Política

La ciencia política en tiempos de lobbying (I)

24 Feb, 2017 - - @egocrata

He comentado alguna vez (de acuerdo, lo digo a menudo) que en mi vida real en Estados Unido, trabajo de lobista. Hablé un poco de mi trabajo el año pasado por Jotdown, en un artículo donde narraba mis aventuras con(tra) la asociación de decoradores de interiores de Connecticut, y en un video por aquí, repitiendo una charla que dimos en Barcelona. Mis tribulaciones legislativas normalmente se han limitado al ámbito estatal; he hecho algo de lobbying en Washington DC, pero nada demasiado relevante. Es un trabajo curioso, y para alguien que le interese la política y las políticas públicas, absolutamente fascinante.

Es también uno de los raros lugares donde puedo decir que algo que aprendí en la carrera me ha servido para algo. La ciencia política es a menudo vista como gente hablando de encuestas, sistemas electorales y, en un buen día, sobre cómo los líderes de un partido político se atizan entre ellos. La realidad, sin embargo, es que esta es la parte aburrida de la ciencia política, donde fingimos que podemos entender qué pasa por dentro de la cabeza de los votantes. La parte interesante de la disciplina, donde realmente nos lo pasamos bien*, es en el lado de elaboración e implementación de políticas públicas. Es decir, cómo los políticos redactan las leyes, y cómo los gobiernos las ponen en práctica. Es aquí donde mucho de lo que dicen los libros y manuales resulta ser sorprendentemente relevante en el mundo real. Entendiendo que este artículo seguramente interesará a cinco lectores, aquí van unas cuantas notas sueltas sobre el tema.

Vaya por delante: Connecticut tiene un legislativo bicameral con circunscripciones uninominales. La disciplina de partido existe pero es relativamente limitada; senadores y representantes tienen bastante capacidad de maniobra. No es un parlamento a la europea, aunque algunos conceptos sean comparables.

Votante mediano:

El teorema del votante mediano normalmente se menciona al hablar de elecciones y programas electorales, pero al hablar de legisladores es cuando me ha resultado útil. La idea es muy simple: en cualquier votación, el votante que decide el resultado es el que esta justo en la mediana de la distribución de preferencias. Al hablar de estrategias electorales, este votante es un concepto casi abstracto; los políticos hablan de mil temas, y Dios sabe qué combinación de ideas colocan a un candidato exactamente en la mediana.

Las cosas son distintas cuando estás hablando sobre la votación de una ley, tu electorado se compone de 151 representantes estatales y 36 senadores, y los puedes estás persiguiendo todo el día por el capitolio del estado. En los temas que sigues de cerca (estos en mi trabajo anterior, estos donde estoy ahora) más o menos acabas por conocer la posición ideológica de muchos legisladores, y eres capaz de ordenar a los miembros de comités clave de izquierda a derecha con bastante precisión. Durante el periodo de sesiones, cuando es hora de intentar sacar adelante una ley y toca contar votos, siempre trabajas con esta información para saber a quién tiene que perseguir, quién puedes dar seguro, y qué legisladores son completamente imposibles. En otras palabras, siempre estamos buscando a nuestro votante mediano, y evaluamos cuánto a la izquierda puede ir una ley antes que nos quedemos sin votos.

Actores con capacidad de veto:

Un actor con capacidad de veto, o veto player, es un actor político que tiene la capacidad de bloquear una decisión. Es una idea que parece simple a primera vista: el gobernador puede vetar una ley, así que obviamente tenemos que prestar atención a lo que diga sobre nuestros proyectos. En la práctica, la idea de veto players de Tsebelis es un poco más sutil, y muchísimo más relevante.

En el proceso de elaboración de leyes de una cámara legislativa en Estados Unidos hay multitud de lugares donde tu pequeño proyecto de ley puede estrellarse. En Connecticut (que tiene un procedimiento legislativo relativamente sencillo comparado con el Congreso de Estados Unidos) un bill puede morir en comité si su presidente no lo lleva a debate, morir en votación en ese mismo comité, morir en un segundo (o tercer) comité si es un texto complejo que afecta varias áreas (digamos regular urbanismo, tasas y protección al consumidor), morir en la cámara de representantes si el Speaker no la lleva al pleno, morir en el pleno, morir en el senado si el presidente del comité no pide al presidente del senado que la ponga en la agenda, morir en el senado si el presidente del senado no la lleva a votación, y puede morir en el pleno del senado directamente. A todo esto, además, debemos añadir la larga sombra del gobernador, la posibilidad que la propuesta reciba un filibuster, la posibilidad que la propuesta sea víctima de un filibuster a otra ley, la posibilidad que alguien meta una enmienda en tu reluciente bill de algo sin relación alguna que cabrea a alguien y varias otras muertes arcanas, como split committees, una nota fiscal horrenda, la posibilidad que un legislador coja una malsana obsesión contra tu persona o simplemente mala suerte.

Toda esta lista, aparte de ser un terapéutico repaso de escenarios de fracasos pasados, es una muestra de la enorme cantidad de puntos de veto a los que se enfrenta cualquier ley. Cuando al empezar el periodo de sesiones dibujamos el recorrido que nuestro proyecto legislativo favorito debe recorrer (a veces una ley que hemos escrito nosotros, porque los lobistas efectivamente escriben leyes), parte de nuestra planificación es identificar cada uno de estos puntos donde el bill puede embarrancar, y qué legislador o legisladores pueden cerrar esa puerta. En otras palabras, miramos a todos los veto players a lo largo del recorrido, y calibramos si nuestra propuesta está lo suficiente cerca de sus preferencias como para que le deje pasar, o es lo suficiente insignificante como para que la ignore o decida no cabrear a un superior (el speaker, por ejemplo si lo tenemos de nuestro lado).

Es fácil darse cuenta que la existencia de veto players hace que nuestras propuestas sean distintas de lo que serían en un legislativo más sencillo. Por ejemplo, preferimos apostar por bills con contenido específico, evitando que pase por varios comités, ya que sabemos que como más compleja es una ley más difícil será sacarla adelante. Al preparar leyes que van a tener perdedores o ganadores claros (una subida de impuestos o una reforma de las asignaciones presupuestarias por educación, por ejemplo) sabemos que hay algunos distritos que más vale que salgan poco perjudicados o muy beneficiados, ya que un veto player notorio resulta ocupar ese escaño. También evitaremos incluir desesperadamente nada que puede enviar una ley a cierto comité de cuyo nombre no quiero acordarme, ya que ese es el lugar donde van a morir todas las buenas ideas en Connecticut merced de una senadora especialmente tozuda.

Más allá de nuestra brillante estrategia legislativa y nuestra capacidad de persuasión, lo que realmente importa es que una propuesta pueda andar por ese pequeño camino legislativo que dejan las diferentes preferencias ideológicas de los veto players a su paso.


Esto es todo por hoy. Para la próxima entrega, la paradoja de Arrow y el poder de controlar la agenda, modelos pluralistas (Dahl y los clásicos), triángulos de hierro, representación y grupos de interés. Con suerte, hablaremos un poco sobre implementación, que es algo al que nunca se le presta suficiente atención.

Por cierto, este año, aunque sigo trabajando en una organización que hace advocacy, no estoy registrado como lobista directamente; trabajo más entre bastidores.

*: la gente que hace comportamiento electoral dirán que lo suyo es interesante, pero no les hagáis caso.