Economía

Qué es “ser de clase alta”

11 May, 2015 - - @jorgegalindo

La desigualdad ha crecido de manera marcada durante la crisis. De hecho, España es el país de la OCDE donde más lo ha hecho (pdf). Esto ha llevado el debate sobre las clases sociales al público de una manera insólita, al menos para la presente generación. El último añadido a la discusión lo ha traído Podemos al proponer gravar a las rentas por encima de 50.000 euros, implicando que se trata de la “clase alta” en España. ¿Pero lo es realmente? ¿Desde qué punto de vista? ¿No es acaso la clase social algo más que la renta?

El concepto de clase social es uno de los más connotados dentro de las ciencias sociales. Se trata, como veremos a continuación, de una idea multidimensional por naturaleza. Resulta imposible revisar aquí todo el debate teórico al respecto, sería como intentar abarcar dos siglos de teoría y análisis social. Sin embargo, merece la pena considerar cuatro aspectos de la discusión que iluminan ángulos necesarios para comprender a qué nos referimos cuando hablamos de clases sociales.

El trabajo como base: renta y riqueza, sector y ocupación. El origen de la discusión moderna sobre clases sociales está en la división del trabajo propiciada por el triunfo del capitalismo. Marx consolidó la dicotomía entre quienes disponen de su fuerza de trabajo y quienes, en cambio, poseen el capital. Esto viene a subrayar también la distinción entre rentas provenientes del trabajo (esencialmente el salario), rentas provenientes del capital (intereses, por ejemplo) y riqueza en sí misma. La dicotomía entre trabajadores y capitalistas fue durante mucho tiempo la base de la distinción de clase, siendo estos últimos las “altas”.

Pero durante el siglo XX las fronteras entre ambas dimensiones se difuminaron. Por un lado, muchos trabajadores comenzaron a acceder a salarios considerables en comparación con lo que estaban acostumbrados. Esto les dio la posibilidad de acumular una cierta riqueza, pequeña (vivienda, depósitos bancarios, planes de pensiones, algunas acciones incluso) pero capital al fin y al cabo. Por otro, los puestos de directivos de nivel medio y alto empezaron a abundar, dando lugar a una clase intermedia que ejercía como capitalistas pese a no serlo, disponiendo de rentas muy elevadas en forma de salario y por ello entrando a formar parte de la clase alta. Como consecuencia, la dimensión ocupacional ganó cada vez más peso en la definición de clase social. La clasificación de Goldthorpe es posiblemente la más célebre de todas las propuestas desde la sociología. Curiosamente, en los últimos años la distinción fundamental entre renta y riqueza ha vuelto con fuerza. El trabajo de Thomas Piketty es en gran medida responsable de ello. En cualquier caso, y sin entrar en la discusión académica, lo importante es destacar la doble dimensión de la clase social económica como ocupacional y también basada en la distinción entre renta y riqueza.

No es solo dinero. La clase social no es solo dinero. O no lo es inmediatamente. Al fin y al cabo, el dinero no solo se hereda, y la distinción ocupacional no viene de la nada. Por otro lado, puede argumentarse que el dinero es relevante solo en tanto que medio para disponer de una mayor capacidad de acción (eufemismo que empleo intencionadamente para evitar hablar de “poder” y meternos en un debate aún más complejo). Así las cosas, es necesario identificar qué más elementos llevan a un determinado nivel de ingresos o de capacidad de acción. Los más evidentes son el capital social o relacional (a quién se conoce, y en qué términos) y el capital cultural, que puede aproximarse por nivel educativo o por consumo de productos elaborados, siendo probablemente los libros el máximo exponente. La “posesión” de ambos abre espacios de movilidad ascendente: la “clase alta social” o “cultural” controla los códigos que dan acceso a las élites, y empieza con las relaciones necesarias para progresar.

Hoy y mañana. Este es quizá el matiz más banal, pero curiosamente también el más pasado por alto. El hecho de disponer de un nivel determinado de renta hoy no garantiza que éste se mantenga en el tiempo. Desde luego, es probable que una persona que gana 36.000 euros al año en un momento dado siga ganándolos una década más tarde. Pero no es seguro. De hecho, si pensamos en los elevados salarios que se pagaban en el sector de la construcción en la época de la burbuja en España y en cuántos de estos puestos de trabajo han sido destruidos tendremos una idea clara de qué quiero decir. Por descontado, la permanencia en el tiempo del nivel de renta está íntimamente relacionada con el resto de dimensiones: si uno dispone de un patrimonio importante es más sencillo asegurar ingresos, como lo es si el nivel educativo, social o cultural es lo suficientemente elevado. Así, la clase alta patrimonial o cultural lo tiene (muchísimo) más fácil para mantenerse en la cúspide de la estructura de ingresos.

Los ingresos no son solamente para uno mismo. Este es un matiz más metodológico que teórico. Muchas veces, en las conversaciones informales tenemos la (mala) costumbre de medir si un determinado nivel de ingresos es elevado o no comparando a individuos en situaciones familiares completamente distintas. No tiene nada que ver ingresar 30.000 euros brutos anuales siendo soltero, sin hijos y con un pequeño estudio comprado hace unos años que disponer de la misma cantidad pero con una pareja en paro y dos niños a cargo. Es por ello que la mayoría de indicadores de pobreza se aproximan al fenómeno utilizando hogares como unidad de análisis. Al revés también funciona, claro. Resulta polémico definir un determinado nivel de renta como “alta” si no existe información del entorno familiar, igual que resulta arriesgado proponer medidas impositivas sin considerarlo siquiera.

En resumen, no es del todo correcto hablar de “clase social” como una mera distinción entre personas con diferentes niveles de renta. De hecho, es un concepto tan multidimensional que las escasas líneas aquí vertidas le hacen más bien poca justicia. Pero al menos ahora podemos interpretar el siguiente gráfico, que muestra los ingresos medios en bruto del top 10%, 5% y 1% que más gana de España para las últimas tres décadas, así como la media para el conjunto de la población. A la derecha se ofrecen también los datos para 2012, incluyendo no solo las medias sino los umbrales para cada uno de los niveles. La fuente de los datos es la World Top Incomes Database realizada por Tony Atkinson, Facundo Alvaredo, Thomas Piketty y Emmanuel Sáez. Hay otras posibles fuentes, cierto, pero esta tiene la ventaja de ser netamente individual (lo que permite contrastar el dato con la manera de pensar sobre la renta de la mayoría de nosotros en el día a día), de abarcar un gran periodo de tiempo y de permitir comparaciones internacionales.

 

clasealta

Una lectura rápida de estos datos lleva a afirmar que sí, que 50.000 euros es clase alta. Y en términos de renta, lo es. La verdad es que dado el nivel de los salarios en España, disponer de 54.000 euros anuales ofrece una seguridad al alcance de pocos. Quien piense lo contrario creo que no conoce demasiado bien la realidad del país.

Ahora bien, es necesario introducir los matices enunciados más arriba. Cuán diferente es disponer de esos ingresos, por ejemplo, viviendo con una pareja con una renta similar, disponiendo de un patrimonio de 1.2 millones de euros en forma de bienes inmuebles y acciones, habiendo realizado ambos estudios de nivel de master en universidades de los Estados Unidos. Muy distinto es, decía, disponer de los mismos ingresos para una familia de tres hijos que vive de alquiler y no dispone de propiedades, donde la madre es profesora universitaria y el padre aún está terminando el doctorado, ambos son los primeros de su familia en sacarse una carrera y disponen de algo extra temporalmente porque les está yendo bien con alguna consultoría y con un libro que él acaba de publicar.

La moraleja es que el fenómeno de clase es profundamente complejo aunque solo nos centremos en el aspecto directamente monetario. Así que, pese a que valores como “50.000 euros al año” puedan considerarse como “altos”, esto no significa necesariamente que una reforma fiscal deba tasarlos indiscriminadamente, ni siquiera si el objetivo de la misma es generar una mayor igualdad. Si el fenómeno es multidimensional y complejo, la política y el debate en torno a la misma ha de ir en consonancia.