suficiente riqueza como para necesitar dólares para pagar impuestos, el dólar será una moneda valiosa. En última instancia, el valor del euro, la libra y el resto de divisas se basa en la capacidad de sus economías de generar riqueza, y la necesidad de sus gobiernos de recaudar impuestos. Un poseedor de euros sabe que, en última instancia, el gobierno francés, alemán o italiano los aceptaran como pago de impuestos. Cualquier estado moderno no gobernado por mandriles, por supuesto, evitará destruir el valor de su propia moneda para evitar recaudar impuestos con papelitos inútiles.

El gran problema de las monedas virtuales como bitcoin es que su valor depende de su aceptación. Si yo compro un saco de bitcoins (es un decir), ahora mismo puedo utilizarlo para pagar por bienes y servicios, pero nada me garantiza que pasado mañana alguien este dispuesto a aceptar mi bits como algo valioso. No hay un emisor específico detrás de la moneda que vaya a aceptarla siempre, y no hay un ente casi inmortal con un monopolio de la violencia que pueda prometer que esos bits serán útiles para alguien en el futuro. El valor de un bitcoin depende únicamente de la cantidad de gente ahí fuera dispuesta a aceptarla como instrumento de pago. Dado que esa cantidad varía día a día según los caprichos reguladores de los gobiernos, periódicas catástrofes en sitios de intercambio, la cantidad de especuladores metiéndose en el invento a ver si sube y demás cambios ciclotímicos más o menos aleatorios, su viabilidad como moneda es dudosa.

Los defensores de bitcoin insisten que el valor de la moneda se basa en que es un recurso limitado y predecible; es valioso de la misma manera que los dominios de internet o las direcciones IP son valiosas. Eso sería cierto si sólo pudiera existir una moneda virtual, pero ese no es el caso. Las barreras a la entrada son minúsculas, y basta con ver la proliferación de competidores para entender que la oferta de bits cuidadosamente encriptados  es infinita.

Es posible que los efectos de red hagan que bitcoin o una moneda virtual específica sea dominante, pero entonces nos enfrentamos a depender de una divisa increíblemente deflacionaria que será pasto de ciclos especulativos constantes y volatilidad extrema. Como más gente utilice bitcoins, más subirá el precio; esto atraerá especuladores, invirtiendo para aprovechar esa subida; el precio se dispara, todo el mundo empezará a acumular sin utilizar bitcoins para nada (“el bitcoin siempre sube”) hasta que revienta la burbuja, el precio se desploma, y retomamos el ciclo. Los efectos de red, en este caso, refuerzan los defectos de una moneda virtual con oferta fija y finita.

Si bitcoin tiene alguna virtud, siendo generosos, es como un instrumento de pago alternativo, evitando las comisiones y semimonopolios de Visa y el resto de intermediarios en el sistema financiero. Es un sector de la economía que a menudo actúa como una élite extractiva, y no le iría mal tener cierta competencia. Un instrumento de pago, sin embargo, necesita reducir los costes de transacción para para ser eficaz, y bitcoin fracasa en este aspecto. Primero, sigue siendo complicado de utilizar. Segundo, cuando el valor de la “moneda” oscila salvajemente cada hora es muy complicado hacer transacciones con criterio. Tercero, los intermediarios financieros cumplen a menudo un papel de resolución de conflictos que bitcoin no es capaz de cumplir, dejando a las dos partes abiertas a fraude, impagos o transacciones disputadas.

Mal que nos pese, pero una moneda necesita del respaldo de un estado. Sin un “comprador de último recurso” que puede hacer un instrumento de pago abstracto útil y líquido, una moneda puede ser útil un rato, pero no es realmente estable. El hecho que incluso las divisas estatales, respaldadas por el esfuerzo de millones de personas y el poder coercitivo de una burocracia para poder extraer recursos de ellas, puedan a veces implosionar espectacularmente debería ser una pista sobre lo complicado que es mantener este invento. Si queréis un bien fijo, limitado, respaldado por algo inamovible y sólido dejad las bitcoins y el oro, y comprad un solar en el centro de Madrid. Sólo tenemos un planeta, al fin y al cabo.

Hasta que lleguemos a Marte, claro, y la oferta de terrenitos edificables vuelva a aumentar.