Internacional

Tomándose el populismo en serio

18 Oct, 2016 - - @egocrata

Es difícil hablar sobre la campaña de Donald Trump. Esto no es porque sea un candidato anárquico, caótico y maleducado, o porque es bastante posible que sea, en sí mismo, una mala persona. Tampoco es cosa de su agenda política o falta de ideas, o de su falta de aprecio por la verdad, o de su total desconocimiento de cosas básicas sobre el funcionamiento del mundo.

No, es un poco más complicado que eso.

El problema al hablar de Trump es que hay mucha gente que quiere votarle,  y los sondeos parecen indicar, una y otra vez, que las motivaciones de quienes les apoyan no tienen nada de falsa consciencia de clase y saben perfectamente a quién están votando. Dylan Matthews hablaba sobre ello hace uno días, y creo que es importante recalcar lo que dice. Primero, los votantes de Trump no son “los perdedores de la globalización”. De hecho, la probabilidad de que estén sin trabajo es menor que la media, su tasa de participación laboral es más alta, su nivel de ingresos está por encima de la media, viven en regiones menos industrializadas y menos expuestas a la competencia internacional. En gran medida, son bastante parecidos al votante republicano tradicional medio en estas y otras elecciones, ya que la identificación partidista, tanto en Estados Unidos como en otros países, sigue siendo el mejor predictor de voto.

Dentro de los votantes de Trump, sin embargo, hay un detalle que debemos tener en cuenta: las bases de su partido y  cómo ganó las primarias. En la carrera por la nominación, el mejor predictor de voto por Trump era el resentimiento racial. Cuanto más anti-musulmán, anti-inmigrante y contrario a la diversidad étnica era el votante, más proclive era de apoyar al actual candidato del GOP.

Dicho en otras palabras: cuando uno mira qué quieren las bases del partido republicano y escucha lo que dicen los votantes de Trump, la realidad es que son un partido que se opone al multiculturalismo y la diversidad, y lo de la economía les importa un pimiento. Sí, de vez en cuando racionalizarán su oposición a los refugiados diciendo que los inmigrantes compiten con los nativos y deprimen los salarios (no es cierto), pero en realidad su oposición es cultural. Viven en zonas segregadas racialmente porque quieren que el país no cambie, y votan a Trump porque promete exactamente eso y nada más. En el GOP obviamente queda un número considerable de gente que están en el partido porque quieren menos impuestos, etcétera, pero el núcleo duro del trumpismo es anti-cosmopolita y punto.

Supongo que a estas alturas es obvio que estoy evitando utilizar la palabra “racismo” porque la verdad no estoy seguro que sea realmente útil o defina bien el problema. Connecticut es un estado muy liberal (progresista, en jerga política americana) donde Trump perderá por goleada, pero aún así conozco y he tenido conversaciones con multitud de votantes de Trump, y a muchos les conozco desde hace tiempo. No son “racistas” en el sentido de ir por el mundo mirando mal a negros e inmigrantes y creyendo en la superioridad del hombre blanco. No están en contra de la inmigración, y a menudo se apresuran a decirte que su padre era ruso, italiano, búlgaro o polaco. Lo que les molesta, indigna y solivianta es que estos inmigrantes de ahora lleguen a Estados Unidos y rechacen asimilarse, insistan en conservar su cultura y se ofendan cuando les digan que no pueden llevar velo, jugar a fútbol o ver telenovelas en español. Quieren un América (porque esto es América, centro del universo) ordenada, pulcra y de clase media, basada en los valores tradicionales de familia, trabajo, casas unifamiliares, misa cada domingo y tarta de manzana. Un comentario que he escuchado más de una vez hablando de política, cuando señalo el hecho que soy inmigrante y me considero hispano, es que yo no soy uno de “esos”, ya que tengo un trabajo, familia, casita con garaje y me he adaptado como es debido. Si los inmigrantes y minorías se asimilan, perfecto. Si no, pueden irse.

No sé si esta clase de actitudes son racistas o no, aunque probablemente las podemos definir así. Lo que sí que sé es que es incómodo aceptar que un segmento de la población está votando a un candidato simplemente porque están en contra de la diversidad y el cosmopolitismo. Es incómodo porque yo, siendo como soy un inmigrante, considero esta oposición como algo bastante personal, al negar mi vocación de apátrida hombre de mundo. Es también incómodo socialmente, ya que implica aceptar que los Estados Unidos que admiro y adoro, este país abierto, excepcionalmente diverso y maravillosamente rico culturalmente es visto con recelo por muchos. Y por supuesto, es incómodo políticamente, ya que exige pensar y reflexionar sobre el papel y la centralidad del multiculturalismo dentro de los valores liberales, y hasta que punto un sistema político abierto es compatible con la voluntad democrática de una parte de la población de limitar su diversidad para proteger su propia identidad cultural.

Por supuesto, estas preguntas no se limitan en absoluto a Estados Unidos. Este debate sobre las preferencias políticas del populismo es algo que vemos en Francia con el Frente Nacional, en Reino Unido con el UKIP o en Alemania con el AfD. Es algo incluso que deberíamos plantearnos, salvando las distancias, con los nacionalismos en España, tanto los periféricos como el españolismo clásico y su voluntad bien poco liberal de homogeneizar culturas.

Para otro día queda también hablar del papel de las élites haciendo que estos debates emerjan o permanezcan en segundo plano, o sobre por qué hemos no hemos visto esta clase de populismo en España hasta ahora (intuyo que el eje centro-periferia ocupa su lugar). Lo que está claro es que de Trump y los populismos conservadores seguiremos hablando durante mucho tiempo, para bien o para mal.