Acemoglu & Ciencia recreativa & Economía & Rivolución

Daron Acemoglu y el abismo entre Sol y Tahrir

26 Oct, 2011 -

Leía el otro día esta entrevista a Daron Acemoglu en The Region dónde habla, entre otras cosas, de las transiciones a la democracia. Uno de los libros más importantes que se han escrito sobre el tema en las dos últimas décadas es probablemente su “The economic origins of democracy and dictatorship” que escribió con James Robinson. Le decía hace algunas semanas a un amigo que a Acemoglu se le podría aplicar una versión de la frase de Solow sobre Friedman de “Otra diferencia entre Daron y yo es que a Daron todo lo recuerda las tecnologías del compromiso. Bueno, a mi todo me recuerda el sexo pero intento mantenerlo fuera de mis papers”. Mi lectura de los escritos de Acemoglu sobre economía política es que todos se basan en la misma idea: entender las instituciones políticas como tecnologías del compromiso. Voy a intentar desarrollar un poco esta idea.

Todo sistema de reglas tiene ganadores y perdedores. Este supuesto está en la base de todo el aparato conceptual del grueso de la economía política seria contemporánea. Esto es algo que curiosamente es esencialmente de raíz marxista en este sentido: el proceso político es el mecanismo por el que distintos grupos sociales gestionan sus conflictos de intereses. Aunque la “visión trágica” o de que la “naturaleza es roja en diente y garra” no es exclusivamente marxista, la idea de que este conflicto es permanente, irreconciliable y que ocurre entre grupos sí. Digo curiosamente porque es algo que ni los marxistas ni los no marxistas son capaces de ver generalmente.

La idea básica de Acemoglu es que este conflicto que existe en la elección de las reglas que estructuran una economía (derechos de propiedad, sistema impositivo, etc) es la base para entender la elección de las instituciones políticas (que son el proceso institucional que genera estas reglas). Aquí entra una diferencia fundamental en su forma de entender el problema que es la disquisición entre el poder político de facto y el poder político de iure. El poder político de iure es aquél que tiene cada grupo dentro de un marco institucional dado. Una democracia con un sistema de elección de jueces muy conservador y un poder judicial muy independiente podría tener un sesgo conservador; una democracia con un sistema mayoritario puede mantener excluidas a las minorías; una dictadura militar hará que prevalezcan los intereses del ejército sobre los de los demás grupos sociales, and so on. El poder político de facto, en cambio, es aquél que ocurre al margen del sistema político establecido; por
ejemplo, el ejército tiene mucho poder político de facto por el hecho de tener las armas y cierta capacidad de influencia, de modo que en caso de haber una ruptura del sistema institucional, ellos tendrían las sartén por el mango.

La diferencia entre ambos es importante porque, mientras el poder político de iure es relativamente estable, el poder político de facto fluctúa mucho. Esto es así en parte por un problema de acción colectiva. Si pasado mañana yo quiero organizar una enorme manifestación para forzarle la mano al gobierno, es posible que tenga cierto éxito, pero típicamente ese poder será transitorio: mantener a la gente movilizada es costoso y difícil y los grandes movimientos típicamente ocurren en picos de cambio.

Para Acemoglu y Robinson esto es lo que permite explicar la consolidación de un conjunto de instituciones políticas. Pensad en una dictadura agraria –el ejemplo se puede complicar infinitamente, pero es solo para ilustrar la idea- donde el grupo que tiene el verdadero poder de influencia es el 5% de terratenientes, a costa del 95% de agricultores. Las instituciones económicas probablemente estarán estructuradas para favorecer a los terratenientes: dificultarán la movilidad de agricultores, protegerán la propiedad de la tierra, dificultarán la divisibilidad de las herencias, etc. En condiciones normales, los terratenientes han conseguido mantener un sistema para que su posición de poder sea suficientemente estable: consiguen ser moderadamente magnánimos con los agricultores para que estos no se sientan tratados de forma demasiado injusta, las cosas van soportablemente bien para todos y hay suficiente represión para que rebelarse contra el poder no sea viable.

Pero imaginemos que el poder de facto cambia de manos: viene una gran crisis económica que hace que los agricultores sufran el grueso de las pérdidas. En esta situación, organizarse e intentar subvertir el sistema es potencialmente más sencillo: cada agricultor sabe que los demás tienen el mismo problema y no va a estar solo: para mi tiene más sentido participar en una huelga si creo que la represión nos va a afectar más y por tanto es menos probable que se concentre en mi, y si sé que es más probable que tengamos éxito porque somos más. A la inversa, la cohesión de los terratenientes puede verse resentida; tal vez las pérdidas estén desigualmente repartidas, tal vez no tengan exactamente la misma percepción de la amenaza,… En esta situación hay un cambio del “poder político de facto”, desde los terratenientes hasta los campesinos.

La pregunta relevante es por qué, si lo que interesa a los agricultores es simplemente tener un sistema económico algo más justo, estos no se contentan con reformar el sistema económico. Al fin y al cabo, sería menos costoso para todos contentarse con una reforma fiscal, o un sistema de subsidios o algo similar que ayude a los agricultores. Algo interesante es la hipótesis de que, en caso de que esto sea posible será lo que veremos: si para los terratenientes fuera posible comprometerse a poner en práctica y mantener una reforma de este tipo, éstos podrían hacerlo; sin embargo, si no es posible, lo que veremos será un proceso de reforma política.

¿Por qué? La razón reside en la naturaleza transitoria del poder político de facto. Si al cabo de un tiempo la capacidad organizativa de los agricultores se vuelve peor y la cohesión de los terratenientes aumenta, típicamente estos últimos podrán renegar las promesas que hubieran hecho durante la rebelión. Hay un problema de “hold up” o de “oportunismo”. La única forma creíble de reformar el sistema económico a favor de los agricultores es reformando el sistema institucional que genera esas reglas: dejándolos votar, dándole poder político de iure. En la entrevista, Acemoglu explica lo ocurrido en las rebeliones árabes basándose en este marco: en la primavera árabe, más democracia significa también más justicia social. Esto es así porque las dictaduras árabes no eran, como dice, solo dictaduras donde la gente no votaba, sino dónde la oligarquía económica y la política eran básicamente la misma, es decir, el sistema político sesgaba sistemáticamente
las reglas a favor de un grupo de gente concreto.

Esto me lleva a la idea que me ha inspirado el post. Una de las miles de razones por las que la primavera árabe no tiene nada que ver con el 15 M tiene que ver a nivel profundo con esto. En España, los años de la burbuja inmobiliaria no han sido años de falta de democracia. No han sido años en los que políticamente una clase se haya enriquecido a costa de otra, en los que la clase política haya mantenido a un lado la demanda del pueblo o nada similar. Al contrario, han sido años dónde el paro ha caído, el empleo ha aumentado sensiblemente con la incorporación de miles de inmigrantes, las desigualdades han aumentado menos que en nuestro entorno y dónde la clase política se ha centrado en garantizar el derecho a la vivienda de la clase media –es decir, de la mayoría del electorado- a través de un conjunto de medidas obscenas desde el punto de vista económico (deducciones por compra de vivienda, facilidad para endeudarse, política urbanística, etc). Nada de todo esto se hizo contra la “voluntad del pueblo”, en
ningún sentido plausible del término, ni se habría evitado con “más democracia”. Esto me sugiere que la reivindicaciones político-electorales de la gente del 15-M, especialmente cuando pienso en los paralelos que se han hecho con la primavera árabe, totalmente equivocadas en su diagnóstico.