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Por qué «Yes, Minister» es la mejor serie de política jamás vista

7 Jul, 2011 - - @egocrata

«The Prime Minister doesn’t want the truth, he wants something he can tell Parliament.»

Hoy por Twitter hemos hablado de series. Más en concreto, de series sobre política. Los sospechosos habituales han salido a la luz y han sido (brevemente) analizados, como de costumbre, cubriendo desde «The West Wing» hasta «The Thick of It«, pasando por «House of  Cards» (que he empezado a ver hoy; excelente) y «Moncloa ¿Dígame?« (el horror). Mi voto como mejor serie sobre política de la historia, sin embargo, va por una serie en apariencia menos ambiciosa: «Yes, Minister«.

Hablé de «Yes, Minister» hace unos años, pero mi opinión no ha cambiado demasiado. Es más, creo que con el tiempo y repasos sucesivos, creo que me gusta cada vez más. La serie es una sitcom relativamente convencional de la BBC de los años ochenta, centrada en la relación entre Jim Hacker, ministro de asuntos administrativos, su secretario personal, Bernard Wooley, y el secretario permanente del ministerio (y funcionario vitalicio) Sir Humphrey Appleby. De los tres, el personaje de lejos más famoso (hasta el punto de formar parte del léxico político británico) es el tercero, el siempre educado, formal, cortés y maquiavélico Sir Humphrey. La base de la serie es la eterna lucha entre políticos de carrera y funcionarios profesionales, y el alegre sabotaje burocrático del siempre amable mandarín es el centro de casi todos los episodios.

Lo que distingue a «Yes, Minister«, sin embargo, no es una exploración en clave de comedia del viejo problema de principal-agente, sino la mirada tan cínica como realista a los incentivos, actitudes y problemas a los que se enfrenta un político profesional en una democracia avanzada. Jim Hacker es básicamente un tipo decente que quiere cumplir su programa electoral y hacer la vida de sus compatriotas un poco mejor. El pequeño problema, sin embargo, es que vive en un mundo de información limitada, obstáculos heredados a veces realmente absurdos, tremendas reticencias burocráticas, sucesos imprevistos fuera de su control, un primer ministro distante que tiene a menudo otros planes y la necesidad imperiosa de seguir siendo medianamente popular para conservar su escaño.

En la serie, Hacker a menudo intenta implementar alguna medida básicamente decente (una ley de transparencia, por ejemplo) que molesta a algún sector del gobierno, opinión pública, funcionariado o una combinación de los tres. De forma casi inevitable, la historia siempre acaba con el pobre ministro teniendo que llegar a algún acuerdo medio chapucero con alguien, hacer encaje de bolillos para contentar a su jefe y a su vez pelear con su burócrata de cabecera para que la medida no acabe en un cajón o (peor) en un grupo de estudio.

En todo este proceso, todo el mundo quiere hablar con el ministro, y obviamente todo el mundo insiste que su problema es urgente, crucial y gravísimo. Sir Humphrey siempre anda intentando empujar al ministro a pedir más presupuesto; Bernard se debate entre su lealtad al ministro y su propia carrera funcionarial; los sindicatos quieren más gasto público; los ecologistas quieren bloquear proyectos; y así hasta el infinito. Hay varios episodios dedicados casi en exclusiva a cómo Sir Humphrey presenta información a su ministro, desde darle demasiada información hasta el uso creativo de adjetivos en informes (describir una medida como «valiente» es matarla de inmediato), mientras que en otros Hacker descubre con horror que algo que están haciendo es increíblemente impopular.

Más allá del control de la información, el mundo de «Yes, Minister» está lleno de imprevistos. Hacker se enfrenta constantemente a obstaculos que nadie esperaba, a menudo completamente irracionales, y tiene que improvisar salvajemente para salir del aprieto. Los políticos tienen sus planes, pero en el planeta Tierra nada parece salir como uno espera – especialmente cuando el status quo favorece a un buen puñado de gente con ganas de hacerte la vida imposible, y todo lo que hagas es un riesgo potencial.

Y por descontado, siempre está la sombra del partido. La voz de Downing Street aparece en contadas ocasiones, pero cuando suena produce pánico y terror en todos los presentes. El auténtico demonio, y fuente de todas las pesadillas de ministro y funcionario, es el ministerio de economía, y la terrible amenaza de recibir menos dinero en los próximos presupuestos. Es entonces cuando todo el mundo tiembla horrorizado, deja de liarse de tortas, y trabaja con ahinco para que el Ministerio, el bien común, no pierda peso ni prestigio. Y si para ello uno tiene que sacrificar tu idea favorita, proyecto personal o reforma ambiciosa, se hace y punto, que para algo te pagan.

Si comparamos «Yes, Minister» con «The West Wing«, la serie americana es mucho más solemne y bastante menos ridícula, pero es bastante menos realista. Nadie en política es tan increíblemente inteligente como Jed Barlett, y desde luego ningún presidente de Estados Unidos es capaz de cambiar tantas cosas con una par de discursos. Lo que «West Wing» no captura es la extrema, infinita confusión en la que vive un político de carrera en su día a día, las presiones constantes, la inacabable serie de intereses encontrados, y la necesidad casi patológica de destacar sin ofender a nadie mientras intentas mejorar las cosas. Hacker, en «Minister«, se pasa la vida en situaciones completamente kafkianas, a pesar que todo el mundo está intentando hacer su trabajo lo mejor que puede. En la Casa Blanca de Barlett, sin embargo, los problemas casi siempre son racionales (con contadas excepciones, como en Celestial Navigation, mi episodio preferido junto a In Excelsis Deo) y la situación está bajo control.

Aunque Aaron Sorkin es, probablemente, el mejor guionista en activo ahora mismo, y «The West Wing» es una de mis series preferidas, el realismo y capacidad para capturar los problemas, peleas, fustraciones y batallas diarias de un político profesional hacen que prefiera «Yes Minister». Sí, a pesar de ser la serie preferida de Margaret Thatcher, y sí, a pesar de ser mucho más conservadora. La única serie que está a un nivel parecido ahora mismo, sin ser tan buena, es la impagable «Parks and Recreation» en NBC.

La secuela, «Yes Prime Minister» es decente, por cierto, pero ni de lejos tan buena como el original. Cierro con una de mis citas favoritas, en las que Sir Humphrey describe la capacidad de acción del gobierno:

«In government, many people have the power to stop things happening but almost nobody has the power to make things happen. The system has the engine of a lawn mower and the brakes of a Rolls Royce.»