Continuación del artículo anterior.

El caso opuesto es, tristemente, una ley seguramente más importante: cambio climático. Hasta hace un mes, la sensación era que el Senado iba ser capaz de aprobar una reforma – la EPA amenazaba con regular las emisiones a las bravas, y la industria parece preferir una ley del Congreso que una normativa mucho más inflexible de una agencia regulatoria. La idea es que este miedo de la industria, unidas a unas cuantas concesiones de los demócratas en energía nuclear y un par de cositas sin relevancia darían los sesenta votos, y el Senado podría aprobar algo como lo que John Kerry defiende por aquí, aunque fuera bastante descafeinado.

¿El problema? Una de las “cositas” a negociar era autorizar a perforar más pozos de petróleo en aguas del Golfo de Méjico, y ese “pequeño” accidente de hace unos días ha cambiado el cálculo de forma considerable.  El vertido en el Golfo ha creado un nutrido grupo de legisladores vociferantes que se oponen (con razón**) a cualquier producción de crudo adicional. La excepción es Mary Landrieu, Senadora por Luisiana que tiene las playas hasta arriba de chapapote pero que es una especie de robot controlado vía donaciones por las petroleras, pero entendéis la idea.

La aparición de un bloque de Senadores complatamente en contra de poner más pozos en la costa suena como algo que debería aumentar la  probabilidad que una ley sea aprobada. Los republicanos, sin embargo,  tienen un fetiche increíble por perforar en todas partes como más mejor, especialmente esos aguerridos legisladores de los estados del interior – si la ley no incluye aumentar la producción en el Golfo, muchos votos necesarios para aprobar la legislación no aceptarán el consenso. Como resultado, un desastre ecológico que expone las costosísimas externalidades derivadas de consumir combustibles fósiles no han aumentado, sino disminuido la probabilidad que se apruebe una ley que reduce la dependencia en esos carburantes.

El Senado de los Estados Unidos es algo estupendo.

Una lástima, porque si bien la ley es increíblemente rebuscada y notoriamente chapucera (es lo que tiene tener que buscar consensos en el segundo manicomio legislativo más idiota del mundo, tras el pacto social español), no dejaba de ser un primer paso. Los americanos tienen una larga historia de pasar malas leyes con buenas ideas que son mejoradas según pasan los años, así que dar un primer paso, por contrahecho que fuera, era muy importante.

Lo divertido es que, en vista de cómo está el patio, puede que sea mejor ver la ley fracasar que ser triturada y suavizada buscando otro consenso. Como comenta el Economist, la EPA es una agencia independiente y su capacidad de pasar regulación elegante es limitada (no puede crear impuestos, por ejemplo), pero esa chusquez y brutalismo son más deseables que una ley aún más descafeinada. Más allá de eso, la industria probablemente detestará los cambios, así que puede que acaben implorando al Congreso un impuesto sobre emisiones antes que tener que vérselas con esos burócratas descerebrados los próximos seis años.

Lo que está claro es que el Senado americano es cualquier cosa menos coherente o vágamente funcional. Pero vamos.

(**): nota sobre la “efectividad” de performar más pozos en el Golfo de Méjico: Estados Unidos consume unos 20 millones de barriles de petróleo al día. Abrir nuevos pozos añadirán, como mucho, 200.000 barriles al día de producción adicional. Efecto en los precios, básicamente nulo. Coste ecológico, lo estamos viendo.