Economía

Pensionistas en lucha y el dilema de la izquierda

24 Feb, 2018 - - @egocrata

El jueves, miles de jubilados se manifestaron en toda España para reclamar pensiones dignas. Como es de esperar cuando sale gente a la calle, los partidos de la izquierda no han tardado en ponerse de lado de los pensionistas para criticar el gobierno, prometiendo nuevamente que ellos harán todo lo posible para recuperar o aumentar su poder adquisitivo.

La respuesta del gobierno del PP ha sido a la vez torpe y sensata. Rafael Hernando declaraba que dentro de lo que cabe, a los pensionistas no les ha ido tan mal durante la crisis, poco más pidiendo que se conformaran lo que tenían.

Sonar como unos insensibles es una de las especialidades del PP, pero en realidad en este caso se han quedado cortos. Si miramos los datos de Eurostat, la renta mediana de los mayores de 65 años en España aumentó un 64%, una cifra mayor que cualquier otro grupo de edad. La cifra que debería preocuparnos está en el otro extremo de la pirámide poblacional: la renta de los españoles entre 18 y 24 años sólo aumentó un 9% en el mismo periodo, está aún hoy casi 30 puntos por debajo de su nivel antes de la gran recesión.

Los números, como de costumbre, esconden una historia compleja. En el lado de los pensionistas, el aumento de la renta mediana es el fruto de la combinación entre la oleada de jubilaciones de baby boomers, que abandonan el mercado laboral con salarios mucho más altos de media que generaciones anteriores, y una tasa de substitución inusualmente generosa comparada con otros países europeos. En el lado de los menores de 24 años, la gran recesión produjo un mercado laboral salvajemente hostil a nuevas incorporaciones debido a la brutal segmentación entre empleo temporal y fijo. Si a eso le sumamos el diseño del estado de bienestar español, muy poco redistributivo, el efecto fue un hundimiento del poder adquisitivo de los jóvenes, con efectos que se extenderán durante toda su vida laboral.

La paradoja, ante estas circunstancias, es que estemos hablando tanto sobre pensiones en primer lugar. Los jubilados son el único grupo social que superó la crisis con relativa calma; nuestro sistema de pensiones es el único rincón, junto con sanidad, donde nuestro estado de bienestar es realmente eficaz. Las cifras, además, indican que España seguramente no pueda permitirse pagar mucho más de lo que paga ahora, ya que las pensiones son ya muy generosas comparadas con los salarios.

El problema son los jóvenes, y el hecho que nadie en todo el espectro parlamentario parece hacerles demasiado caso. Todos los indicadores sociales relevantes (paro, salario, pobreza, riesgo de pobreza, ahorros, estabilidad laboral, acceso a vivienda) señalan con claridad que los grandes, abrumadores perdedores de la gran recesión en España son los nacidos entre 1980 y 1995. Son la generación que se come la crisis justo cuando empezaban a consolidarse en el mercado laboral o cuando intentaban incorporarse a él. Una vez empieza la recuperación económica, no sólo compiten con sus compañeros de cohorte para subirse de nuevo al tren, sino que además lo hacen con los miembros de cohortes más jóvenes, que no tienen un bagaje de años de paro haciendo feo en su CV. El estado de bienestar español, de carácter contributivo, no les ha protegido en absoluto, y han tenido que seguir dependiendo de su familia. Tenemos una generación entera de gente que ha alargado su adolescencia hasta los 30, y apenas hablamos de ellos.

En un mundo normal donde la izquierda habla sobre desigualdad, exclusión social o igualdad de oportunidades, los jóvenes serían, de muy lejos, el tema principal de debate para las fuerzas progresistas. En España, sin embargo, los dos sindicatos de trabajadores mayoritarios han dedicado su tiempo y energía a organizar una movilización social de jubilados que ya no están en el mercado de trabajo, que han sobrevivido a la crisis relativamente bien y que tienen ingresos garantizados de por vida, o al menos mientras el sistema de pensiones sea solvente. Es una situación absurda.

El motivo, como de costumbre, es que los jubilados votan en masa y con entusiasmo, mientras que los jóvenes no. Por añadido, los que serían los verdaderos beneficiarios de la clase de reformas en el estado de bienestar, mercado laboral, sistema educativo y demás que harían que las nuevas generaciones no se toparan con una serie infinita de contratos temporales y cero oportunidades para emanciparse no tienen aún 18 años, así que ayudarles no te sirve de nada electoralmente. Empeorando el problema, el envejecimiento de la población hace que hacerles la pelota a los jubilados sea cada vez más efectivo para ganar votos, mientras que las atroces tasas de natalidad derivadas de nuestra nula capacidad para ayudar a los jóvenes hace que ayudarles sea menos atractivo a medio plazo.

Esto coloca a la izquierda, huelga decirlo, en una posición complicada. No pueden ignorar a los jubilados, porque uno no gana elecciones sin ellos. Sin embargo, ayudarles más tiene retornos más bien escasos, porque son el grupo que justamente ya están bien protegidos. Al mismo tiempo, las pensiones son la joya de la corona del estado de bienestar, así que obviamente no pueden aceptar más recortes. Toda la energía, retórica y recursos organizativos que destinan a ello, sin embargo, aumenta el riesgo de alienar a aquellos que realmente han sido excluidos y maltratados por la crisis, que ven como la izquierda, una y otra vez, se preocupa más del estado de bienestar que no verán hasta aquí 30 ó 40 años que de los problemas a los que se enfrentan ahora.

Empeorando el dilema, el sistema de pensiones actual es insostenible si no cambiamos la tendencia demográfica y el mercado laboral para los jóvenes. La reforma del 2013, tan criticada, acepta esta realidad aritmética, haciendo que las pensiones dependan no de una cifra arbitraria, sino de la capacidad de pago de la economía española. En condiciones normales, esto debería animar a los políticos a buscar maneras de aumentar esta capacidad de pago, aprobando reformas estructurales orientadas a crear un mercado laboral donde los jóvenes no tienen sueldos catastróficos, cero estabilidad y ningunas ganas de tener hijos. A la práctica, sólo hablamos de pensiones, sin mirar al problema en su conjunto.

Lo fácil, ahora, sería pedir “valor” a los políticos de izquierdas. Ignorar los pensionistas por un momento, hablar claro. Decid en voz alta que sin reformas que favorezcan a los jóvenes, concentrando recursos escasos (y el dinero recaudado tras una subida de impuestos, que hará falta) en hacer la vida fácil a familias con hijos pequeños y gente que se acaba de incorporar en el mercado laboral, el sistema de pensiones se va al carajo. Decirles a los pensionistas que no habrá más recortes, pero que el gasto público para ellos no es prioritario, ya que sus hijos y nietos lo necesitan mucho más que ellos.

Esto es también, casi seguro, políticamente suicida, así que no van a hacerlo. Ciudadanos es quizás el único partido que medio lo intenta, y lo dice bajito y escondiéndose cada vez que sale un pensionista en televisión. La única forma de impulsar esta clase de reformas (urgentes, necesarias y la verdad, bastante obvias para cualquiera que le preste atención) es mediante un pacto de estado real, duradero y que permita a varios gobiernos en sucesión implementar políticas públicas en esta dirección.

Por supuesto, eso exige altura de miras y generosidad, no postureo. Dudo que los partidos hagan nada remotamente parecido esta legislatura. Aplazaremos el problema, otra vez, hasta la próxima recesión.