Herbert Simon, uno de los economistas más visionarios del siglo pasado, definió claramente la paradoja a la que nos enfrentamos en la sociedad de la información. Como la información consume la atención de sus receptores, una riqueza de información generará indefectiblemente una pobreza de atención. Y muchos oportunistas se aprovecharán de eso.

Los medios de comunicación ocupan cada vez más espacio en nuestras vidas. Hace décadas los ciudadanos les dedicábamos de promedio unas pocas horas a la semana, leyendo el periódico o escuchando la radio en familia. Pero, con la expansión de las cadenas de televisión primero y con el mundo digital después, les he hemos ido dedicando una fracción más importante de tiempo. O, dicho de otra manera, los medios de comunicación, incluyendo las redes sociales, consumen un porcentaje creciente de nuestra atención. Sin ir más lejos, tocamos de media nuestro teléfono 2,600 veces al día.

Esos millones de horas de atención son valiosísimas para los que Tim Wu llama “mercaderes de atención”. Los medios de comunicación compiten por el jugoso mercado de la atención, para luego venderla a otras empresas a cambio de ingresos publicitarios. Por un lado, ello puede tener efectos positivos sobre la independencia de los medios de comunicación, porque, cuanto más dinero privado ingresen, mayor es su independencia de los poderes políticos. Por otro, las estrategias comerciales de los medios les pueden llevar a especializarse en nichos concretos de mercado, contribuyendo a crear cámaras de resonancia donde los consumidores son expuestos a mensajes confortablemente homogéneos desde el punto de vista ideológico. Además, los gobiernos son también capaces de manipular estratégicamente la atención de los ciudadanos, ya sea a través de publicidad institucional o de hackers a sueldo que propaguen “mangueras de mentiras”.

Unos medios de comunicación libres son esenciales para el funcionamiento de una democracia. Basta que nos preguntemos quién suele descubrir los casos de corrupción o el abuso de la cosa pública. Suelen ser los medios de comunicación y no, por ejemplo, los partidos o incluso los organismos dedicados a la lucha contra la corrupción. También lo indican los datos comparados. Existe una fuerte correlación entre la posición de un país en los indicadores de salud democrática e institucional y su ubicación en los ránquines que miden tanto la cantidad de los medios de comunicación– y, muy particularmente, el número de periódicos leídos por cada mil habitantes – como la calidad de los mismos – es decir, su grado de independencia –.

Sabemos desde hace tiempo que los medios de comunicación españoles arrastran algunos lastres históricos. En cantidad, nuestro problema es la baja tasa de lectura de periódicos. Sólo la mitad de los españoles lee el periódico a diario. En Europa, son tres de cada cuatro. En calidad, nuestros medios pecan, primero, de una fuerte concentración en unos pocos grupos editoriales, gracias a una legislación favorable. En segundo lugar, los medios españoles tienen un marcado sesgo ideológico en sus líneas editoriales.

Nuestro sistema mediático cae así en la categoría de “pluralismo polarizado”. Somos plurales porque tenemos periódicos, radios y canales de televisión que reflejan todas las orientaciones políticas. Pero estamos polarizados porque los medios españoles tienen poca pluralidad interna. Los periódicos de derechas apenas cuentan con voces de izquierdas y viceversa. En contraste, los sistemas mediáticos en países anglosajones o nórdicos tienen en algunos casos menor pluralidad externa – es decir, menos medios –, pero mayor pluralidad interna. Allí, el lector de un periódico de derechas está más expuesto a opiniones de izquierda. Aquí, el mismo lector habita en burbuja donde fundamentalmente escucha una única versión de un problema político.

En el trabajo que hemos elaborado para el Informe sobre la Democracia de la Fundación Alternativas para el año 2017, vemos que, mientras el interés de los españoles por la política ha aumentado en los últimos años, la confianza en los medios de comunicación ha descendido de forma paralela a la de los partidos políticos (Gráfico 1).

 

Gráfico 1.

Fuente: CIS.

 

Sin embargo, somos uno de los países donde más gente cree en las redes sociales para distinguir los hechos de la ficción. Los españoles, para informarnos, utilizamos más las redes sociales que en otros países. Un 47 por ciento de ciudadanos conectados a internet utilizan Facebook para obtener noticias (frente a un 41 por ciento en otros países); un 32 por ciento Whatsapp (frente a un 9), un 24 por ciento YouTube (frente a un 18), y un 18 por ciento Twitter (frente a un 11). En particular, de 36 países estudiados, España se encuentra en el segundo lugar, tras Brasil, en el que un mayor número de usuarios utiliza Whatsapp como fuente de información.

La mayor dependencia de las redes sociales de los españoles está influyendo – o está siendo influida – por una forma de hacer política muy volcada hacia las redes. La evidencia anecdótica nos dice que, por ejemplo, los tweets de los políticos o sus posts en Facebook son frecuentemente discutidos en las tertulias o incluso en las noticias de los principales medios de comunicación – una práctica menos extendida en otros países europeos. El gráfico 2 recoge el número de seguidores de los cinco políticos nacionales más seguidos en Twitter en España, Reino Unido, Alemania y Suecia, ponderados por la población de cada país.

 

Gráfico 2. Número de seguidores en Twitter de las cinco cuentas políticas más influyentes.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Twitter.

 

Los políticos con más seguidores son los españoles. Después vienen los del Reino Unido, que, seguramente no por casualidad, se ha convertido también en un entorno mediático-político altamente polarizado. Una sociedad donde también han triunfado los mensajes simplistas que caben en 140 (o 280) caracteres. Recordemos las mentiras sobre los millones de libras que se ahorrarían los británicos por el Brexit y el impacto que tuvieron sobre el voto. De hecho, como han mostrado estudios posteriores, en caso de que los británicos hubieran recibido una información más ecuánime, el resultado del referéndum hubiera sido distinto. Por el contrario, en Alemania y en Suecia el impacto de los políticos en Twitter es más moderado. Aunque el establecimiento de una relación causal es complicado, tanto Alemania como Suecia son países donde el debate público se caracteriza por un menor radicalismo y personalismo, con más énfasis en las políticas públicas que en los políticos.

Por su parte, en los medios tradicionales observamos una creciente segmentación del mercado.

Siguiendo a Lluis Orriols, que encontró una progresiva la polarización en el consumo de los medios de comunicación desde 1993, el análisis de la ideología media de los consumidores de los principales canales de televisión (gráfico 3), periódicos (gráfico 4) y radios (gráfico 5) muestra que se está consolidando en nuestro país un mercado de medios segmentado políticamente. Los medios parecen ir concentrándose en una banda concreta del espectro ideológico.

 

Gráfico 3

Gráfico 4

Gráfico 5

Fuente: CIS, Post-eletctorales (2757, 2920, 3145).

 

Con lo que, si me dices el medio que sigues, es fácil deducir a qué partido, u orientación ideológica, votas, tal y como se desprende del gráfico 6.

 

Gráfico 6

Fuente: Postelectoral elecciones generales 2016, CIS (3145).

 

Si nos centramos en los consumidores de medios en Cataluña, encontramos una fuerte conexión entre el medio elegido y la preferencia por la independencia (gráfico 7). El 80% de los espectadores de TV3 y el 71% de los del canal de noticias autonómico 3/24 se declaran partidarios de la independencia. Por el contrario, los catalanes que ven cadenas de televisión de ámbito estatal son mayoritariamente contrarios a la independencia. En prensa escrita, todos los lectores de El Punt Avui y el 94% de los del Ara son independentistas.

 

Gráfico 7.  

Fuente: CEO 2017 (863).

 

¿Por qué los medios españoles parece que se especializan en nichos ideológicos concretos? Por un lado, nuestros medios pueden tener una agenda política, explícita o secreta. Pero también están sujetos a fuerzas globales que empujan hacia la polarización. Los periodistas, pensando en su carrera personal más que en la de su medio, pueden anteponer la “fama” popular a consideraciones deontológicas. Y los propios medios tienen incentivos para dar un margen de discreción a los periodistas – para que sean menos escrupulosos en el fact checking o para que deslicen sus opiniones en lugar de proveer datos sólidos –. Así reducen los costes de producción de las noticias.

En teoría, los medios de comunicación son el cuarto poder en una democracia, los perros guardianes que dan la voz de alarma frente a los abusos. Pero, por muchos estudios, sabemos que los medios de comunicación tienden a la parcialidad. Omiten información de forma selectiva, establecen la agenda de discusión, enmarcan las noticias de las noticias mediante el uso de un determinado lenguaje y recurren a fuentes de información amigas.

Estos sesgos inherentes a los medios de comunicación pueden agravarse con la irrupción de los medios digitales y las redes sociales. Como ya advirtiera Jürgen Habermas, si bien la conectividad de internet ayuda a desenmascarar y desestabilizar los regímenes poco liberales, en las democracias liberales internet puede erosionar el debate público. Las fake news se propagan más rápido que nunca.  Y, como hemos visto, en España las redes sociales tienen una fuerza especial.

Los ciudadanos, emisores y receptores a la vez, nos encerramos en ecosistemas ideológicos cada vez más aislados. Compartimos “postverdades”, chistes y arrebatos emocionales. Pues el humor y la ira mantiene el sentimiento de identidad entre los miembros de un grupo. Si te ríes o enfadas con nosotros, eres de los nuestros. Eso aumenta el temor a que nuestra democracia sea suplantada por lo que el activista que ayudó a propagar la primavera árabe, Wael Ghonim, llama “tumultocracia” (mobocracy): que los votos sean reemplazados por concentraciones violentas convocadas desde las redes sociales.

Estamos lejos de eso en España. Pero la fuerte polarización ideológica de los medios de comunicación está consolidando en nuestro país unas cámaras de resonancia donde los consumidores de unos medios tienden a dar más importancia a unos temas, o votar a unos partidos. Sin violencia, pero con poco espacio para el encuentro.