Política

De la paz a la guerra

19 May, 2014 - - @kanciller

Uno de los mejores libros que me he leído últimamente es “1914: De la Paz a la Guerra”, una obra mayúscula de la historiadora y académica Margaret MacMillan (aquí una entrevista en ABC). Os lo recomiendo para este verano. No solo porque este año cumplamos el centenario de la Gran Guerra, la brutal gran conflagración europea que se llevó por delante a nueve millones de combatientes, y sea el momento apropiado para recordar cómo se llegó a aquella situación. No solo por la estupenda y copiosa documentación que aporta MacMillan, la cual hace que te imbuyas de la lógica y sociedad de aquel tiempo. No solo por su estilo de escritura ameno, que mantiene genialmente el ritmo y hace que ningún momento caigas en el tedio (potencial) de un tema que nos parece tan lejano hoy. Para mí, el principal valor que tiene el libro de MacMillan es el enfoque con el que trata el propio estallido de la guerra: explicarla desde lo contingente.

Normalmente los legos en historia solemos tener una aproximación lineal a la misma – y por tanto, equivocada. Muchas veces vemos la historia, y quizá es fallo de cómo la hemos estudiado en el instituto, como la sucesión de “una cosa tras la otra”. Llegan los romanos, conquistan, derrotan Cartago, auge de la república, inevitable caída en la dictadura de César, Imperio… Una fenomenología que parece movida por una mano invisible, o quizá fuerzas incontenibles de la historia. Si los romanos conquistaron a los griegos es porque eran mejores, y así tenía que pasar, como si fuera una superación hegeliana de la contradicción. Este libro rompe drásticamente con eso. Lo que más me ha gustado del libro de MacMillan es que en su relato de los sucesos que nos llevaron a la crisis y guerra de 1914, lo contingente, es decir, lo que puede pasar o no, es central.

En el libro se nos sitúa ante una gran pluralidad de explicaciones para la guerra; la división de Europa en bandos hostiles, la carrera armamentística, los rígidos planes militares, las rivalidades económicas o las escaladas coloniales jugaron un papel importante. Las ideas nacionalistas y del darwinismo social están en boga, las opiniones públicas cada vez juegan un mayor papel y al auge del movimiento obrero intensifica el miedo de la vieja sociedad aristocrática. El imperio austrohúngaro quiere sobrevivir a sus tensiones nacionales, Reino Unido teme el declive, Alemania busca su lugar en el mundo, Rusia o Francia y quieren (y a la vez temen) la revancha ¿No podría servir la guerra, además, para cohesionar a sus países? Todo eso parece arrastrar a la inevitabilidad del conflicto. Sin embargo el libro se rebela contra esta idea y plantea, de manera sugerente, una pregunta distinta ¿Por qué la paz que había durado hasta entonces no se prolongó? Al fin y al cabo, la tecnología hacía la guerra cada vez  más mortífera, el arbitraje era más común y las relaciones comerciales entre los países, más intensas.

Y es que hubo gran número de crisis previas en Europa (Marruecos, Balcanes) que podían haber llevado a la guerra pero no lo hicieron. Siempre hubo un momento en el que los líderes podían decir sí o no. Es justo en este punto en que MacMillan entra en lo definitorio; la propia personalidad del centenar de políticos, monarcas o gobernantes europeos que tenían en sus manos el destino del mundo. Para mi el libro ofrece toda su riqueza presentándonos como las personalidades de los individuos, sus decisiones y caracteres, al interactuar con sus prerrogativas y decisiones, desencadenaron el fatal desenlace. Por ejemplo, si el kaiser, con su personalidad débil y arrogante, hubiera estado en una monarquía constitucional, su impacto en este desenlace habría sido menor. Pero en la Alemania Guillermina, donde sus poderes eran amplísimos, sus actitudes personales fueron las desencadenantes, por ejemplo, para una creciente hostilidad entre su país y Gran Bretaña.

Las fuerzas, las ideas, los prejuicios, las instituciones y los conflictos fueron importantes. Cada crisis internacional solidificaba más los bloques, aumentaba las suspicacias e incrementaba la desconfianza. Pero hubo unos líderes que no tuvieron el coraje para decir no y evitar el sometimiento a esas presiones. Unos líderes que estaban insertos, justamente, en ese contexto social del que hablaba antes, tan importante entender, y que MacMillan presenta de manera muy amena. Eso sin olvidar que si las personas son importantes la desorganización, el azar, la estupidez o los errores de cálculo son parte del juego.

Este libro permite, además, extraer lecciones interesantes. Si asumimos que ningún fenómeno es inevitable en política, que (con más o menos margen) tienen algo de contingente, podemos entender mejor el mundo que nos rodea. Algo fundamental de rescatar la idea de política pasa por no aceptar que macro explicaciones sociales o agentes externos pre-políticos (Dios o la Historia) determinan el curso de los acontecimientos humanos. Pasa por entender que quienes están al frente de nuestras instituciones importa mucho y, como mucho más modestamente intentamos defender aquí, puede ser la diferencia entre la libertad o la tiranía, la pobreza y la prosperidad o incluso, entre la guerra y la paz.