Economía

Competencia, monopolio y explotación: los básicos

30 Sep, 2012 -

Una de las principales funciones de la competencia en una economía de mercado es limitar los beneficios de las empresas. En el resto de este post voy a intentar explicar el mecanismo por el que esto ocurre. Nada de lo que sigue es en absoluto original y pueden encontrarse en cualquier libro de introducción a la micro, pero algunas de sus implicaciones sí son, tal vez, ligeramente contraintuitivas cuando el problema se aborda desde el enfoque ideológico con el que todos nos aproximamos en mayor o menos medida a cualquier problema del que no tenemos un conocimiento específico.

Cuando una empresa opera en el mercado tiene que hacer tres cosas: a) Contratar trabajadores b) Organizar esos trabajadores para producir un producto c) Vender el producto en el mercado. La fijación de precios interviene en los puntos a) y c).

Cuando una empresa quiere vender un producto, necesita convencer a los consumidores para que lo compren. Esto se puede conseguir, bien gastando más en hacer mejores productos, bien vendiéndolos a un precio menor. Analizar ambas cosas es equivalente, así que me fijaré en la segunda por ser más intuitiva y asumiremos, solo por simplificar, que todos los productos son iguales en el mercado.

Los ingresos de una empresa son el producto del número de unidades vendidas de su producto multiplicado por el precio. Subir el precio debería aumentar los ingresos si la empresa siguiera vendiendo la misma cantidad pero el problema es precisamente que, al subir el precio, la empresa ve como menos consumidores compran su producto. Por tanto, para toda empresa hay un equilibrio entre precio de cada unidad y número de unidades vendidas y el precio será tanto más alto como menos varíe la cantidad. Esta sensibilidad que tiene la demanda a la que se enfrenta la empresa al precio es lo que los economista llamamos “elasticidad” de la demanda.

¿De qué depende la elasticidad de la demanda a la que se enfrenta la empresa? Intuitivamente, se puede pensar en muchos factores. Pero si la gente deja de comprar un bien -porque es demasiado caro- será para dedicar ese dinero a comprar otros. Siempre que hablamos de fijación de precios estamos hablando en alguna medida competencia: la capacidad de los consumidores para, al subir el bien que compran de precio, irse a la competencia, es decir, la existencia de otras empresas en el mercado que vendan bienes que los consumidores perciban como sustituibles y la capacidad de los consumidores para cambiar de proveedor. Si las empresas no actúan de forma concertada para subir los precios, entonces la competencia disciplinará a cada una de las empresas manteniendo los precios bajos.

Si dos empresas producen bienes idénticos y una de ellas sube el precio, la otra capturará toda la demanda. Por eso, las dos empresas competirán hasta el punto en el que sus ingresos sean justo los suficientes para cubrir sus costes remunerando sus factores de producción. Si solo hay una empresa, al contrario, los beneficios serán artificialmente altos.

Algo muy parecido ocurre en el mercado de trabajo. Si hay varias empresas compitiendo y una de ellas ofrece un salario menor que las demás, los trabajadores preferirán aceptar las ofertas de trabajo de las demás; pero si solo hay una empresa (o de forma más realista, los trabajadores tienen habilidades específicas a una empresa o una capacidad limitada para cambiar de empresa), entonces un empresario podrá ofrecer salarios más bajos de los que ofrecería si la oferta de trabajo fuera más elástica (es decir, si los trabajadores tuvieran más opciones dónde elegir). En este caso no hablamos de “monopolio” sino de “monopsonio”.

En la práctica, los obstáculos a la competencia son legión. No se trata de ver la simplificación anterior dónde realmente solo hay una empresa. El hecho de que sea difícil cambiar de proveedor (o de empresa) porque hay costes de cambiarse o problemas legales, que haya barreras de entrada en los mercados que impide que las empresas ineficientes sean expulsadas o simplemente que exista una heterogeneidad suficiente en los productos aisla a las empresas de la disciplina de mercado. Curiosamente, históricamente ha sido la izquierda, no la derecha, la que se ha preocupado por la falta de competencia en el capitalismo. A principios del siglo pasado, el movimiento populista o la Sherman Act en Estados Unidos o la crítica marxista de las tendencias monopolísticas del capitalismo parten de esta idea.

Tradicionalmente, se diferencia entre barreras tecnológicas, estratégicas y legales. Las tecnológicas son las que nacen de la estructura de costes (a veces es más eficiente que todo el output se produzca en una sola empresa) o del funcionamiento del mercado (es posible que por ejemplo haya problemas de información). Las estratégicas son las que nacen del acuerdo de distintas empresas para no hacerse la competencia, sino acordar evitar la carrera hacia abajo en los precios (o hacia arriba en los salarios). Finalmente, los obstáculos regulatorios son los que limitan las competencia debido a reglamentaciones legales (limitaciones de horarios, monopolios legales).  Las liberalizaciones de los mercados de productos o la regulación laboral tratan precisamente de minimizar los obstáctulos a la competencia o, en caso de que esta no sea viable, suplirla con mecanismos alternativos.

Es importante entender por qué la regulación laboral y las liberalizaciones (muy importante no confundir liberalización y privatización; cualquier comentario que ponga Telefónica como contraejemplo será humillado sin piedad en los comentarios) del mercado de productos son dos caras de la misma moneda: ambas tienen por función contener el poder de las empresas. En ausencia de competencia en los mercados laborales y de productos, tenemos lo que la economista que hizo el primer análisis completo de este problema llamaba la “doble explotación del trabajo en una economía capitalista”. Los trabajadores son explotados en el mercado de trabajo porque los salarios son artificialmente bajos respecto a una situación competitiva; pero también son explotados en el mercado de productos porque el precio de los productos que pueden comprar con sus sueldos es artificialmente alto. El margen del empresario se ve doblemente ampliado: una vez como monopsonista, otra como monopolista.

Me gustaría cerrar con una pequeña reflexión sobre nuestra permanente querella con las reformas estructurales. Europa vivió durante mucho tiempo -este libro es excelente para entender esto– con una economía muy regulada. Las empresas tenían monopolios, con frecuencia legales y los sindicatos contrarrestaban la falta de competencia generando otro monopolio por su lado. Por razones de las que no hablaré en este post que ya se acerca a las mil palabras, este modelo dejó de funcionar a partir de los años 70 en una economía dónde lo que primaba era el crecimiento intensivo y la innovación tecnológica.

Pero la parte crucial es que la desregulación laboral debe ir de la mano de las liberalizaciones de los mercados de bienes y servicios. Ambas tienen el efecto de mejorar la eficiencia de los mercados -las empresas producen más y contratan más trabajadores-, pero para que la primera no desequilibre la balanza en contra de los trabajadores, es importante que vaya acompañada por reformas del segundo tipo. Estas últimas, da la sensación, son reformas de las que se habla poco y que, por lo general, son siempre vistas por izquierda y derecha como causantes de todos los males de este mundo.