Uno de los grandes temas de nuestro tiempo es la brecha generacional; jóvenes y mayores cada vez son más diferentes en términos laborales, sociales y políticos. En esto último, además, parece que además la tónica desborda nuestras fronteras porque cada vez en más países ocurre lo mismo – mayores y jóvenes cada vez votan más distinto entre sí.

Cada generación ha tenido siempre la tentación de sentirse única y especial, un pecado venial entre el adanismo y la inmodestia. Se puede entender que parezca que los tiempos que a uno le ha tocado vivir son los más interesantes. Incluso los más duros. Sin embargo, basta con ver los retos de las generaciones precedentes en nuestro país para poner esa idea en cuestión.

Hubo españoles que tuvieron que padecer la traumática Guerra Civil y las miserias de la postguerra. Las privaciones diarias fue la tónica para muchos de nuestros abuelos. La generación del baby boom, los nacidos durante los cincuenta y sesenta, afrontaron el reto de democratizar España y poner las bases económicas de un país moderno, cosa que tampoco fue fácil. Por lo tanto, si somos honestos, el derrotismo generacional parece más matizado. Por ejemplo, las generaciones de los ochenta en adelante han tenido la fortuna de disponer del apoyo de familias con cuatro veces más renta que la de sus padres.

Sin embargo, esta generación también ha tenido que pasar en los años más cruciales de su vida por dos crisis económicas. Además, el sistema no ha ayudado – casi más ha agravado – las dificultades que se derivan de esas crisis. Con una legislatura de las más duras de la historia reciente de España en términos de crecimiento de la desigualdad, el reparto de los costes ha tenido un sesgo generacional. El porcentaje de niños y jóvenes en riesgo de exclusión pasó del 29% al 36% mientras que los pensionistas, más resguardados, ganaron levemente poder adquisitivo. La situación hoy es claramente bipolar: la pobreza amenaza al 13% de los mayores, pero casi al 36% de todos los niños.

Nada parece, además, que se esté haciendo para requilibrar el ajuste. Nada para intentar recomponer el pacto generacional y borrar el rostro joven de la pobreza. Incluso el ministro de Hacienda se toma la licencia de decir que están en camino nuevas exenciones fiscales para “los contribuyentes de cierta edad”.

Aunque últimamente corremos el riesgo de quedarnos atrapados en la actualidad, pensamos que la brecha generacional uno de los temas centrales de los que hace falta discutir. Esta es la razón que nos ha llevado a escribir El Muro Invisible: Las dificultades de ser joven en España”, libro que sale a la venta el próximo jueves 23 de noviembre.

Para lectores anteriores, este libro tiene importantes diferencias con “La Urna Rota”. El primero es que, en el clásico debate politólogos-sociólogos sobre qué va primero, estos últimos han ganado. El libro comienza sobre bases mucho más materiales y de políticas públicas (policies). Solo después va girando hacia el tema político (politics), en especial los fundamentos del comportamiento de los jóvenes – pero haciendo explícita la relación entre ambos elementos.

Otro elemento es que vais a ver muchísimos más gráficos, más datos, y más citas a especialistas en la materia. Además, no es un libro tan cauto como el anterior; este es un libro que se posiciona con políticas públicas concretas y reformas en el ámbito de la vivienda, mercado de trabajo, educación o políticas sociales. Se esté de acuerdo con todas, algunas o ninguna, al menos es un punto de partida lo más aterrizado posible para discutir cómo meterle mano al problema.

Además, este es un libro que dista mucho de ser una especie de revancha generacional. Lo que se defiende es un pacto nuevo en España, justificando a fondo por qué las políticas de infancia y juventud son ganadoras tanto desde la eficiencia y desde la equidad. Es más, tampoco tratamos a los jóvenes como un todo homogéneo, sino que se busca identificar quienes están mejor y peor (incluida la perspectiva de género) dentro de esa amalgama que se ha dado en llamar los millenials.

Sobre estas tres bases, hemos elegido la metáfora del Muro Invisible. Creemos que, generacionalmente, es de lo que hablamos – de jóvenes cuyas condiciones materiales no les permite dejar de serlo, de una barrera difícil de saltar, aunque no explícita, para el desarrollo personal. De un muro, en suma, para el que vamos a necesitar bien de dinamita.

A partir de la próxima semana os empezaremos a informar con las presentaciones en diferentes ciudades; aunque el grueso está previsto para el año próximo. Todo con la esperanza de abrir un pequeño hueco para hablar de un tema capital para la viabilidad futura de un país.

No necesitamos más ladrillos en el muro.