Internacional

Otro día más en la Casa Blanca

18 May, 2017 - - @egocrata

Ayer decía que no escribía sobre Trump porque es casi imposible mantenerse al día con tanto escándalo. Las acusaciones de obstrucción de la justicia, sin embargo, parecían lo suficiente serias, absurdas y peligrosas para la Casa Blanca que casi no tuve más remedio que escribir sobre ellas, pensando que bueno, este sí que era la clase de escándalo que iba a durar y durar en los medios sin que nada le hiciera sombra.

Iluso de mí.

En las últimas cuatro horas hemos tenido tres bombas informativas en rápida sucesión sobre Trump y su peculiar forma de ser el (presunto) líder del mundo libre. Dos son parte de un mismo escándalo que lleva varias semanas coleando, el extraño nombramiento del inefable Michael Flynn como asesor nacional de seguridad. La otra es una paso adelante en la impredecible investigación sobre las relaciones de la campaña de Trump con Rusia.

Empecemos por Flynn, para recalcar la sensación de absurdo. Según el NYT, durante la transición entre administraciones tras las elecciones, Flynn avisó a Mike Pence y al equipo de Trump que estaba siendo investigado por el FBI por haber trabajado en secreto como lobista del gobierno turco  durante la campaña. Que Flynn era lobista de los turcos era ya un escándalo conocido, otro de los muchos que rodean la Casa Blanca estos días. En cualquier otra administración hubiera sido motivo de escarnio, vergüenza y ridículo constantes, pero con la cantidad de burradas diarias de esta se había convertido en una nota a pie de página. Lo que es nuevo es que el equipo de transición de Trump, dirigido por Mike Pence, sabía que Flynn estaba siendo investigado, y le nombraron asesor nacional de seguridad igualmente.

La segunda revelación sobre Flynn viene de McClatchy. La historia, en este caso, es que Flynn, 10 días antes de la toma de posesión, pidió a la administración Obama que abandonara el plan del Pentágono para capturar Raqqa, la capital de ISIS. El gobierno turco se oponía a esa estrategia. Así que Flynn, que había cobrado más de medio millón de dólares en secreto del gobierno turco, estaba siendo investigado por el FBI por ello, y había explicado a la campaña de Trump sus negocios turbios, bloqueó un ataque contra ISIS probablemente a petición del gobierno extranjero que le pagaba el sueldo.  Flynn tiene una cantidad de mierda acumulada tal como para hacer de su nombramiento algo completamente incomprensible. Que Trump estuviera intentando protegerle ante Comey es algo que a estas alturas sólo podría describir con exabruptos.

La parte divertida hoy, y la noticia realmente relevante (los escándalos de Flynn son catastróficos ellos solitos, pero de estos tenemos dos al día) es el nombramiento de Robert Mueller, ex-director del FBI, como fiscal especial para dirigir la investigación sobre Rusia.

Empecemos por explicar que es esto de un special counsel, una figura legal usada muy raramente en Estados Unidos. En situaciones en las que hay una investigación sobre las actividades de un miembro del ejecutivo o el presidente, puede ser complicado mantener la independencia del departamento de justicia y la fiscalía. En estos casos el fiscal general (o su segundo, en este caso, ya que Jeff Sessions se ha recusado al estar también potencialmente implicado) puede nombrar un fiscal especial independiente fuera de la jerarquía del departamento para que lleve la investigación sin interferencias.

Esto es lo que ha hecho hoy Rod Rosenstein, segundo de Sessions, al nombrar a Muller. Nadie obliga a la Casa Blanca o al departamento de justicia a nombrar un fiscal independiente, pero la sucesión de escándalos y el hecho que Trump había pedido directamente al director del FBI que detuviera la investigación sobre Flynn antes de despedirle había puesto al ejecutivo en una posición insostenible. Rosenstein, además, tenía motivos personales para ello: Trump lo utilizó como cabeza de turco para justificar el cese de Comey, así que el pobre hombre (un fiscal de carrera que hasta la semana pasada tenía fama de honesto) debía ir loco por limpiar su nombre y devolverle la jugada a su jefe.

La pregunta, obviamente, es cómo garantizar la independencia de la investigación. Según todos los observadores, Mueller es un burócrata ultracompetente e incorruptible, la persona perfecta para llevar el caso. Un fiscal especial, sin embargo, es un empleado del departamento de justicia y puede ser despedido por el fiscal general o el presidente en cualquier momento sin necesidad de justificación alguna. Trump podría echarle en el momento en que se ponga impertinente, echando abajo la investigación.

Sería una mala idea. Hay un precedente de esta clase de despidos: sucedió en 1973, cuando Richard Nixon despidió al fiscal especial que le estaba investigando por el caso Watergate. Diez meses después, acusado de obstrucción de la justicia, y al borde del impeachment, dejaba la presidencia. Trump ya ha despedido a tres personas que le estaban investigando (Yates, Comey y Bahara); el cuarto sería motivo de impeachment seguro.

Sobre qué va a encontrar Mueller en sus pesquisas, eso es un tema aparte. Como comentaba Josh Marshall, es perfectamente posible que la campaña de Trump colaborara con los rusos pero no cometiera ningún crimen, dado que francamente a nadie se le ocurrió tipificar colaboración con una potencia extranjera para sabotear a tu contrincante en unas elecciones presidenciales como delito. Desentrañar todo el affair ruso tiene mucho de investigación política, y eso está en manos del congreso. Los republicanos, ahora que hay un fiscal especial, van a poderse columpiar bastante en ese lado de la investigación.

Es perfectamente posible, sin embargo, que Muller se ponga a escarbar el tema ruso y acabe por encontrar delitos completamente distintos. El caso Lewinski, sin ir más lejos, empezó siendo una investigación sobre Whitewater, unas inversiones de los Clinton en los ochenta que no tenían nada de delictivo. El fiscal especial, por motivos que nadie recuerda,  acabó preguntando al presidente sobre relaciones sexuales con una becaria, y la cosa degeneró en un impeachment fallido por perjurio. Mueller quizás no pueda llevar a juicio a colaboradores de Trump a sueldo de Moscú, pero quizás acabe trincando a media Casa Blanca por obstrucción de la justicia.

Lo que parece seguro es que con este nombramiento el circo no va a detenerse. El New York Times y el Washington Post llevan meses sacando tres o cuatro bombazos a la semana, y no tiene pinta de que se vayan a quedar sin material. Un fiscal especial rondando la Casa Blanca será una distracción constante para la administración. Todo el mundo que participó en la campaña y transición va a tener que perder cantidades considerables de tiempo y dinero rodeado de abogados, intentando cubrirse las espaldas. Los republicanos en el congreso, mientras tanto, van a tener que intentar sacar legislación adelante sin el punto focal que da la agenda del presidente, complicando su trabajo.

La verdad, lo que ha hecho Trump tiene mérito. El tipo ha conseguido ganarse un fiscal especial para cubrir una sucesión de escándalos morrocotuda en menos de cuatro meses de presidencia. Muchos observadores están dando toda su agenda legislativa por perdida, mientras su partido desciende en el caos. No estoy seguro que esté acabado (hemos visto cosas tan extrañas estos dos últimos años que ya nada me parece imposible), pero no veo cómo puede salir de esta.

Llevo tiempo diciendo que Trump era tan torpe como parecía. Nunca pensé que fuera a darme la razón tan rápido.