Un post ligero (según se mire) para este caluroso primer domingo del verano. Como una porción no pequeña de los nacidos en los años 70, las paraciencias y muy particularmente los OVNIs fueron una presencia constante en mi infancia. En casa no faltaban los libros de Von Däniken, Berlitz, Von Butlar o Benítez; Fernando Jiménez del Oso era una figura casi tan reconocible en el televisor como Rodríguez de la Fuente, y los medios “serios” informaban con sorprendente asiduidad de casos más o menos estrafalarios de avistamiento o contacto. E.T. es el primer gran acontecimiento cinematográfico del que tengo un recuerdo claro y, durante la EGB, cuando algún profesor organizaba un debate en horas descolgadas del curso escolar, la existencia o no de los OVNIs era uno de los dos o tres asuntos que no solían faltar.

No obstante, yo dejé de “creer” en platillos volantes -como también en otro tipo más respetable de seres extraterrenos- relativamente pronto, cuando hacia los doce o trece años leí La tragedia de la luna de Isaac Asimov y volví a ver en vídeo la serie Cosmos de Carl Sagan. Me imagino que gran parte de mi generación y de las precedentes experimentó un parecido proceso de extrañamiento hacia el fenómeno, quizás menos nítido y radical, a medida que se internaba en la adolescencia y la edad adulta; sobre todo porque, con la entrada de los años 90, los medios serios dejaron de reportar sobre estos temas y se operó una especie de modesto “segundo desencantamiento del mundo”. De repente, las paraciencias habían regresado a la marginalidad que abandonaron tímidamente en la Guerra fría, y tras el clímax de los años 70 en España, cuando parecía que no había semana en que algún humanoide con traje espacial no se dejase ver en algún pueblo perdido del país. Ahora, cuando saltaban a los telediarios o las páginas de los periódicos era entre medias sonrisas y en forma de astracanada, como la rocambolesca historia de la “autopsia” filmada de Roswell.

Bien, lo que me interesa señalar de esto es que no se produjo sólo un extrañamiento personal e incluso generacional, sino que desde finales de los ochenta hay una constatable “pérdida de fuelle” del fenómeno, como si los propios extraterrestres hubieran dejado de creer en sí mismos. El hecho es que los OVNIs desaparecieron de los medios y de cualquier discurso con pretensiones mínimas de seriedad. Que yo recuerde, el último gran caso publicado con riqueza de detalles en la prensa española fue el “aterrizaje” de Voronezh en 1989, en pleno proceso de desintegración del bloque soviético. Después de Voronezh y de la gran oleada belga de 1989/90, el fenómeno parece refugiarse en manifestaciones cada vez más “espiritualistas” como las abducciones o las hipótesis extradimensionales: lo que, estoy de acuerdo con Eduardo Zugasti, determina una decadencia de lo que en su edad de oro había sido una mitología básicamente materialista, poblada por platillos metálicos con escalerillas y alienígenas de clara aunque estrafalaria corporeidad. Paradójicamente, son los años de esplendor de una serie como Expediente X, cuyo episodio “Jose Chung’s From Outer Space” me parece uno de los retratos más irónicos y certeros del fenómeno OVNI.

Insisto, es difícil hoy comprender lo que el mito OVNI ha significado en la segunda mitad del S. XX, y hasta qué punto ha permeado el imaginario colectivo. La renovada popularidad de ciertos programas de divulgación pseudocientífica no oculta una pretensión de respetabilidad que lleva a distanciarse de la desprestigiada “hipótesis extraterrestre” y los convierte en poco más que ejercicios nostálgicos (uno más de una generación, la mía, que parece adicta a ellos); mientras que versiones más arriesgadas y desquiciadas están teñidas de una dudosa y populista radicalidad política y, a falta de la clara dicotomía de la Guerra fría, se encaminan por los viejos derroteros del conspiracionismo de los Sabios de Sión, sazonado con notas de AAT e improbables razas reptilianas, un producto apto sólo para semi-cultos y desclasados de la educación. La bancarrota intelectual del esoterismo, desde el ocultismo ilustrado del final del Antiguo Régimen, pasando por el espiritismo de salón burgués en el XIX y los relatos espaciales de la clase media de la posguerra mundial, es clara. La mitología clásica del platillo volante era, como señalaba arriba, y a pesar del mensaje mesiánico que solía impregnar buena parte de las interpretaciones, esencialmente materialista, fisicalista, mecánica; es decir, una modalidad de creencia propia de una sociedad industrial que se asomaba al universo con el aliento épico de la “carrera espacial”. Y su derrumbe en unos pocos años entre finales de los ochenta y principios de los noventa parecería tener pocos parangones en la historia. Pero lo cierto es que sí los tiene.

Entre los siglos XV y XVIII, un número indeterminado de europeos entre los 40.000 y 60.000 murieron acusados de brujería. Durante este período, el fenómeno de la brujería fue lo bastante importante como para mediatizar los discursos públicos, desviar una cantidad significativa de recursos para combatirlo -apenas compensada por la requisa de las propiedades de los condenados- y dar lugar a verdaderos regímenes de terror en los que cualquiera podía ser denunciado por su vecino -y lo era con cierta asiduidad. De la misma manera que nadie parecía a salvo de  tener un “encuentro en la tercera fase” en alguna carretera perdida entre 1950 y 1990, nadie en Europa, especialmente en las clases populares y rurales, estaba a salvo de sufrir la brujería o a los cazadores de brujas en aquellos siglos terribles. Después, en el plazo de unas pocas décadas, las brujas dejaron de ser un problema acuciante y acabaron volatilizándose como si nunca hubiesen existido. “Para cuando comience el siglo XVIII -escribe Antonio Escohotado en Historia general de las drogas– casi nadie instruido en Europa duda de que la espantosa peste durará ni más ni menos tanto como logren subsistir los procedimientos -inventados cuatrocientos años antes- para suprimirla muy urgentemente”.

Al margen de la interpretación moderna que prefiramos, desde las clásicas que se refieren a los vínculos con la Reforma protestante o a la aspiración de control del clero; o la no muy satisfactoria de Marvin Harris que hace de la brujería un chivo expiatorio ante las penurias económicas y válvula de escape para evitar el estallido de los grandes movimientos milenarios que habían plagado los últimos siglos medievales; sin olvidar la realidad de los fenómenos de apostasía rural y consumo de drogas chamánicas de los que habla Escohotado… un hecho permanece: durante más de 300 años, la brujería fue percibida oficial y popularmente en Europa como algo real. Recordemos el teorema de Thomas. Antes de ese período, la creencia en brujas estuvo condenada oficialmente como supersticiosa -es decir, que alguien podía ser condenado por creer en brujas, no por serlo-; después, las autoridades y el pueblo sencillamente se fueron olvidando de las brujas hasta que éstas pasaron a ser un mero elemento del folklore (como previsiblemente los platillos volantes).

Es cierto -siempre que ud. no crea en conspiraciones mundiales ni hombres de negro– que, en el caso de los OVNIs, las autoridades no se han embarcado en un experimento de control social comparable a los procesos por brujería, que indudablemente contribuían a la virtual existencia del fenómeno forzando confesiones bajo coacción y tortura y generando un clima de miedo. No obstante, las elites políticas, militares y sociales mostraron durante años interés por los OVNIs y cierta tolerancia hacia la hipótesis extraterrestre, prestándoles cierto marchamo de legitimidad; y también es probable que, al menos en algunos casos, la mitología extraterrestre haya servido de tapadera de experimentos y operaciones militares. Pensemos asimismo en la influencia omnipresente de la cultura de masas a la hora de conformar los relatos y las interpretaciones incluso de las experiencias más comunes de la vida cotidiana. Pero, en cualquier caso, a donde quiero llegar es a la importancia de la percepción social del fenómeno para su perpetuación y para su misma conformación. Los europeos de la edad moderna veían brujas porque creían en brujas -y tenían buenos motivos para ello. De la misma manera, los hombres de la segunda mitad del S. XX han visto OVNIs porque creían en los OVNIs.

Cuando uno revisa la mayoría de los relatos clásicos de avistamientos y contactos, lo que llama la atención no es lo exótico del fenómeno, sino muy al contrario su aspecto netamente humano. Las “naves espaciales” tienen ventanillas, remaches y escalerillas. Los “extraterrestres” usan escafandras y tienen ojos, boca, brazos y piernas. Cuando los visitantes transmiten algún mensaje, suele destilar un inconfundible aroma a humano -y pedestre- lugar común utópico. Hace poco tuve oportunidad de escuchar el testimonio de Fernando Cámara, piloto de caza involucrado en el incidente de Manises, uno de los casos más importantes de la ufología española. Según el militar, el objeto extraño “iluminó” en cierto momento su avión Mirage F-1 con un radar similar al que emplean los misiles para detectar su objetivo. Se hace muy difícil pensar que unos extraterrestres con capacidad para viajes superlumínicos empleen tecnología radar y misiles análogos a los del S. XX terrestre  -lo que encajaría mejor con, por ejemplo, un avión stealth nortemericano en pruebas. No digamos escalerillas. Este carácter humano no pasó desapercibido ni siquiera para los “investigadores” más crédulos, que ya desde los años ochenta empiezan a hablar del fenómeno como escenificación o representación sofisticada en un intento vano de salvar la hipótesis extraterrestre -para aficionados al cómic, viene a ser la misma explicación que se inventó la Marvel para justificar que la entidad extraterrestre Galactus tenga aspecto de ser humano y una “G” en el pecho.

Por otra parte, el observador despegado comprueba que los creyentes del fenómeno tienden sistemáticamente a sobrevalorar la fiabilidad y objetividad de los testigos a la vez que subestiman su exposición a patrones y relatos culturales. Lo cierto es que ya desde los inicios del fenómeno OVNI en su forma moderna, hacia los años 40 del siglo XX, incluso los habitantes de zonas en apariencia remotas estaban expuestos a la influencia de la cultura de masas en forma de periódicos, películas, revistas ilustradas, seriales de radio, etc. Existen relatos literarios de visitas extraterrestres, incluso de “astronautas en la antigüedad”, desde al menos el S. XIX, y es bien conocido que los autores de la literatura paracientífica popular se inspiraron abundantemente en las revistas pulp de ciencia-ficción y en los relatos de H.P. Lovecraft y su círculo -por ejemplo, las “momias del continente Mu” mencionadas por el superventas Peter Kolossimo en Astronaves en la prehistoria proceden en realidad y hasta los mínimos detalles de un relato de Lovecraft y Hazel Heald, Reliquia de un mundo olvidado. Se diría por lo demás que la casuística OVNI va adaptándose a los límites de lo permisible para la percepción popular de la tecnología en cada momento -desde los foo fighters de los 40 hasta los OVNIs triangulares de los 90-, hasta que, hacia el final de la Guerra fría, la mitología en su forma clásica se hace sencillamente insostenible incluso desde un punto de vista popular. Y, como sabemos, los seres sobrenaturales tienden a morir cuando la gente deja de creer en ellos. O, como escribe Eliade en El mito del eterno retorno, “si los milagros han sido tan raros desde la aparición del cristianismo, ello no es por culpa del cristianismo, sino de los cristianos”.

Es seguro que, a estas alturas, el lector estará preguntándose si de verdad el tema justifica todo esta atención. En lo personal, ya he mencionado mis razones particulares al comienzo de este artículo. Pero, además, creo que el fenómeno OVNI permite observar algunas dinámicas que en absoluto carecen de interés desde el punto de vista de las ciencias sociales. He mencionado el teorema de Thomas. Sabemos que los individuos precisan narrativas en las que encajar su experiencia del mundo para dotarla de sentido -para huir del “terror de la historia”, por volver a Eliade. Los OVNIs, como en su momento la brujería, muestran quizás la capacidad de esos complejos ideológicos y metarrelatos, tan potentes y frágiles al tiempo, para conformar a su vez la percepción individual de la realidad.