Internacional

Pagando y gastando en campaña

8 Sep, 2020 - - @egocrata

“Pidiendo” donaciones a tus trabajadores

La última vez que hablamos de Louis DeJoy fue hace tres semanas, cuando nos maravillábamos de que la administración Trump se las hubiera arreglado para meter al servicio de correos en un escándalo de corrupción y fraude electoral.

DeJoy llegó al cargo siguiendo un camino tan deprimente como común en las designaciones a altos cargos en la Casa Blanca. El director del servicio de correos de Estados Unidos no tenía ni la más remota cualificación para ocupar este cargo, pero alguien le puso en la lista porque era un republicano convencido que había donado cantidades ingentes de dinero a la campaña de Trump.

DeJoy es accionista de empresas que compiten con el USPS, está intentando destruir al USPS y sabotear el voto por correo, y no tiene ni idea de lo que está haciendo, pero hasta aquí no ha cometido nada ilegal. El problema es que cuando alguien se mete en política de esta manera y empieza a dar sablazos es muy probable que algunas viejas amistades quieran explicar cosas de tu pasado, y DeJoy resulta que tiene algunos chanchullos divertidos en su historial.

Una de las normas centrales de la legislación sobre financiación de campañas electorales son que una persona sólo puede donar dinero a políticos o partidos hasta un cierto límite legal. Si yo quiero escribir un cheque (en Estados Unidos aún se utilizan cheques. Es muy siglo XX) a mi congresista porque creo que es una persona estupenda, sólo puedo darle un máximo de $2.800. Cualquier cosa por encima es muy, muy ilegal.

Por supuesto, este límite es hasta cierto punto teórico; la gente con mucho dinero y muchos abogados puede utilizar una variedad de comités de acción política (PACpolitical action committees), organizaciones sin ánimo de lucro, “amiguetes”, y anuncios “independientes” sin coordinación alguna con un candidato para esquivar estos límites. Ser capaz de movilizar mucho dinero para una campaña electoral (o en “apoyos externos” a ella) es una buena forma de hacer muchos amigos y conseguir un político te coja el teléfono cuando le llamas. DeJoy viene de este mundillo, y ahí está, con un cargo federal estupendo.

La cuestión es que, a pesar que la legislación es un auténtico colador, es relativamente fácil montar un chiringuito o escribir un cheque que vulnere la ley, y Louis DeJoy parece que se preocupó más de donar mucho dinero que de contratar buenos abogados que le asesoraran.

Su “sistema” para recaudar fondos consistía en utilizar a los trabajadores de su empresa como hombres de paja. DeJoy, según un montón de ex-empleados suyos, exigía a sus empleados que hicieran grandes donaciones a candidatos republicanos. Una vez confirmado el cheque, DeJoy les daba a esos “donantes” una paga extra por una cantidad similar, más un plus para cubrir impuestos y molestias. Algo que es, huelga decirlo, completamente ilegal.

La clase de ilegalidad que acaba enviándote a la cárcel, de hecho, dado que DeJoy ni se molestó en disimular el montaje:

A Washington Post analysis of federal and state campaign finance records found a pattern of extensive donations by New Breed employees to Republican candidates, with the same amount often given by multiple people on the same day. Between 2000 and 2014, 124 individuals who worked for the company together gave more than $1 million to federal and state GOP candidates. Many had not previously made political donations, and have not made any since leaving the company, public records show. During the same period, nine employees gave a combined $700 to Democrats.

DeJoy tiene la suerte de que los crímenes federales por financiación ilegal prescriben a los cinco años. Su problema es que, en Carolina del Norte, ningún delito estatal prescribe nunca (y sí, esta es una ley draconiana de narices), y el hombre montó el tinglado allí. La investigación del Post es lo suficiente detallada y el crimen tan obvio que Trump hoy mismo ya empezaba a pegarle pataditas y decir que a ver si lo investigan más, algo que nunca es buena señal.

Más allá de la anécdota y del comportamiento cómicamente delictivo de un tipo que es el jefe de correos de Estados Unidos, debo recalcar que a DeJoy, si le echan, no será por corrupto, sino por incompetente. El sistema de financiación de campañas electorales en Estados Unidos es un auténtico, completo, y total desastre. Cualquier persona adinerada puede donar de facto tanto dinero como quiera para apoyar a un político durante su campaña, siempre que vaya con cuidado para navegar la multitud de agujeros que tiene la legislación actual. Utilizar hombres de paja es una de las pocas cosas que ha acabado con gente en la cárcel, pero DeJoy supongo que era demasiado burro (o creía tener suficientes amigos en el gobierno) como para enterarse.

Las campañas y su financiación, por cierto, no son igual de corruptas en todas partes; varía mucho (como todo en este país) de estado a estado. En Connecticut, sin ir más lejos, las campañas para elecciones estatales reciben financiación pública lo suficiente generosa como para que la mayoría de los candidatos no tengan que recaudar demasiado dinero. Aunque es un sistema imperfecto, es bastante inusual ver pufos de este estilo por aquí. Podemos hablar sobre estas cosas otro día, si hubiera interés.

Gastando donaciones

En la tertulia de este fin de semana hablamos sobre los rumores, aún sin confirmar, de que la campaña presidencial de Donald Trump estaba teniendo problemas financieros de cierta importancia. Había señales aquí y ahí, como un descenso marcado en gasto en publicidad en televisión, cambios en la política de personal y comentarios bastante ácidos sobre Brad Parscale, el director de campaña que Trump despidió hace un par de meses.

Ayer por la tarde el NYT sacaba un artículo que confirmaba estos rumores: la campaña de Trump va muy corta de dinero, y contra todo pronóstico, Biden y los demócratas afrontan los dos últimos meses de campaña con muchísimo más dinero en el banco.

Es una historia fascinante, porque es muy indicativa sobre cómo es Trump como presidente, gestor, y hombre de negocios. De enero del 2019 a julio del 2020, la campaña de Trump recaudó 1.100 millones de dólares, una cifra espectacular en comparación de cualquier campaña de reelección reciente. El problema, sin embargo, es que en ese mismo periodo se han fundido más de 800 millones, un ritmo de gasto sin precedentes.

Y gran parte de ese dinero, por lo que cuenta el Times, se lo han gastado en chorradas.

Para empezar, Trump ha dedicado 350 millones de dólares a atraer nuevas donaciones. Todas las campañas, sin excepción, gastan dinero en publicidad, correo, y contacto con votantes para pedirles dinero; el coste de adquisición de donantes y donaciones es una de las métricas más importantes en cualquier campaña electoral. No tengo información de primera mano sobre cuál es el retorno de inversión esperado en unas presidenciales, pero 3-1 es una cifra que sería considerada muy baja en una campaña estatal, donde recaudar dinero es mucho más difícil porque no te conoce nadie.

Después están gastos puramente superfluos, como fundirse 11 millones en un anuncio durante la Superbowl en febrero que no recuerda nadie, o 100 millones antes de las convenciones durante el verano, cuando nadie está prestando atención a la campaña. Trump también ha utilizado fondos de campaña para pagar abogados en la multitud de pleitos donde anda metido, incluyendo su impeachment. Parscale además destinó toneladas de dinero a “consultores” de empresas de su propiedad y sueldazos para familiares de Trump.

De todos los gastos inexplicables, mi favorito es contratar 2000 personas en más de 100 oficinas para reclutar voluntarios para hacer puerta a puerta. Que sí, es algo muy efectivo en condiciones normales (los demócratas están obsesionados con montar campañas así, como expliqué aquí) pero ya me diréis quién va a hacer puerta a puerta este otoño durante una pandemia.

El problema central, implícito en todo el artículo, es que Trump lleva financiando una campaña para su reelección desde el día que entró en la Casa Blanca, algo poco habitual. La estructura de una campaña presidencial no es pequeña, y cuesta muchísimo dinero mantenerla. Es muy probable que más que hacer campaña, Parscale y sus amiguetes se hayan dedicado a pagarse montones de dinero a sí mismos y a miembros de la familia Trump en vez de a dirigir una campaña electoral.

Tenemos, entonces, que, a dos meses de las elecciones, la campaña de Trump, que todo el mundo creía que tendría recursos casi ilimitados tras recaudar tanto dinero, es posible que esté peor financiada que la de Joe Biden. ¿Qué impacto tendrá en las elecciones? Hillary Clinton gastó el doble que Trump el 2016, y perdió. Biden gastó mucho menos dinero que Warren, Buttigieg, Sanders, Steyer, o Bloomberg en las primarias demócratas, y ganó con facilidad.

Tener dinero ayuda, pero no gana elecciones.

Bola extra:


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