Economía

Habilidades, ingenieros y movilidad social

16 Ene, 2018 - - @egocrata

Los niños, se dice, deben aprender matemáticas, ciencia, ingenieria y programación, que es donde estarán los trabajos del futuro. En un mundo donde la tecnología es cada vez más omnipresente y los robots van a empezar a eliminar trabajos tradicionales a marchas fozadas (al fin vamos a librarnos de los taxistas), educar a generaciones futuras para que sepan diseñar y construir los cacharros del futuro parece tener sentido.

Aunque esto quizás tenga cierta lógica, en realidad estamos dejando fuera una parte importante de la historia. Hace unos años Google decidió repasar y analizar en profundidad sus fichas de personal. Google sabía que todo el mundo que reclutaban era una persona brillante, pero no acababan de entender por qué algunos funcionaban bien y otros no. La intención de la compañía, famosa por sus ultra-exigentes pruebas de selección, era averiguar qué clase de empleados daban mejor rendimiento cuando eran nombrados supervisores.

El análisis, completado el 2013, consistía en revisar qué talentos y habilidades eran los que distinguían a los mejores trabajadores. La lista sorprendió a casi todo el mundo: las siete características más importantes, en orden, eran ser un buen mentor, comunicar y escuchar bien, entender las posturas de otros, empatía, pensamiento crítico, y capacidad de conectar ideas complejas. El factor menos importante era ser buen programador, la pura competencia técnica.

En un estudio posterior, Google decidió echar un vistazo a sus equipos técnicos, los grupos de científicos, programadores e ingenieros de élite que lideran la investigación y desarrollo dentro de la empresa. Google tenía dos niveles; los “equipos A”, con los mejores desarrolladores y tecnomantes de su disciplina, y los “equipos B”, compuestos por empleados que son listos pero que no eran considerados los genios dentro de la empresa.

Para sorpresa de Google, los equipos B resultaban ser mucho más productivos que los A. Los componentes de los equipos B eran más generosos, empáticos, curiosos respecto las ideas ajenas y, por encima de todo, mucho menos propensos a imponer su criterio sin debate. Es decir, que para ser un gran científico o desarrollador la habilidad técnica resultaba ser  menos importante que ser capaz de jugar bien con los otros niños en la guardería.

La empatía, comunicación, el talento para trabajar en equipo, construir consensos y mantener a todo el mundo contento forman parte de lo que los americanos llaman soft skills, habilidades “blandas”. Aunque la competencia técnica es necesaria en un sitio como Google, Apple o Boeing, no es en absoluto suficiente para conseguir resolver problemas complicados que exigen la cooperación de decenas o centenares de personas. Lo que distingue un buen ingeniero de uno mediocre no es el talento matemático o habilidad para programar, sino su capacidad para entender que no tiene todas las respuestas e implicar a todo su equipo.

Por supesto, esto suena muy bien para escuelas de negocio y MBAs variados, pero lo que nos interesa aquí no son los rollos de llevar empresa, sino sus implicaciones para políticas públicas. La primacia de los soft skills tiene implicaciones interesantes en educación y en el mercado laboral.

Sobre educación, la mención a la guardería un par de párrafos más arriba no es casual. Una de las diferencias entre un niño de clase media y uno de familia humilde es precisamente la cantidad de tiempo y recursos que sus padres en particular y el sistema educativo en general dedican a las relaciones interpersonales. No me voy a meter en temas de disciplina de clase, autocontrol y demás (otros que saben más que yo han escrito por aquí sobre el tema), pero lo cierto es que los “buenos modales” y el trabajo en equipo tienen una importancia que van mucho más allá de la moralidad burguesa y las convenciones sociales.

Esto, como de costumbre, acaba por tener un componente de clase muy marcado. Entender, respetar y ser capaz de navegar convenciones sociales en puestos de trabajo de élite es algo que parece natural para alguien que ha crecido en una familia donde los padres tienen esta clase de interacciones, pero que es rematadamente difícil de aprender sin esa clase de socialización.

Mi ejemplo favorito de esta clase de barreras es un estudio de la comisión de igualdad de oportunidades del gobierno británico del 2016, hablando de la convenciones sociales y barreras a la entrada en el sector financiero de la City de Londres. Los banqueros londinenses tienen un código de vestuario muy específico, con detalles que alguien que no vive en ese mundillo no acostumbra a comprender. Algo tan sencillo como llevar un traje mal ajustado, una corbata con un nudo poco apropiado, tener un acento no lo suficiente etonian* o (el horror) zapatos marrones basta para que no te llamen para una segunda entrevista. Si tu padre es banquero, abogado o alto funcionario y ha llevado un traje a medida toda su vida, esta clase de detalles no te son ajenos. Si eres hijo de inmigrantes pakistaníes, matemático brillante pero no hay nadie en tu familia que tiene un sastre en Saville Row, es mucho menos obvio, y te va a cerrar puertas de forma inmerecida.

Resumiendo: la igualdad de oportunidades es algo mucho más complicado de lo que parece. Acceder a un buen puesto de trabajo y prosperar en una gran empresa no es sólo cuestión de saber muchas matemáticas, derecho, ingeniería, química o programación. Es también cuestión de tener una serie de habilidades sociales “blandas” no estrictamente académicas que deben ser socializadas, como punto de partida, y ser capaz de adaptarse a las convenciones y rituales para no ser visto como alguien que “no pertenece” a un determinado nivel social o puesto de trabajo. Ninguna de estas cosas son insalvables (la educación ayuda en lo primero, liberalizar mercados y eliminar privilegios sociales en lo segundo), pero no son sencillas.

*: El inglés británico tiene fuertísimos acentos según clase social, y la discriminación sutil y cómo se socializa para hablar “correctamente” para acceder a según que puestos es algo fascinante. En Estados Unidos esto también existe (nunca verás a nadie en Wall Street hablando con acento sureño rural, vamos), aunque es menos marcado. En España tengo la sensación que está menos presente, aunque en Madrid todo el mundo que es de provincias acaba neutralizando su acento regional. En Barcelona el catalán (y el catalán “correcto”, sin acento) sí juega este papel. Pero sobre el clasismo implícito de la sociedad catalana hablaremos otro día.