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Democracia interna y la “primaria invisible”

12 Mar, 2013 - - @egocrata

Aunque los medios aún no le prestan demasiada atención, las elecciones primarias para escoger los candidatos presidenciales para las elecciones del 2016 ya han empezado en Estados Unidos. No estoy hablando de primaria de votos, votantes y sondeos, eso viene luego. Aún no sabemos cuándo serán los caucus de Iowa ni las primarias en New Hampshire; los partidos ni siquiera tienen decidido cómo se hará la designación de delegados. Las primarias ahora mismo tienen lugar en las sombras, fuera del escrutinio público. Y aunque parezca mentira, son tan o más importantes que la interminable serie de votaciones en invierno del 2016.

Los potenciales candidatos presidenciales del 2016 están peleando ahora mismo en lo que se ha venido a llamar las “primarias invisibles“, el largo, arduo y lento proceso de ser un político más o menos conocido en presidenciable. Gente como Marco Rubio, Chris Christie, Rand Paul, Joe Biden, Andrew Cuomo, Martin O´Malley (para los aficionados a The Wire: Tommy Carcetti) o Hillary Clinton se van a dedicar a desfilar por decenas, cientos de eventos con notables y donantes amigos del partido, toneladas de entrevistas a medios locales y nacionales, reuniones con organizadores, consultores y activistas por todo el país y concienzudos repasos de sus historiales. El objetivo no es seducir votantes, ganar puntos en encuestas o dar grandes visiones políticas explicando su filosofía de gobierno. La principal tarea de todo político ambicioso durante la primaria invisible es convencer a los notables y élites de la maquinaria electoral de su partido que son candidatos viables.

¿Qué es un candidato “viable”? En el sentido más estricto, alguien que puede llegar a las elecciones generales y como mínimo no hacer un ridículo espantoso ante los votantes. En las primarias republicanas del 2008 hablábamos de John McCain y Mitt Romney; en el 2012 Romney, Rick Perry, el increíblemente aburrido Tim Pawlenty y el tristemente ignorado John Huntsman (lástima que el mormón de turno fuera Romney). En las primarias demócratas del 2008 probablemente hablamos de Hillary Clinton, John Edwards (recordad, por aquel entonces no se había confirmado que es un cretino) y Barack Obama. Por si no os habéis percatado, la viabilidad de un candidato tiene a menudo bien poco que ver con su experiencia profesional o credenciales políticas. En el 2008 Chris Dodd, Joe Biden y Bill Richardson tenían una hoja de servicios mucho más extensa que Obama y Edwards. En las republicanas de este año Newt Gingrich tiene un historial bastante más ilustre que los viables con la posible excepción de Rick Perry, pero eso no implica necesariamente que el partido se lo tomara en serio. Las primarias invisibles no tienen nada que ver con el historial de los candidatos, y mucho con la capacidad de estos de convencer al establishment de su facción que primero, no tienen cadáveres enterrados en el jardín, segundo que no se pasarán las primarias diciendo tonterías atroces que dejen en ridículo al partido, y tercero que si llegan a las generales no se estrellaran miserablemente.

Esto quiere decir que durante los próximos años los notables de los partidos empezarán a concentrar sus apoyos en dos o tres candidatos. En el partido republicano el tea party, la derecha religiosa, el ala moderada / renovadores y el sector pro-negocios escogerá cada uno su “paladín” de cara a Iowa y New Hampshire. En el lado demócrata probablemente veremos a Hillary Clinton y uno o dos candidatos que no son Hillary Clinton (contra todo pronóstico, los habitualmente desorganizados demócratas tienen una agenda política relativamente coherente), quizás con una alternativa ecologista. Un candidato hábil puede intentar llevarse la nominación informal de dos o tres sectores del partido (Marco Rubio aspira a ser tea party y renovador al mismo tiempo, sin ir más lejos), reduciendo el número de contendientes. En general el proceso tiene dos partes, una realmente invisible de aquí al 2014, y otro un poco más claro (pero igualmente sin votos) durante el 2015, cuando los debates de candidatos (este año hubo veinte) aclara un el panorama de forma definitiva.

A efectos prácticos, la primaria invisible hace que cuando se empieza a votar estemos hablando casi siempre de dos o tres favoritos en cada partido, con cinco o seis candidatos “de relleno” cuando se empieza a votar en Iowa. Tanto republicanos como demócratas a esas alturas tendrán un pequeño grupo de políticos con una infraestructura organizativa, capacidad de recaudar dinero y apoyo dentro del partido suficiente para poder aspirar a ganar en Iowa y/o New Hampshire. El resto tendrá  poco dinero, consultores y expertos de segunda fila y pocos amigos en las maquinarias de partido estatales, y tendrán pocas posibilidades de llegar lejos. De vez en cuando tendremos algún tipo especialmente simpático y tozudo que será capaz de sacar un buen resultado en un estado (Huckabee, Santorum), especialmente en el siempre peculiar electorado republicano. A medio plazo, sin embargo, la falta de infraestructura en estados grandes les pasará factura, y acabarán por dejarlo estar.

Este proceso, por si no os habéis dado cuenta, tiene ciertas implicaciones curiosas. Aunque el proceso de primarias puede parecer muy abierto, en realidad no lo es tanto; los notables del partido tienen una capacidad considerable de limitar el acceso a los candidatos más “experimentales” limitando su acceso a donantes y organización. Incluso alguien como Barack Obama, un outsider relativo, tenía el apoyo tácito de muchos pesos pesados (Ted Kennedy, sin ir más lejos). Uno no llega a la Casa Blanca sin pasar por un filtro muy duro y hacer la pelota a mucha gente; por mucho que el sistema sea bastante más abierto que las primarias unipersonales del PSOE, los juegos de poder siguen existiendo.

Segundo, hay dos “innovaciones” recientes que han reducido el peso e importancia de la primaria invisible. Por un lado tenemos internet como herramienta de financiación de campañas. El secreto de la campaña de Obama no fueron los social media ni nada por el estilo, sino su capacidad casi infinita de conseguir que gente  de a pie le diera dinero. Aunque el actual presidente recaudó también dinero de grandes donantes como un poseso en las generales, su victoria en Iowa el 2008 fue “pagada” gracias miles de pequeñas contribuciones. Esto, no hace falta decirlo, democratiza enormemente el proceso.

El otro cambio relevante es Citizens United, la sentencia del Tribunal Supremo que abre la puerta a donaciones casi ilimitadas de dinero privado mediante grupos independientes. A efectos prácticos esto abre la puerta a que candidatos con muy pocos donantes sean potencialmente viables, o que al menos permanezcan en las primarias durante muchísimo más tiempo. Ese fue el caso de Newt Gingrich con Sheldon (Eurovegas) Adelson, alargando estúpidamente unas primarias que nunca podría llegar a ganar. Hay muy poca gente con suficiente dinero para pagarse una campaña presidencial él solito (estamos hablando de 100 millones en primarias, mil millones en generales), ciertamente, pero uno no necesita convencer a demasiado mega-millonarios para llegar lejos.

El factor más importante, sin embargo, es que los candidatos a las primarias son tan buenos como el partido que las alberga. El partido republicano en el 2012 era poco menos que un manicomio desorganizado e irracional, y la “cosecha” de candidatos en las primarias era un fiel reflejo de este hecho. Romney ganó porque era el único tipo que no era mortalmente aburrido ni estaba loco de atar, pero no mucho más que eso. Unas hipotéticas primarias en el PSOE ahora mismo, por muy abiertas que fueran, probablemente generarían un desfile de elefantes igual o más deprimente. La cuestión no es si el partido tiene gente válida o no; es perfectamente posible que en algún lugar del partido socialista, escondido en el desván de alguna agrupación, haya un talento político excepcional, o al menos alguien que no produzca vergüenza ajena. El problema, sin embargo, es que este potencial candidato decente no tiene amigos en los lugares adecuados, padrinos con acceso a las agrupaciones, contactos en la prensa o capacidad de movilizar voluntarios, ya que no está dentro de la estructura que genera “futuribles” / candidatos viables.

Las primarias son un instrumento de selección de élites estupendo, ciertamente. Son elegantes, dan mucha publicidad a los candidatos, son efectistas y permiten que los militantes vigilen a sus líderes. El problema es que los líderes que producen son tan buenos como la estructura del partido que las utiliza, y en el caso de los partidos españoles, el panorama es a menudo bastante deprimente.

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Y sí, sé que es un artículo larguísimo de política americana para explicar una idea bastante simple sobre el estado del PSOE actual.  Ya me conocéis.