Política

House of Cards, o la política de la ambición

19 Feb, 2013 - - @egocrata

Netflix estos días ha hecho algo único: lanzar una serie de televisión con un presupuesto de 100 millones de dólares (26 episodios) directamente en internet, sin pasar por ninguna cadena tradicional. No me voy a meter en los aspectos económicos del modelo (más aquí y aquí), pero creo que es casi obligado comentar la serie en sí un poco en profundidad. House of Cards (“castillo de naipes”) es un remake de una estupenda serie de televisión británica de principios de los noventa que narra las maniobras de un miembro del parlamento británico para deponer al Primer Ministro y ocupar su lugar. La versión estrenada en Netflix lleva la historia al Congreso de los Estados Unidos, con Kevin Spacey en el papel del conspirador principal, Frank Underwood.

No me voy a detener en detalles de dirección artística, actores y demás; no soy crítico de cine, al fin y al cabo. La serie es muy buena en este aspecto. Lo que es realmente interesante, sin embargo, es la concepción de la política detrás de la serie, ver si es un retrato realista de lo que realmente sucede, y sus implicaciones.

House of Cards es una serie pesimista. Si The West Wing es una serie sobre cómo nos gustaría que fuera la política, House of Cards  es como tememos que la política es en realidad. En el primer episodio Underwood, el Majority Whip* de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, descubre que el recién elegido Presidente ha dedicido no nombrarle Secretario de Estado. Profundamente ofendido y sintiéndose traicionado, Underwood decide vengarse, y no parará de mentir, conspirar, manipular, presionar, chantajear y una larga lista de verbos altamente reprobables hasta conseguirlo. La motivación de Underwood, sin embargo, no es únicamente venganza, o al menos él no la expresa de ese modo. Su objetivo es conseguir ser alguien, llegar a ser algo, construir un legado en forma de cargos públicos y acumulación de poder político. El Presidente ha bloqueado su ambición, no su ego; Underwood se lanza a conspirar para llegar lejos, no por rencor personal.

Vaya si conspira. House of Cards es un largo catálogo de relaciones incestuosas (muy incestuosas) con la prensa, pactos con grupos de interés, mentiras, chantajes más o menos descarados, utilizar la debilidades de amigos y oponentes para beneficio propio, montajes elaborados, tácticas rastreras de comunicación pública, peloteo cínico y baboso y puñaladas traperas por la espalda. Tanto el original como el remake se inspiran explícitamente en Ricardo III (con el protagonista dirigiéndose a la audiencia incluso), con un protagonista alegremente amoral. Frank Underwood es la clase de persona que haría llorar de alegría a Maquiavelo. Un encanto.

El mundo de House of Cards es un sistema político donde casi nadie está en política para mejorar nada. Los idealistas son bufones sin flexibilidad táctica que son inmisericordemente utilizados por el resto de depredadores que habitan en el sistema. A gente como Underwood le importa un comino si una ley por la que está batallando mejorará la vida de alguien; su único interés es utilizar esa ley para mayor gloria personal y avanzar su carrera política. En House of Cards las leyes las redactan lobistas, becarios o gente del equipo de varios legisladores recién salidos de la universidad encerrados en un despacho durante días. Los políticos con futuro, mientras tanto, se pasan la vida persiguiendo periodistas, amenazándose unos a otros y conspirando sin cesar, sólo hablando de políticas públicas cuando no tienen más remedio.

Lo curioso es que aunque exagerada, la visión del mundo de House of Cards no es precisamente errónea. Las leyes en el Congreso las redactan literalmente chavales de 23-26 años en un rincón, con la ayuda inestimable de lobistas (no siempre malvados – recordad que cosas como Amnistía Internacional son también un lobby) en temas especialmente técnicos. Una cantidad deprimente de políticos saben bien poco de políticas públicas, pero saben mucho sobre recaudar dinero para campañas, hacer la pelota al jefe y hacer planes sobre su futuro político. Los idealistas, demasiado a menudo, son incapaces de conseguir aprobar nada relevante.

Lo que es más curioso aún, y que la serie captura admirablemente es que un sistema político lleno de sociópatas integrales no tiene por qué ser un sistema inoperante. Los legisladores se pasarán la vida metiéndose el dedo en el ojo y tirándose yunques en elaboradas trampas de kabuki político, pero para hacerlo necesitan crear elaborados escenarios teatrales dando la impresión de gobernar.  House of Cards es sorprendentemente realista en este aspecto: el sistema estará lleno de malnacidos, pero incluso esta gente tienen que aprobar leyes de vez en cuando, aunque sólo sea para atizarse con ellas.

Esto no quiere decir que la serie sea estrictamente realista, ni mucho menos. House of Cards es realmente estupenda capturando cuestiones de detalle (la cutrez de las oficinas de un legislador medio, el proceso de contar votos, los pases de prensa, las filtraciones, el singular poder de los guardaespaldas, el acento “quita y pon” de los políticos,  la relación con lobistas, los rituales de la política local), pero la trama es en ocasiones un tanto implausible. Sin meterme en detalles, estoy seguro que nadie en su sano juicio se fiaría de Underwood ni para limpiar los retretes del Congreso después del elaborado chantaje que intenta en el tercer o cuarto episodio, por mucho que se salga con la suya. Aunque funciona dentro de la trama y del mundo de la serie, incluso el más amoral de los políticos tienen que pretender no serlo.

Underwood es también muy listo, a veces demasiado. El peor defecto de la serie original es que su protagonista nunca cometía errores; su elaboradísimo plan de manipulación salía perfecto, sin que nada se torciera. Aunque el remake no es tan exagerado en este aspecto, con Underwood metiendo la pata más de una vez, su plan es sólido, racional y bien diseñado, con todas las piezas cumpliendo su cometido. La política, sin embargo, no funciona realmente de este modo; las circunstancias siempre son confusas, nada sale exactamente como uno cree y siempre hay imprevistos. Una serie sobre un montón de tipos improvisando salvajemente probablemente no permitiría dibujar un personaje como Underwood (aunque puede ser muy divertida), pero también estaría un poco más cerca de la realidad.

Aún así, creo que House of Cards  es una gran serie sobre el poder y cómo estamos gobernados. Los detalles tácticos, las maniobras, las conspiraciones son en el fondo un tanto secundarios; House of Cards no es una serie sobre política (o políticas públicas) sino sobre políticos, sobre la clase de gente que habita los pasillos del poder en una democracia. Frank Underwood es un ser amoral, depravado y cínico que es capaz de hacer cosas realmente buenas por motivos absolutamente despreciables. El mundo de House of Cards es un lugar poblado por gente capaz de seguir el modelo de Anthony Downs a pies juntillas, tipos obsesionados con el poder y la gloria, no por ideas. Estamos gobernados por cretinos porque la política atrae a lo peor de cada casa; Washington es un cenagal no por dinero, corrupción o fallos institucionales, sino porque está lleno de gente horrible. La democracia sólo funciona porque los sociópatas necesitan ser reelegidos cados dos, cuatro o seis años y eso les lleva a hacer la pelota a los votantes, pero poco más.

La verdad, creo que es una forma de ver la política un tanto deprimente, pero es bastante sensata. Y más si recordamos que por muy caóticos, cínicos y amorales que son los régimenes democráticos en ocasiones, realmente no hemos conseguido inventar nada mejor.

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*Para los que no leen enlaces: el Majority Whip (literalmente “látigo de la mayoría”) es el tercer legislador más importante en la Cámara de Representantes, sólo por detrás del Speaker y el líder de la mayoría. Su trabajo consiste en contar votos para aprobar legislación; básicamente perseguir legisladores recalcitrantes dentro del partido y convencer un número suficiente para sacar adelante votaciones. El retrato de House of Cards da al whip bastante más poder del que tiene realmente; en realidad el Presidente ráramente trata con él, por ejemplo, haciendo casi todo a través de su jefe de gabinete y del Speaker. En el Reino Unido solían ser muy importantes, pero aún hoy tienen más peso que en Estados Unidos.