Política

Defendiendo a la monarquía con falta de rigor

12 Mar, 2012 - - @jorgegalindo

Ayer, ABC mantuvo en su portada digital este artículo de opinión (pretendidamente) fundamentada en defensa de la monarquía. El texto está escrito por Ramón Pérez-Maura, adjunto al director y analista de política internacional. Hacia media tarde, unos cuantos en Twitter nos dimos cuenta de la cantidad de agujeros lógicos, filosóficos y sobre todo teóricos (de ciencia política) que plagaban la nota. Así que nos pusimos a criticarlo en Twitter. Llegado un momento, se me ocurrió el hashtag satírico #razonesporlamonarquía. A partir de ahí, el patrón hasta trending topic fue el clásico: primero, los que ya estábamos discutiendo del asunto comenzamos a utilizarlo para hacer notar, de manera sarcástica, los errores argumentativos de Pérez-Maura. El sarcasmo se extendió, y llegado un momento el hashtag pasó a ser una mezcla entre esto y discusión política encarnizada. Como siempre sucede, vamos. Esta combinación lo llevó al número 1 de los TTs en España en algún momento entre las 21h. y las 22h. Entonces, por cierto, ABC cerró los comentarios a la noticia.

Este mediodía, a través de Gonzalo Rivero (a quien de paso agradezco las respuestas a las consultas para escribir este mismo texto), me he encontrado con esta breve nota en la que el mismo Pérez-Maura, en la línea “ladran, luego cabalgamos”, afirma que:

Quizá tuve la suerte de escribir un texto que indignó a un lector de ultra izquierda.

Lamento decepcionar al autor, pero no soy un lector de ultraizquierda. Ni yo, ni los politólogos, economistas, periodistas y ciudadanos informados que el domingo discutíamos con divertida perplejidad (más que indignarnos, que no estamos para esas cosas con la que está cayendo) su escrito. El problema no es ideológico, no es de defensa de la monarquía. Hay razones de peso para defender tal institución dentro de un marco democrático constitucional, al igual que las hay para defender lo contrario. Sería, de hecho, un debate extremadamente interesante porque tocaría algo tan fundamental como la forma del Estado, que pocos niegan en España que necesita una revisión en un sentido u otro.

El problema es que el artículo de quien se autodenomina como analista político es tan erróneo que ni siquiera puede rebatirse punto por punto. La falta de base teórica y analítica que desprende requeriría, para ser completamente criticada y corregida, mencionar desde Sócrates y la polémica por su juicio y condena hasta las ideas de los pluralistas americanos como Robert Dahl, pasando por un necesario repaso a la historia de Europa entre la decadencia del Imperio Romano y la Revolución Francesa. Si del texto ha de deducirse cuál es el conocimiento del autor sobre filosofía política e historia occidental, lo mejor que puede decirse es que el embrollo que tiene es mayúsculo. Como botón de muestra, podemos coger el punto 2, probablemente el más falto de rigor de todo el artículo. Cito textualmente:

2 La Monarquía es un sistema más moderno
La República es un sistema más natural; es decir, es más elemental, más retrasada. Toda la civilización es una resta a lo natural. Todo lo que es más natural es más inferior. El reparto comunal de los bienes es más natural que la propiedad. Toda la civilización —los Reyes, la propiedad, el contrato matrimonial— implica un elemento de modernidad y es complicación y artificialismo, sobrepuestos, como freno y límite, a esas naturalidades. Como son también añadiduras a lo natural la educación, los modales o la corbata. Y precisamente por la elaboración y decantación a través de los siglos que conlleva una Monarquía, hay que entender que no está en la mano de cualquier pueblo tener una Monarquía, pero sí lo está el tener una República. Una revolución se hace en 24 horas; una Monarquía resulta de la decantación de los siglos.

Lo primero que salta a la vista es… la corbata. La idea que se desprende es que la monarquía es como la corbata o los modales: como es producto de la elaboración (ehem, “decantación”) humana a través del tiempo y partiendo de un estadio anterior definido como “natural”, esta sofisticación implica una mayor eficiencia en la forma de gobierno. Una monarquía es definida por el autor como aquella forma de gobierno que es personal, hereditaria y vitalicia (incluso esto es discutible, dada la existencia de monarquías con facetas de elección, pero dejemos tal asunto de lado). Respecto a lo que el mismo entiende por “república”, la verdad es que no queda demasiado claro. En una definición histórico-minimalista, “república” es aquel sistema de gobierno en el cual existe rule of law (las decisiones de gobierno se hacen aplicando normas conocidas y aceptadas por todos, iguales para todos, lo cual implica una ausencia de privilegios de tipo “gobierno hereditario y vitalicio”). Sin embargo, el autor parece centrarse en la definición más moderna y amplia de “república”, que contemplaría también la existencia de la elección de gobernantes a través de un sistema democrático, habitualmente mediante partidos y de manera representativa.

En cualquiera de los casos, tanto monarquía como república no son como la corbata, que ciertamente aparece en un momento de la historia (hacia 1650) para quedarse con nosotros. La primera “democracia”, como tal y saltando experimentos fallidos o de poca relevancia, sería la república ateniense. Y la primera república plena, en sentido de rule of law y democracia representativa, los Estados Unidos de América. Los sistemas de gobierno hereditarios se pierden, prácticamente, en la noche de los tiempos antropológicos. Puede decirse, grosso modo, que en la época antigua, la forma de organización política más habitual es la monarquía sagrada. Asumiendo como válida la idea del propio autor de que a más civilización diferenciada del estadio natural, mejor, nos quedamos con un seguido histórico en el cual sistemas hereditarios y no hereditarios se solapan. De hecho, estudios en profundidad de la historia del pensamiento y la organización política occidental como el el Empty Bottles of Gentilism de Francis Oakley (gracias, Jorge San Miguel) muestran un tapiz muchísimo más complejo de los cambios entre absolutismo y republicanismo del que uno podría imaginar, incorporando, por ejemplo, el habitualmente considerado como paréntesis (bárbaro) medieval al acervo necesario para construir el pensamiento político occidental moderno. Uno también puede referirse a ensayos más politológicos como el Principles of Representative Government de Manin para entender esto mismo desde una perspectiva bien distinta, pero igualmente fundamentada.

Y es que su punto de partida, el “natural”, sencillamente no existió nunca. La distinción naturaleza/cultura es poco útil por el simple hecho de que en la propia construcción biológica y anatómica del ser humano está la posibilidad de crear un sistema complejo de comunicación y gestión de la información (una cultura, vamos). Si se quiere tomar una posición “fuerte” en este sentido, lo más probable es que un análisis desde un punto de vista de genética social dé como resultado que un sistema basado en la “naturaleza” humana primaria (los genes) tenga un sesgo favorable a la ausencia de rule of law y aplicación de la ley del más fuerte. Si además añadimos un componente antropológico, la primera forma de organización protosocial fue la familia. Así que los mecanismos hereditarios o de cualquier forma de parentesco son lo primero “no natural” con lo que nos encontramos en el camino.

Aún así, el mayor problema no se encuentra en su falta de perspectiva histórica correcta (discutible), sino en la ausencia de rigor teórico. Basta una consulta al Leviatán de Hobbes o al Federalist#10 de James Madison para entender que, al fin y al cabo, la idea de montar una estructura estatal republicana y con base constitucional no es otra que la de evitar que las decisiones de gobierno sean tomadas por una facción de la sociedad que cuenta con intereses particulares y un poder mayor. En realidad, una república es una salvaguarda contra “revoluciones de 24 horas” por esto mismo, mientras que un sistema hereditario es lo que usualmente las ha provocado. Citando a Madison:

Liberty is to faction what air is to fire, an aliment without which it instantly expires. But it could not be less folly to abolish liberty, which is essential to political life, because it nourishes faction, than it would be to wish the annihilation of air, which is essential to animal life, because it imparts to fire its destructive agency.

A modo de apunte final, si bien no su creación, la formalización y generalización a todos los individuos de los derechos de propiedad y del contrato matrimonial (y probablemente de las corbatas) son patrimonio de sistemas de rule of law prácticamente por definición: la seguridad de que un contrato va a ser cumplido y la propiedad es respetada al máximo a sistemas en los cuales reina el imperio de la ley.

En definitiva, el problema con el artículo de Pérez-Maura no es su posición, sino su base y proceso argumentativo. La verdad es que no deberíamos tolerar esta clase de excesos de ignorancia cuando están disfrazados de opinión fundamentada y análisis riguroso, siendo publicados en diarios de tirada nacional y presunto respeto y solera como es el caso de ABC. Yo, al menos, no pienso hacerlo. Y si tengo que usar 1.400 palabras y un hashtag para ello, lo haré de nuevo.