Internacional

Respondiendo a una epidemia en Estados Unidos

14 Mar, 2020 - - @egocrata

La respuesta del gobierno federal de Estados Unidos ha sido como poco chapucera, rayando lo irresponsable. Las autoridades han pifiado en cosas básicas, como asegurarse que haya suficientes tests disponibles para conocer el alcance de la infección. En un país de 327 millones de habitantes, apenas 15.000 se han hecho las pruebas; han tenido que recurrir a una farmacéutica suiza para poder aumentar esta cifra esta semana. Trump y su coro mediático en Fox News se ha pasado el último mes diciendo que aquí esto no puede pasar, que todo es una histeria de los progres, y que en el país hay apenas una docena de casos y que van a bajar a cero de aquí nada.

Esta semana, sin embargo, no han podido seguir negando la evidencia. Hay más de 2.000 casos en todo el país, y todos los responsables de sanidad pública tienen la absoluta certeza que esta cifra es sólo así de baja porque no están haciendo pruebas a casi nadie. El ritmo de infecciones nuevas tiene un aspecto que será tristemente familiar para cualquier que haya visto la evolución de la crisis en Italia y España. Hace semanas que se están produciendo contagios dentro del país. Hay focos que parecen estar fuera de control en dos estados (Nueva York y Washington), y señales bastante claras que hay otros aún sin detectar.

No que la administración Trump haya tomado demasiadas medidas. Aparte de aullar repetidamente que nada de esto es culpa suya (y decirlo así, directamente, en una rueda de prensa), las pocas medidas concretas que ha anunciado en un discurso televisado que estuvo plagado de errores, y que tuvo a la Casa Blanca enviando multitud de correcciones y aclaraciones el día después. Jared Kushner, el yerno del presidente, ha tomado el control de la respuesta a la epidemia, y se ha dedicado literalmente a preguntar al padre de su cuñado qué hacer ante la crisis, y este ha buscado información como todo buen profesional, preguntando en un grupo de Facebook. Todo esto, por supuesto, sin que Trump abandone su particular costumbre de mentir todo el santo rato e inventarse cosas. Lo único positivo que ha salido de la Casa Blanca ha sido una declaración de estado de emergencia que libera un fondo de hasta 50.000 millones dólares para responder a la epidemia, pero no han aclarado aún cómo utilizarán ese dinero.

En vista de que al jefe del ejecutivo ni está ni se le espera, el sistema político americano ha respondido a su manera: cada uno actuando a su bola, haciendo cosas como buenamente puede, y con un poco de suerte incluso coordinando entre ellos. Es la definición de federalismo y división de poderes que está en el centro de la constitución, diseñada en su momento para ser tan a prueba de idiotas como fuera posible. Puede que incluso funcione.

Empecemos por el Congreso. Nancy Pelosi, Speaker y líder de los demócratas, decidió hace unos días que la Casa Blanca no tenía ni puñetera idea sobre cómo diseñar un plan de estímulo para evitar que la epidemia acabe provocando una catástrofe económica. Trump quería reducir a cero las cotizaciones a la seguridad social durante un año (payroll tax, en Estados Unidos), una medida que hubiera costado una millonada, hubiera ayudado a quien no debía y no hacía nada para combatir la epidemia en sí.

Pelosi redactó un plan de estímulo fiscal que incluye bajas pagadas (Estados Unidos no tiene bajas por enfermedad garantizadas por ley) de dos semanas por enfermedad y hasta tres meses por tratamientos graves o cuidados familiares, créditos para empresas pequeñas y medianas, expansión de la cobertura de desempleo, y más dinero para programas de asistencia como food stamps, aparte de hacer las pruebas de coronavirus completamente gratuitas (no, no lo eran). No es que lo fuera a negociar; lo llevó a Steve Mnuchin, secretario del tesoro, y le dijo que este era el plan de estímulo, la cámara de representantes iba a votar, y punto. Tras varios días de dudas y “negociaciones”, la cámara baja lo votó con votos de ambos partidos y el apoyo del presidente. Mitch McConnell, que empezó la semana diciendo que las medidas de Pelosi eran socialismo, seguramente se lo comerá con patatas la semana que viene en el senado.

Mientras tanto, el resto de administraciones locales y estatales están tomando medidas contra la epidemia, en muchos casos con una energía encomiable. Andrew Cuomo, el gobernador de Nueva York, es la clase de político que adora cualquier crisis que le permita salir mucho en la tele y jugar a que está en una película de catástrofes, así que se ha lanzado con entusiasmo a responder con cierres, cuarentenas, y demás. En Washington Jay Inslee, uno de los gobernadores más competentes del país (y que fue tristemente ignorado por los votantes demócratas durante las primarias), está actuando con la misma energía. Muchos estados que aún no han sufrido escaladas de casos (caso de Connecticut, que sólo tiene cuatro) están actuando de forma agresiva incluso antes que las cifras aumenten, cerrando bibliotecas, museos, escuelas y pidiendo a la gente que se quede en casa. El sector privado, mientras tanto, está actuando con responsabilidad; la NBA y NCAA (deporte universitario – muy popular en USA) han suspendido todas las actividades, MLB ha retrasado el inicio de la temporada, y Disney incluso ha cerrado sus parques de atracciones.

¿Evitará todo esto que la crisis en Estados Unidos se convierta en una epidemia fuera de control como ha sucedido en Italia? La verdad, no tengo ni idea. En vista de la falta de tests para saber el número exacto de contagios, es imposible saberlo. Nueva York, Connecticut, California y Washington son estados con burocracias competentes, relativamente bien financiadas y con recursos suficientes para afrontar una crisis. El problema es que esto no es demasiado habitual, y el país está repleto de municipios, ciudades, condados y gobiernos estatales que están mucho peor preparados, tienen mucho menos personal, y están mucho peor equipados que sus colegas en las costas. En un país con un sistema sanitario fragmentado y casi por completo en manos privadas, será difícil que todo salga bien.

Dejadme citar este artículo del Times, e imaginad esta clase de problemas, miles de veces repetido, por todo el país.

Mr. Lockard, the director of the public health system in eastern Kentucky, said his department had roughly 300 employees in the early 2000s but was now down to 110 workers.

They were doing what they could, he said. But it was not going to be easy. “It shows that our public health infrastructure has been severely weakened over the years,” he said. “We have much fewer people to respond when we have a situation like this.”

A staff of 30 clinical nurses was now down to eight. His preparedness planner left 14 months ago, he said, because of budget cuts. His sole epidemiologist, he said, was “completely overwhelmed.” The area was still dealing with one of the most intense flu seasons seen in years.

Quizás Estados Unidos tiene suerte, y la epidemia nunca alcanza con fuerza un condado rural en Ohio, Nebraska, Kentucky o Montana donde los políticos están convencidos la epidemia es una invención comunista, el presupuesto de salud pública ha caído a cero y el único hospital que queda está en manos de un hedge fund más preocupado de ganar dinero que de curar pacientes. En un país tan grande como este, y con millones de estudiantes volviendo a casa con el cierre de las universidades en muchos estados… Bueno, no soy optimista. Veremos.

Bola extra:

  • Nadie se acuerda ya que hay primarias presidenciales, a pesar de que varios estados enormes votan el martes.
  • Louisiana ha retrasado las primarias varios meses en respuesta a la epidemia.
  • En el lado de Bernie estamos viendo ya esos artículos de “no es mi culpa, la culpa fue de otros” tan típicos de cuando vas perdiendo. Lo sorprendente es que el objetivo de las críticas es Alexandria Ocasio-Cortez, alguien que poco menos que salvó la campaña de Sanders cuando tuvo un infarto el año pasado y que parecía intocable en la izquierda.


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